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V

a quedando claro para todos que, si el presidente todavía permanece en su silla, ya que no en el control, se debe más a que su cambio ofrece, por lo pronto, peores posibilidades de las que transitamos hoy. Choques armados y sangre, si predomina el camino de la fuerza para imponer orden; multiplicación del caos si se impone una “solución política” (sucesión, revocatorio, elecciones, cogobierno). Es lo propio de los empates catastróficos, para recuperar la frase de Antonio Gramsci, y de nuestra propia historia a inicios de siglo.

Estamos aquí con un gobierno que ha liquidado en pocos meses, el grande pero fluido capital político que acumuló con, también, excesiva y traicionera velocidad, resultado de la agregación de muchos negativos distintos (no a la inflación; no a Morales Ayma y a su ahijado ingrato; no a la derecha franca) y un solo denominador común: No a más de lo mismo.

La agonía larga que concentró el gobierno de Arce Catacora, hartó a los enemigos del MAS y a una gran mayoría de sus propios votantes, conformando una nueva mayoría electoral, demasiado volátil. Si la situación actual empuja al vicepresidente a suponer que tiene chance de hacerlo mejor, o la oposición parlamentaria a creer que pueden utilizar con éxito en la nueva y demasiado próxima campaña el lema que utilizó Sánchez de Lozada (“no me culpen, yo voté por …”) están tristemente errados.

Lo está más todavía la costra sindical que después de plantear la ruptura del proceso democrático, enarbola la consigna de “respeto total a la Constitución”, porque no creen en ella y fueron cómplices del MAS en atropellarla. Lo verdaderamente interesante de esa resolución de ampliado es que dibuja uno de los límites de las alternativas de solución: No hay campo para dibujo libre en una reforma parcial de la CPE.

En el mismo sentido de cuestiones que está desenterrando el conflicto, es que no funciona la hoja de ruta de: salvar baches haciendo crecer la deuda+depredar a fondo los recursos renovables+recuperar el rol de exportadores de hidrocarburos y, encima, creer que oro y litio nos pueden salvar. Lo triste es que se ofrece idéntica receta desde el ala conservadora a la izquierda nacionalista, con más o menos privatizaciones y de enfoques salariales.

Como el régimen masista desperdició la ocasión para enfrentar, a fondo y honestamente, la historia del desprecio de los unos y el rencor que este hizo crecer entre los otros, los bloqueos y enfrentamientos cíclicos sobreviven y maniatan a la mayoría que los rechaza, quejumbrosa y pasivamente. Las heridas históricas que nos dividen apenas empezaban a ser señaladas y reconocidas ampliamente, cuando su tratamiento fue reemplazado por una ritual danza de máscaras y cambio de vestidos. Lo que vuelve a probar que los símbolos son importantes en exceso, pero, igual, no sirven para llenar la mesa.

Tanto peso sobre las espaldas hace que la resistencia vuelva a ensayar mecanismos autodestructivos que castigan más a los que menos tienen, mientras los profesionales de la conquista del poder —sean funcionarios, candidatos, sindicalistas y representantes de varios pelajes y categorías—, sigan disputando micrófonos y cámaras sin mucha pena, porque tienen ahorros y reservas para enfrentar la escasez y la carestía.

Es una hipocresía afirmar que no se negocia “por mandato de la base”, tanto como sentarse en la mesa barajando fórmulas que se sabe de antemano que no funcionarán. Con ese espíritu de los participantes los diálogos solo pueden fracasar.

Si se consigue (por desesperación, con bastante seguridad) que se acepte y cumpla que los entendimientos respetarán la Constitución, se puede dar una primera muestra de buena fe, con gestos congruentes con esa posición. Puede ser uno el despido de asesores que ayudan a pavimentar el camino hasta el punto dónde nos encontramos y, recíprocamente, plantear reivindicaciones que no reduzcan a polvo el mandato de las urnas, porque ya sabemos que estamos también atorados porque exactamente eso se hizo en 2017, anulando el referendo del año previo.

Un espacio como el consejo económico social puede servir para empezar a explorar lo que ahora no existe, un proyecto conjunto de país, con respuestas de mediano y corto plazo, como abrir y ampliar puertas a visitantes interesados en nuestra naturaleza y culturas; la producción de alimentos sanos, apoyados en investigación y desarrollo propios; comenzar a reparar los problemas de administración de justicia, educación, atención de salud. Sin metas comunes los compromisos que puedan firmarse son apenas un episodio de la larga asfixia en que estamos viviendo.

Róger Cortez Hurtado es docente investigador.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.