
l presidente Rodrigo Paz Pereira logró, en la primera y segunda vuelta electoral de 2025, sorprender a propios y extraños y consolidar su liderazgo con un importante baño de legitimidad electoral. Bajo el paraguas de la renovación, frustró las expectativas de líderes políticos opositores y oficialistas de aquel tiempo, y se coronó ganador de la elección que desterró al estatismo autoritario del MAS.
En marzo de este año, viviremos una elección subnacional que constituye un desafío relevante tanto para quienes proyectan afianzar un proyecto nacional, como para aquellos que buscan espacios territoriales que les permitan mantenerse en carrera política.
A priori, la inédita dispersión de candidatos no favorece el objetivo de alcanzar la legitimidad política que persiguen los postulantes y que, en el fondo, ansiamos todos quienes participamos de la vida política.
La razón es evidente: hoy no existe un proyecto político amplio, unificador y de gran apertura, multicultural y multiétnico, capaz de articular a las distintas regiones y sectores sociales. Lo que observamos, por el contrario, es una marcada dispersión política.
Un fenómeno inédito se hace visible en capitales de departamento y gobernaciones: más de una decena de candidatos en competencia, muchos de ellos aventureros políticos, sin estructura, sin ideología y sin proyecto. Lo más probable es que las elecciones favorezcan a tres o cuatro candidatos por plaza, con una relativa dispersión en los concejos municipales y asambleas departamentales, aunque sin llegar a una atomización total.
De este proceso pueden anticiparse dos hechos políticos relevantes. Primero, es improbable que el proyecto del presidente Rodrigo Paz Pereira reciba el ansiado baño de legitimidad territorial. No se observan, en las principales gobernaciones ni en las capitales de departamento, candidatos fuertes alineados con el gobierno.
Tampoco los opositores con representación parlamentaria lograrán resultados destacados en el proceso subnacional; se encuentran, incluso, en una situación más débil, con excepción de Manfred Reyes Villa, quien probablemente retenga la alcaldía de Cochabamba, aunque sin capacidad de expandir su bandera política a otras regiones.
En consecuencia, no veremos un mapa político “pintado de un solo color”, como ocurrió en tiempos de Evo Morales, cuando las elecciones subnacionales permitieron al gobierno central atribuirse una victoria territorial contundente. Eso no sucederá ahora.
Segundo, y aquí radica el punto estratégico más importante, es previsible que el presidente enfrente un terreno fértil para la negociación y la construcción de acuerdos políticos.
La mayoría de los vencedores llegará sin partido, sin proyecto ideológico consistente y sin estructura nacional, amparados en agrupaciones ciudadanas que funcionan únicamente como vehículos electorales para acceder al poder. Estas nuevas autoridades municipales y departamentales, con baja identidad partidaria, buscarán inevitablemente acercamientos con el gobierno central para asegurar gobernabilidad, recursos y respaldo político.
En síntesis, aunque no habrá un baño de legitimidad territorial para el presidente, sí es posible anticipar una oportunidad para tejer alianzas pragmáticas en el ámbito territorial, en un escenario marcado por la fragmentación política. El gran proyecto nacional tendrá opciones de concretarse a partir de esta nueva configuración y de un gobierno que ofrece señales positivas en la construcción de esperanza.
Para los líderes y partidos que dominaron la escena política durante los últimos veinte años, esta elección subnacional representará otra derrota estratégica: quedarán sin hegemonía territorial, sin proyecto nacional y sin capacidad real de articulación política.
Después del 22 de marzo podremos validar o refutar este pronóstico.
Jaime Navarro Tardío es político y exdiputado nacional.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
