
n el primer tramo de su gobierno, Rodrigo Paz Pereira logró algo que hasta hace poco parecía imposible: revertir la tendencia de las expectativas negativas que asfixiaban a la sociedad boliviana.
El país venía atrapado en un clima de inestabilidad permanente. La incertidumbre económica, la improvisación política y el desgaste de un modelo agotado habían instalado una sensación colectiva de abismo inminente. Bolivia no solo estaba mal en cifras; estaba peor en ánimo. Se había perdido la confianza.
Contra ese escenario, se tomaron decisiones. No fueron fáciles ni populares, pero fueron necesarias. Y lo central es esto: la tendencia se revirtió. Hoy, las variables macroeconómicas muestran otro escenario y, más importante aún, las expectativas comienzan a alinearse en positivo. Ese es el principal logro de esta primera etapa: recuperar la confianza y cambiar el rumbo.
Nada de esto ocurrió en un terreno despejado. Se logró pese al Vicepresidente Edman Lara, pese a Evo Morales y pese a sectores de oposición que hoy se muestran nerviosos, erráticos y contradictorios. La incomodidad de estos actores es directamente proporcional a la evidencia de que el país empieza a estabilizarse sin ellos como eje del poder.
No hay que engañarse: el camino por recorrer es largo. Habrá turbulencias, resistencias y conflictos. Bolivia es así. Pero hay una diferencia sustancial respecto al pasado reciente: ya no avanzamos a ciegas. Se recuperó la esperanza y se empieza a respirar otro aire.
Gobernar no es administrar el miedo ni prolongar el caos para sobrevivir políticamente. Gobernar es tomar decisiones, asumir costos y devolverle a la sociedad la convicción de que el futuro puede ser mejor. En ese punto, algo fundamental ya cambió.
Y cuando cambian las expectativas, cambia la historia.
Jaime Navarro Tardío es político y exdiputado nacional.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
