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ara Gabriel García Márquez, el periodismo era “el mejor oficio del mundo” porque permitía descifrar la realidad y narrarla con rigor. Esa definición reflejaba una época en la que la audiencia aceptaba una relación vertical con la información al descansar en la figura psicoanalítica del “sujeto supuesto de saber”: la autoridad que nos hablaba desde el atril de los periódicos, la radio o la televisión. Hoy, ese modelo de confianza unidireccional se ha erosionado profundamente.

Esa inestabilidad no es un fenómeno aislado, sino el resultado de una erosión progresiva de la autoridad informativa en tres niveles. Primero, una crisis de legitimidad: episodios como la crisis financiera de 2008, las filtraciones de WikiLeaks o las revelaciones de Edward Snowden de vigilancia estatal debilitaron la confianza en medios percibidos como demasiado próximos al poder. Luego, una disrupción tecnológica: las redes sociales desintermediaron la producción y distribución de contenidos, diluyendo el monopolio informativo y equiparando —al menos en apariencia— la voz experta con la opinión sin verificación. Finalmente, una saturación algorítmica: la irrupción de la inteligencia artificial generativa ha inundado el espacio público con contenidos sintéticos, deepfakes y “basura automatizada”, erosionando aún más los criterios de verdad hasta el punto en que ya no basta ver para creer.

Estas tres capas no operan de forma independiente, sino acumulativa. La pérdida de confianza abrió el espacio, las plataformas lo fragmentaron y la inteligencia artificial lo ha sobrecargado. El resultado no es solo un ecosistema más complejo, sino uno donde la noción misma de verdad se vuelve inestable y con ello, el creciente reto que enfrenta el periodismo.

América Latina ofrece una expresión concreta de esta erosión acumulativa. Según el Reuters Institute for the Study of Journalism de la Universidad de Oxford, la polarización ha reducido drásticamente la confianza en la prensa en países como Argentina a solo el 32% y en Chile y Perú a menos de 40%, mientras los hábitos de consumo se desplazan hacia plataformas como YouTube y TikTok, donde la frontera entre información y entretenimiento se vuelve cada vez más difusa.

Bolivia no es ajena a esta transformación. Mientras la prensa escrita cede espacio a portales digitales en un ecosistema aún dominado por radios y televisoras, el sector enfrenta fragilidades institucionales. El Decreto Supremo 181 (2009) opera —según Reporters Without Borders— como un mecanismo de presión mediante la asignación discrecional de publicidad estatal, afectando la independencia de los medios.

El consumo informativo también se ha reconfigurado. En un entorno donde la mayoría de los usuarios es menor de 35 años, predominan formatos audiovisuales breves difundidos en plataformas como Facebook y TikTok, mientras WhatsApp funciona como canal central —aunque opaco— de circulación de noticias y desinformación. Persiste, sin embargo, una paradoja: ante eventos críticos, la audiencia retorna a la televisión como fuente de legitimidad, para luego trasladar la discusión al entorno digital.

Ante esta hiperconectividad, la industria periodística se ha transformado tanto en formato como en modelo de ingresos. Medios como The New York Times y El País han evolucionado hacia plataformas multimedia con sistemas de suscripción, mientras otros como The Economist o Financial Times incorporan la lógica de la economía de creadores, promoviendo periodistas como figuras públicas para fortalecer el vínculo con la audiencia.

Sin embargo, esta estrategia también implica riesgos. La adopción de códigos más informales puede diluir la frontera entre información y espectáculo, mientras que las nuevas figuras mediáticas podrían independizarse y llevarse consigo a su audiencia. Esta espectacularización del debate contrasta con el ideal democrático de Jürgen Habermas, para quien la esfera pública debe sostener una conversación deliberativa como base de la democracia.

En ese contexto, la encrucijada es clara: o los medios ceden a la tentación de usar la inteligencia artificial para abaratar costos y producir volumen, o establecen límites éticos que preserven su legitimidad. En ese dilema se juega algo más que un modelo de negocio: se define si el periodismo seguirá siendo una institución de confianza o un engranaje más en la maquinaria de contenido que vende, pero ya no informa.

La respuesta a la crisis actual no es tecnológica, sino normativa y ética. La conversación pública —en el sentido habermasiano— no puede reducirse a un consenso superficial, sino que debe construirse desde una confrontación crítica orientada a la búsqueda de la verdad en un entorno donde esta se ha vuelto inestable. Por ello, el periodismo solo conservará su relevancia si mantiene su función ontológica esencial: la de incomodar e interpelar al poder, en lugar de suavizarlo y administrar el relato oficial o convertirse en una extensión del ministerio de la información y la única verdad.

El desafío no es adaptarse mejor, sino resistir la tentación de volverse irrelevante bajo la monetización de clicks y likes. Porque cuando el periodismo deja de exigir respuestas, deja también de cumplir su función. En ese punto, recae sobre el usuario la responsabilidad de discernir entre periodismo y sus formas degradadas. Y entonces deja de ser el mejor oficio del mundo: se vuelve un producto perfectamente adaptado a su tiempo, incapaz de incomodar a nadie con la verdad. Es complacencia. Es contenido.

José Luis Contreras Cabezas es economista experto en seguros, gestión empresarial, inversiones y estrategia.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.