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a aguda crisis económica, política y social, ha generado zozobra y pesar por el incierto futuro de las familias bolivianas, que han centrado sus esperanzas en el proceso de elecciones generales, que se llevó a cabo el 17 de agosto del 2025, con el deseo de lograr un cambio de timón en el manejo y la conducción del Estado. La sorpresa ha sido mayúscula al conocerse los resultados y la posible emergencia de un nuevo liderazgo que genera más incertidumbres que certezas al mostrar rasgos populistas y caudillistas.

Lo preocupante del caso es que ha quedado al descubierto una faceta caracterizada por la soberbia y la prepotencia aun antes de asumir algún cargo. Las mieles del poder parecen nublar la razón y pueden generar la llegada de un gobierno con fuertes rasgos autoritarios que no acepte oposición, consenso o diálogo, elementos fundamentales para el ejercicio del poder, en especial desde el órgano legislativo.

Por eso es necesario reflexionar y tratar de entender qué es el poder y su importancia en la conformación de las estructuras sociales que nos permiten vivir en paz y armonía pero sobre todo en sociedad.

¿Qué se entiende por poder?

Este es el “kit” del asunto, como menciona Norberto Bobbio, en su libro titulado “Estado, Gobierno y Sociedad” (1989), para hablar de Estado y política, se debe hacer referencia al fenómeno del poder: “… por “poder” se debe entender una relación entre dos sujetos de los cuales el primero obtiene del segundo un comportamiento que éste de otra manera no habría realizado”.

Por tanto, cuanto más poder se acumula más influencia se tiene sobre los demás, más aun, cuando se trata del poder político, frente a la sociedad civil. La razón es simple, cuando se está al mando de un país se cuenta con todos los mecanismos para influir sobre la población o para disuadir, en caso de existir voces disidentes ante la aplicación de ciertas políticas públicas o posiciones ideológico políticas.

Como diría en tono coloquial el “Tío Ben”, personaje de los tan conocidos comics del hombre araña, a su sobrino “Peter Parker”: “¡Un gran poder, conlleva una gran responsabilidad!”. La función pública, más aun en los cargos electos, conlleva un alto grado de responsabilidad y de compromiso con la sociedad, principalmente si se trata del presidente o vicepresidente, porque sus decisiones van a afectar en la calidad de vida de millones de habitantes. Las políticas públicas que se desarrollen tendrán incidencia en lo político, económico, social y cultural, por tanto, elegir correctamente a quienes dirigirán los destinos del país es fundamental.

El rol social del “poder”

Al hablar de poder se hace referencia a un mecanismo que se puede ejercer de varias formas como son: la manipulación, la coerción y la negociación, dependerá de que intereses estén en juego, del grado de influencia que se tiene y de la finalidad que se busca en las intrincadas relaciones de poder dentro de una sociedad.

Al respecto Moisés Naím en un texto titulado “El Fin del Poder” (2013) dice: “…, el poder estructura la sociedad, contribuye a regir las relaciones y a organizar las interacciones entre las personas dentro de cada comunidad y entre las comunidades y naciones”. De ello se desprende que el ejercicio del poder no sólo es una cuestión de dominio, también cumple un importante rol social porque determina cómo se organiza y estructura una sociedad. Más adelante, este mismo autor explica que el poder se ejerce en una necesaria interacción entre dos partes o más: amo y siervo, gobernante y ciudadano, jefe y empleado, padre e hijo, profesor y alumno, dentro de una complejidad caracterizada por la más variada combinación de individuos, partidos políticos, empresas, instituciones e inclusive las relaciones entre las naciones de todo el mundo.

Este es el alcance del poder, estructura la vida social de los individuos, desde el núcleo fundamental de la sociedad, como es la familia, hasta la conformación de los ejércitos y los sistemas de gobierno, en conclusión: toda interacción humana es una relación de poder. Será la cultura, las costumbres, la ideología, la economía, el derecho, entre otros elementos, los que van a configurar esas relaciones de poder.

Otro rasgo del poder es que desnuda características poco deseables de un líder político, que últimamente en Bolivia parecen ser cualidades apreciadas por ciertos sectores, por ejemplo, la soberbia y la prepotencia que en vez de ser una llamada de alerta, parece ser que se valoran como algo positivo, más que la capacidad o la ética.

Según la Real Academia de la Lengua Española, se entiende por soberbia: “la altivez y un apetito desordenado de ser preferido por otros, una condición de la persona que se cree superior a los demás y actúa arrogante y de manera despreciativa”. Asimismo, prepotencia se entiende como: “la acción de quien abusa de su poder o hace alarde de él, sintiéndose superior a los demás”. A esto se le debe sumar la manipulación como estrategia, el presentarse como hombres mesiánicos con la única moral para gobernar, con promesas inalcanzables pero fáciles de vender en una compulsa electoral.

En conclusión, el poder no es un juego de niños, el poder cumple un rol social que si se ejerce mal y sin control puede derivar en un gobierno autoritario o hasta despótico. El adagio “el fin justifica los medios” no debería ser la forma en que nuestros políticos busquen la preferencia electoral, porque las promesas electorales generan expectativas y la esperanza de mejores días en los electores.

Yuri Omar Valencia Linares es comunicador social y abogado.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.