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quella expresión: “proletarios del mundo uníos”, una frase proveniente de la socialista Flora Tristán y que luego fue popularizada como uno de los gritos de movilización de El Manifiesto Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels (1948), se fueron como las hojas de otoño.

Estamos en la Cuarta Revolución Industrial, término acuñado en 2016 por Klaus Schwab, fundador y presidente ejecutivo del Foro Económico Mundial, caracterizada por los dominios tecnológicos emergentes, incluyendo la nanotecnología, la biotecnología, los nuevos materiales y las tecnologías de producción digital avanzada. Quedaron atrás la Primera Revolución Industrial de la máquina de vapor en el siglo XVIII; la Segunda, en el siglo XIX, impulsada por la electrificación generalizada, y la Tercera, en la década de 1960, basada principalmente en el producto de los avances informáticos.

“Fusil, metralla, el pueblo no se calla”, gritaban con voz apagada unas señoras que venían de una comunidad cercana a nuestra ciudad y marchaban agobiadas por el sol. ¿Qué es metralla señora? Le pregunté a una de las marchistas; me miró con cara de enojo y me respondió: cómo no vas a saber pues, metralla es metralla. Metros más allá otro grupo gritaba: “pueblo escucha, únete a la lucha”. El eslogan lo vengo escuchando desde hace cinco décadas.

Resulta obvio que el pueblo no se unía a la marcha, porque tiene otros menesteres en busca de ganarse el sustento diario (me refiero al 85 % de los trabajadores por cuenta propia). Alguno intentó reclamar porque interrumpía el tráfico y recibió un chicotazo en la espalda de uno de los denominados Ponchos Rojos; otros se enfrentaron con los que marchaban (insulto va y viene) fueron repelidos por los que dirigían la marcha y estaban camuflados en los laterales de los marchistas.

La Central Obrera Boliviana, a quien se le acusa de guardar silencio en las dos últimas décadas, desempolvó estandartes y recibió apoyo de algunos sectores, entre ellos el magisterio; motivo suficiente para que en las redes sociales se pida que este sector sea eliminado y se dé paso a la profesión libre. Pronto se dio cuenta su líder y trató de desandar lo andado, porque con sus reclamos había anotado un autogol de media cancha.

Las grandes huelgas como instrumento de presión se fueron haciendo cada vez menos frecuentes; de igual manera van perdiendo vigencia los bloqueos, salvo para los reclamos de ciertos municipios, que no sienten la sensibilidad de los gobernantes de turno; es que este tipo de reclamos termina perjudicando a los más débiles.

El sindicalismo ha sido en muchos países y hasta tiempos recientes un fenómeno asociado preferentemente a la industria y a la gran empresa; sin embargo, estamos asistiendo al desplazamiento del empleo de la industria a los servicios y a la disminución del tamaño de los centros de trabajo y empresas que, en muchos casos, apelan a los contratos de trabajo por un tiempo determinado, para evitar el pasivo y la carga social.

Cada vez hay menos fuentes de trabajo y crece el emprendimiento individual y de pequeños grupos, de manera que el sindicato tendrá que vencer la tentación de convertirse en defensor de los trabajadores mejor situados, es decir de aquellos que gozan de un empleo regular.

Caminamos a sociedades del reparto del trabajo, pues los adelantos tecnológicos van a constituir una fuente permanente de reducción del trabajo social; será necesario que cada uno trabaje menos, para que trabajen todos y lograrlo en las mejores condiciones posibles con una justa paga.

Pero, hay un punto neurálgico. Uno de los efectos de esta nueva sociedad de trabajo es la falta de afiliados a los sindicatos y se avecina una carencia en la financiación autónoma; pronto serán agotados los fondos provenientes del patrimonio sindical histórico que no llegan a cubrir más que una mínima parte de los gastos normales del aparato. En nuestro país, los gobiernos han procurado mantener cautivo al sector sindical obligando a aportes voluntarios de los trabajadores, aunque se desconoce el destino de esos fondos y empiezan a conocerse los nombres de beneficiados con sueldos que superan lo que perciben los ministros y profesionales.

El jefe de Estado elevó el grito al cielo y anunció que se eliminarán estos beneficios personales. El lunes, el presidente Rodrigo Paz acusó a 50 dirigentes de recibir millones de dólares al año amparados en el fuero sindical.

En tanto, el senador Nilton Condori anunció ayer que remitirá al Órgano Ejecutivo un proyecto de decreto supremo para eliminar los aportes sindicales obligatorios de las federaciones y confederaciones de maestros urbanos y rurales. “Estoy proponiendo la abrogación del Decreto Supremo 106, de 2009, que autoriza el descuento del uno por ciento destinado a las federaciones rural y urbana, así como a las confederaciones de maestros”.

El trabajador no puede quedar desamparado y debe tener una representación que sea portavoz de sus necesidades; también deben tener representación los cuentapropistas, jubilados y otros sectores representativos; sin embargo, gobierno y trabajadores están obligados a ver el entorno, sin olvidar que ya van 25 años del siglo XXI.

Ernesto Murillo Estrada es filósofo y periodista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.