
Si el error es la certeza de que por ahí no es, el triunfo que hayamos tenido en nuestra vida, es el combustible para alcanzar otros”.
La historia económica de América Latina demuestra que el peor error de una nación no es caer en el abismo, sino insistir en pedalear en el aire para sostener una mentira. El error, cuando se asume con crudeza, se convierte en la única certeza científica de que por ahí, no es el camino.
El bienestar ficticio siempre es el preámbulo de una caída estrepitosa, pero reconocerlo exige un acto que va mucho más allá de la simple gestión de parches que el Palacio Quemado ha intentado hasta hoy: exige la inmolación en vida de quien ostenta el poder.
El momento actual obliga al presidente Paz a despojarse de cualquier cálculo, desvanecer su propio "yo" político y quedar sin vida para la vieja forma de hacer política. Para salvar a la patria, el mandatario debe situarse por encima del bien y del mal, asumiendo el suicidio de su popularidad inmediata a cambio de la supervivencia del Estado. Solo desprendido de las amarras de la vanidad personal se puede timonear una tormenta que ya rebasó los decretos.
A inicios de los años ochenta, Chile intenta desafiar las leyes de la gravedad financiera aferrándose a un tipo de cambio fijo y artificial de 39 pesos por dólar, mientras desregulaba con ceguera los créditos externos. El resultado fue la peor recesión de su historia moderna, un desplome del 14% de su Producto Interno Bruto y la quiebra técnica de todo su sistema bancario en 1982.
El error de defender una paridad de fantasía sirvió para un viraje pragmático: Chile entendió que la única forma de salvar el Estado era despolitizar la moneda. La salida nació cuando el diseño de una ley de autonomía total para el Banco Central prohibió, con candados constitucionales irreversibles, que el poder político volviera a imprimir billetes para financiar el gasto fiscal. Perú, al cierre de esa misma década, caminó por el sendero opuesto, pero con idéntica terquedad ideológica.
El primer gobierno de Alan García congeló el tipo de cambio oficial, intervino la banca privada y encendió la "maquinita" de la emisión inorgánica para sostener empresas estatales deficitarias y subsidios universales de alimentos. El error de creer que la riqueza se creaba por decreto parió una hiperinflación histórica del 7.649% en 1990 que desintegró la moneda, vació las góndolas y sumió a más de la mitad del país en la pobreza.
Fue la brutalidad de esa mentira la que forzó el "Fujishock": la unificación cambiaria inmediata, la flotación libre del dólar y la disolución de los elefantes blancos estatales. Perú descubrió en el fondo de su propio desastre que la estabilidad solo se construye sobre cimientos reales.
Tanto en Santiago como en Lima, la lección recurrente de la historia es idéntica: estirar la agonía de un modelo agotado solo multiplica el tamaño del impacto final. La estabilidad no nace de la abundancia, sino del coraje político de mirar de frente la verdad contable de la escasez.
Hoy, la crisis ha acorralado al presidente boliviano, obligándolo a plantear una salida constitucional de emergencia que la realidad ya le había dictado semanas atrás. Con un tipo de cambio oficial flexible que el Banco Central de Bolivia se ha visto forzado a hacer hasta un récord histórico de Bs 12,26 por dólar, bloqueos camineros activos en San Pablo contra el diésel a Bs 18 y un crédito de $us 1.900 millones del FMI empantanado en el Parlamento, la convocatoria del presidente a Jorge "Tuto" Quiroga y Samuel Doria Medina no es una iniciativa voluntaria, sino una capitulación inevitable ante el fracaso del Estado centralista.
El presente es una calca de la implosión sufrida entre 1982 y 1985 bajo el gobierno de la UDP. En aquellos años, tras el agotamiento del ciclo extractivo, el Estado intentó tapar el sol con un dedo decretando una desdolarización forzada que confiscó los ahorros, congeló el tipo de cambio en una paridad ficticia y emitió billetes sin control para cubrir el pozo negro de las empresas estatales.
Aquel error provocó una hiperinflación del 23.500%, forzando el acortamiento del mandato presidencial en medio del desabastecimiento total. Pero Bolivia no se murió. El triunfo de 1985, materializado en el histórico Decreto Supremo 21060 y la Nueva Política Económica de Víctor Paz Estenssoro, es el combustible que hoy debe alimentar nuestro reencuentro con la estabilidad.
En menos de tres meses, aquel giro de shock detuvo el caos en seco, extirpó el cáncer de las empresas deficitarias y demostró al mundo que nuestra sociedad posee un instinto de supervivencia superior a las taras de su clase política.
Por eso, la urgencia de activar el Pacto del Sinceramiento Nacional mediante una reforma parcial “express” de la Constitución no debe leerse como la validación de un plan gubernamental, sino como la imposición de una necesidad histórica sobre los hombros del mandatario. Los ejes económicos innegociables de esta reforma —la autonomía absoluta del BCB con prohibición de financiar el déficit fiscal, el desmantelamiento de los candados que asfixian la inversión extranjera en litio, minería y agroindustria, y la institucionalización definitiva del Pacto Fiscal 50/50— representan el desmontaje definitivo del centralismo.
El Ajuste Político de Shock Legislativo exige que el presidente asuma el costo de su inmolación política antes del vencimiento del Estado de Excepción (17 de septiembre), abriendo la mesa de concertación de forma inmediata para lograr los dos tercios parlamentarios e ir a un referéndum económico “express”. Los líderes de la oposición deben deponer las armas electorales anticipadas y el ministro Christian Morales Burgos debe operar el programa financiero de estabilización con el FMI.
Si bien es cierto que podemos aprender de las victorias de Chile y Perú en superar sus respectivas crisis, la verdadera respuesta está en enfocarnos en nuestra propia realidad y nuestros propios triunfos históricos. Vamos, ¡lo sabemos hacer!
Wilfredo Áñez Saavedra es administrador de empresas.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
