
a reciente fiesta de la Virgen de Urkupiña ha vuelto a congregar a miles de personas en un estallido de folklore, fe y comunidad. Para quienes abrimos el corazón a su misterio, contemplar su imagen no es un rito vacío, sino un encuentro con el rostro materno de Dios que nos consuela y nos une. Sin embargo, cuando las luces de la fiesta se apagan, en muchos hogares latinoamericanos se enciende una vieja y dolorosa herida: la división entre católicos y evangélicos a causa de María. En la mesa del domingo, nuestra Madre deja de ser un símbolo de paz y se convierte en una trinchera teológica. Lo que la mayoría de los creyentes ignora es que esta guerra no nació de la Biblia, sino de la amnesia histórica y del fanatismo ciego de los extremos.
Para sanar esta grieta familiar, es necesario rescatar datos profundos que los radicales han decidido ignorar a la fuerza. El golpe más duro contra la intolerancia moderna lo da el mismísimo Martín Lutero, el padre de la Reforma Protestante del siglo XVI. Contrario al discurso agresivo de muchas iglesias evangélicas actuales, Lutero jamás rechazó a nuestra Santísima Madre. Al contrario, el reformador alemán defendió hasta el fin de sus días el título de Theotokos (Madre de Dios) y creía firmemente en su virginidad perpetua. Para Lutero, María era el ejemplo perfecto de la Gracia: una muchacha humilde en cuya "nada" Dios fijó sus ojos para cambiar el mundo. Juan Calvino, otro pilar protestante, la llamaba "maestra de fe". Los primeros reformadores no buscaban borrarla de la historia de la salvación; simplemente temían que el brillo de sus coronas de oro ocultara a la humilde joven de Nazaret que aceptó con valentía los planes del Altísimo.
El gran desvío histórico ocurrió después. En respuesta a la Reforma, la Iglesia del Concilio de Trento radicalizó su postura y utilizó el Santo Rosario y las procesiones como un estandarte de identidad frente al avance protestante. Del otro lado, para marcar distancia con Roma, los herederos de la Reforma mutilaron su propia historia y comenzaron a silenciar el nombre de María, transformando el respeto de Lutero en un rechazo hostil. En medio de esta batalla de identidades, ambos olvidaron el lenguaje original de las Escrituras. Se enemistaron debatiendo si la palabra griega Kecharitomene significaba "llena de gracia" o "muy favorecida", ignorando que ambas traducciones apuntan a lo mismo: un ser escogido que recibió el amor inmerecido del Padre. Olvidaron que en el canto del Magnificat, ella no reclama aplausos para sí misma, sino que nos enseña a mirar a un Dios político y social que "derriba a los potentados de sus tronos y ensalza a los humildes". Ella nunca compite con su Hijo; siempre nos dice: "Hagan lo que Él les diga".
Este divorcio teológico se vuelve carne y sufrimiento en la realidad de nuestras familias, golpeando con especial dureza a nuestros padres y abuelos. Ellos, que han sido los guardianes históricos de la fe en el hogar, sufren en silencio al ver que las tradiciones que nos heredaron con tanto amor son tildadas de "idolatría". En tierras donde la Virgen de Urkupiña, Cotoca o Guadalupe han sido el refugio de los marginados y el cimiento de nuestro mestizaje, la conversión religiosa de un hijo o un nieto se vive a menudo como una traición cultural. Es un contrasentido trágico que la figura de una madre, que unió los pedazos rotos de nuestro continente fusionando lo indígena con lo hispano, sea hoy el motivo por el cual un padre y un hijo dejen de hablarse, o la razón para que se exija con violencia retirar su imagen del espacio común del hogar.
Demos chance a un análisis agudo y responsable sobre lo que estamos haciendo en el nombre de Dios. Como católico que ama y venera a la Virgen, entiendo que nuestra devoción debe purificarse constantemente; debemos sacar a María de la mitología abstracta para imitar su humildad real, recordando que su mayor gloria es llevarnos siempre de la mano hacia Jesucristo. Por su parte, los evangélicos tienen la responsabilidad histórica de desarmar la agresión verbal contra ella, sepan que el amor que le profesamos a la Virgen no es un acto de enemistad contra Dios, sino la necesidad humana y legítima de cobijarnos bajo el manto de una madre.
Las barreras institucionales que no destruyan lo más sagrado que tenemos: el hogar. Hoy, el mayor milagro que podemos pedirle a la Mamita de Urkupiña no es de carácter material, sino el don de la sanación familiar. Que la mesa del compartir vuelva a ser el altar del reencuentro, donde la libertad de un hijo evangélico para orar y la devoción de un padre católico para cantarle a la Virgen convivan bajo un pacto de profundo respeto.
Construyamos un hogar donde la tolerancia sea la oración más sincera.
Un viandante coterráneo.
Wilfredo Áñez Saavedra es administrador de empresas.
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