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n amigo de universidad, tras recibir la herencia, le dio al dinero recibido un destino concreto: disfrutó un par de años, se compró un coche, se dio los gustos que antes se había privado y realizó algunos viajes; ahora es un asalariado que mide sus gastos familiares, porque tiene cuatro hijos. Otro amigo, que recibió menos dinero que el anterior, los invirtió en una granja pequeña, modernizó su maquinaria y hoy vive sin apuros con su esposa y dos hijos; me contó que cada año viaja al exterior, con su familia, al menos una vez al año, en vacaciones.

Guardando tiempo y distancia, el caso se asemeja a lo que ocurrió tras la segunda guerra mundial y la aplicación del recordado Plan Marshall de 1948. Tras la devastadora guerra de los cuarenta Europa no miró sus cenizas, por el contrario, aprovechó el dinero que Estados Unidos aportó al desnutrido pueblo del centro de Europa aplicando el plan del estadista y secretario de Estado, George Marshall, con un capital semilla de 13.000 millones de dólares (más o menos 130 mil millones de dólares de la actualidad).

Este capital fue aprovechado en la productividad y no fue un subsidio a la mendicidad, pese a que la pobreza se extendía en las calles. Winston Churchill en Inglaterra; Robert Schumann y Jean Monnet en Francia; Alcide de Gasperi en Italia y Konrad Adenauer en Alemania Occidental; hombres de calidad humana y alto profesionalismo fueron sus ejecutores. Y Europa salió adelante. Claro está que el prestamista (Estados Unidos) sacó su tajada, ya que los países receptores debían usar gran parte de los fondos para importar mercancías, trigo, combustible y maquinaria desde el país benefactor.

La pregunta es si debería seguirse ese criterio, para dejar de hipotecar al país con más deudas e invertir el dinero prestado en obras productivas , evitando más bonos, reduciendo el gasto público, empezando por pagar lo que se debe por gasolina y diésel, cuyo monto llega actualmente a los mil millones de dólares, pese a que se subió el precio de estos carburantes, recordando que en junio de 2025 se debía 500 millones de dólares.

Queda claro: Los organismos internacionales no nos pueden prestar más dinero si no se cumplen ciertas condiciones, por ejemplo, ajustar el boliviano al dólar, colocar un precio real a los carburantes y otros requisitos más. Para llevar adelante la nave del Estado, el presidente Rodrigo Paz gestionó ante organismos internacionales 7.600 millones de dólares destinados al apoyo de la estabilidad y la economía nacional, además de proyectos carreteros, educación y comercio exterior. El Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la CAF y la Cooperación Japonesa son los prestamistas.

Habrá que recordar lo siguiente: al dejar el gobierno en noviembre de 2019, Evo Morales acumuló una deuda externa pública cercana a los 11.000 millones de dólares, pese a que se tuvo ingresos envidiables; algunos economistas aseguraron que ese gobierno despilfarró 60 mil millones de dólares en obras ineficientes.

Todos los países tienen deudas externas. Argentina acumuló 322 mil millones de dólares, Chile 292 mil millones, Perú 135 mil millones, Paraguay 22 mil y nosotros tenemos 14.238 millones de dólares de deuda externa. Alguno dirá que no estamos tan mal; el problema es que debemos asegurar la forma de saldar las deudas y evitar más préstamos, porque se ponen en riesgo los recursos naturales que son mirados con avidez por las potencias mundiales.

Cualquier gobierno debe evitar encontrarse en su camino con los dos grandes monstruos que son el desempleo y la inflación, para ello tiene que hacer de equilibrista, fijándose en la demanda de bienes de consumo de las familias, la demanda de bienes de inversión de las empresas, el gasto público y si tiene posibilidad en fortificar las exportaciones.

Prestarse dinero es inevitable, el problema radica en equilibrar nuestra balanza, porque nuestros gobiernos gastan más de lo que recaudan en impuestos y exportaciones. La deuda es utilizada generalmente para financiar proyectos de inversión o para cubrir el déficit en la balanza de pagos; parece que seguimos pensando más en este segundo aspecto. Vale la pena recordar ese viejo consejo "cuida los centavos, que los pesos se cuidan solos".

Ernesto Murillo Estrada es filósofo y periodista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.