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uchos hablan del hambre como si fuera hablar de perfumería. Es decir como un producto más en el mercado de la sociedad contemporánea. Mucha gente vive de ese producto, hay quienes se enriquecen a partir de ella, hay expertos que teorizan sobre el asunto y hay muchos que hablan de ella como si la conocieran, sin haberla sentido ni visto de cerca.

Así como cocinar no es solo agregar ciertos ingredientes en un momento dado. Ni descansar es solo dormir. De igual forma, el hambre no es solo no haber comido. Convencionalmente se entiende el hambre, como la necesidad generada por la suspensión o privación de la ingesta de alimentos, es la sensación física incómoda o dolorosa, causada por un consumo insuficiente de energía alimentaria.

Pero el hambre es mucho más. No solo es un problema biológico o corporal. El hambre tiene que ver con la dignidad humana, con la libertad, con las capacidades, con la ética, con la exclusión, con la vulnerabilidad extrema.

Para J.P. Sarte, las necesidades básicas como el hambre y la sed, limitan las opciones y en esa medida coartan la libertad humana. M. Focault considera al hambre como un mecanismo de poder y control de la sociedad. Albert Camus consideraba que el hambre y la pobreza son síntomas de un mundo absurdo e indiferente. A. Sen señalaba que el “hambre es una característica de algunas personas que no tienen suficiente comida para comer y no es una característica de que no haya suficiente comida para comer”, es decir supone el acceso a los medios de subsistencia y consiguientemente de justicia social.

En la filosofía griega, encontramos dos corrientes principales asociadas a lugares de aprendizaje y debate: los peripatéticos, seguidores de Aristóteles, que caminaban y dialogaban en los paseos del Liceo, y los platónicos, que se reunían en banquetes para discutir filosofía. Mientras los primeros vinculaban el pensamiento a la actividad física y al entorno natural, los segundos lo asociaban a la reflexión profunda en un ambiente más festivo. Sin embargo, ambas escuelas, a pesar de sus diferencias, reconocían el papel fundamental de la alimentación y la satisfacción de las necesidades básicas para el desarrollo intelectual. El hambre, como carencia fundamental, limita la capacidad de pensar, de dialogar y de crear, independientemente del contexto en el que se desarrolle la actividad filosófica.

El hambre provoca una sensación de fragilidad y vulnerabilidad, afectando también la percepción de uno mismo y del entorno. No saber cuándo es la próxima comida genera miedo e incertidumbre y limita el qué hacer a la búsqueda de alivio a esta necesidad básica.

Y como bien escribía Luis Espinal en sus Oraciones a Quemarropa: “Tenemos el vicio de acostumbrarnos a todo. Ya no nos indignan las villas miseria; ni la esclavitud de los siringueros; no es noticia el “apartheid”, ni los millones de muertos de hambre, cada año.” Para no acostumbrarnos, para no creer que es algo más debiéramos sentir el hambre alguna vez y recordar que el hambre no es solo la desesperación por no comer. Muchos de sus poemas y reflexiones escritos en su cuaderno que luego fueron este libro, fueron escritos durante los 19 días de la huelga de hambre realizada junto a 4 mujeres mineras para recuperar la democracia de la dictadura de Hugo Banzer Suárez.

Nos acostumbramos y nos acostumbraron a usar el hambre como medio de reivindicación y de lucha, convirtiéndola en una moneda de cambio en la politiquería. En este proceso, olvidamos que el hambre es un sufrimiento real, una experiencia que deshumaniza y que marca a quienes la padecen.

Dino Palacios es ciudadano.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.