
i pantalla de WhatsApp se ilumina con una alerta extraña: “Capibaras y pitufos cerca de la calle 17”. Cualquiera pensaría que la ciudad fue invadida por fauna silvestre o personajes de caricatura, pero en este grupo esa jerga es una “bendición”. Lo que nació por la desesperación de hacer filas por gasolina hoy es un código de supervivencia vial, las "capibaras" son policías y los "pitufos" guardias municipales seguramente realizando algún control o “redada”.
Para los menores de 17 años, no existe un mundo sin WhatsApp. Sin embargo, hace no tanto tiempo, mi celular tenía un sistema operativo Windows que no me permitía acceder a la aplicación y yo envidiaba a quienes sí podían. Lo que nació como una alternativa a los mensajes de texto (SMS) terminó sepultando incluso al correo electrónico y a la llamada telefónica. Fue catalogada como un chat, pero hoy es mucho más: es el espacio donde reside toda la información que circula en las redes sociales.
No es solo una app, es un reflejo de nuestra época. WhatsApp resignificó el lenguaje cotidiano con emojis, audios y estados; el "doble check azul" hoy produce ansiedad o alivio, convirtiéndose en mucho más que un ícono. Ha generado un código compartido y, sobre todo, un campo de disputa. Se utiliza para la movilización ciudadana, en campañas electorales y como instrumento de manipulación masiva. Ante la crisis de los medios tradicionales, la plataforma se capitaliza como un espacio de poder simbólico y político.
Los múltiples grupos generan redes de vínculos donde desconocidos se reúnen en torno a necesidades concretas que trascienden territorios e ideologías. Aquí, lo que mantiene viva la comunidad es el interés común y la utilidad. Sean los vinos, dólares o comida. Cada grupo genera sus propias reglas y se autorregula: el exceso molesta, la información falsa se castiga y el aporte se valora.
En este ecosistema, la confianza no se construye desde la identidad personal, sino desde la eficiencia. Quien informa bien, se queda; quien interrumpe o no contribuye, se va. Sin drama. Al final, WhatsApp no apela a lo que somos, sino a lo que necesitamos. Y a veces, lo único que realmente necesitamos es saber si hay capibaras y pitufos cerca de la calle 17.
Dino Palacios es ciudadano.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
