
as primeras horas del nuevo año son un despliegue de rituales: las doce uvas de los deseos, el subir y bajar gradas, el conteo de billetes —mejor si son dólares— y las carreras con maletas por la cuadra. Es también la época de la planificación digital, donde la visión se organiza en vision boards, mood boards y el timeboxing, saltando desde Google Calendar hasta Notion o Todoist. Es, en definitiva, el tiempo de los buenos deseos; una época donde repartimos bendiciones y anhelamos lo mejor para todos. Bueno, para casi todos.
En enero, los gimnasios se abarrotan de personas impulsadas por la esperanza y el peso de los excesos decembrinos. Es el tiempo de las promesas y los votos. Pero al decir "votos" no me refiero al ejercicio ciudadano de elegir gobernantes, sino a ese juramento íntimo que nos hacemos para transformar nuestra existencia. La esperanza es el alimento fundamental de la vida; sin ella, simplemente no podríamos avanzar.
Pareciera que el calendario nos brindara la oportunidad de comenzar de nuevo con el tanque lleno. Es la mística del "borrón y cuenta nueva" la que nos recarga y nos hace repetir: “hoy cambio mi forma de vivir”.
Esa misma esperanza mueve hoy a los marchistas del magisterio y a los mineros, que confían en que su esfuerzo logre la abrogación del "maldito decreto". Es la contraparte de la esperanza del Gobierno, que apuesta a que dos feriados improvisados —bajo el rótulo de promover el turismo— logren diluir las expresiones de protesta y malestar social.
Este comportamiento ritual es universal; está asociado a ciclos agrícolas y calendarios que reflejan, de manera muy sana, la búsqueda de sentido. Sin embargo, detrás de esta concepción subyace una forma lineal de entender el tiempo: un tránsito del pasado al presente con la mirada fija en el futuro.
Personalmente, me inclino por la visión no occidental: aquella que concibe el tiempo como un ciclo de renovación constante. Como dicen muchos con quienes concuerdo: no hay pasado ni futuro, solo presente. Bajo esta premisa, cada sueño y cada plan debe trabajarse y hacerse realidad a diario, no solo cada 365 días.
Al final, la única certeza de enero es que siempre nos encuentra llenos de esperanzas y, casi siempre, con unos kilos de más.
Dino Palacios es ciudadano.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
