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s fin de año y las fiestas traen de vuelta a quienes se fueron. En una de esas reuniones familiares, escuché a una joven recién llegada de Europa preguntarle a su padre con total desconcierto: “¿Por qué las obras públicas aquí tienen el color del partido del alcalde?”. Esa pregunta, cargada de una frescura que nosotros ya perdimos por la costumbre, pone el dedo en una llaga profunda.

El eslogan “pintar la ciudad de colores” ha sido utilizado en diversas campañas alrededor del mundo como símbolo de alegría y vitalidad urbana. En Latinoamérica, existen ejemplos admirables de ciudades que, gracias a sus colores, se han convertido en destinos turísticos, como San Miguel de Allende en México, Guatapé en Colombia o La Boca en Buenos Aires.

En nuestras ciudades, sin embargo, el uso del color en la infraestructura ha dejado de ser una búsqueda estética para convertirse en una marca de demarcación política. Lo que observamos en plazas, escuelas y hospitales no responde a un diseño institucional, sino a una campaña electoral permanente que utiliza recursos públicos de manera arbitraria para proyectar la imagen del gobernante. Estas obras, acompañadas por la fotografía de la autoridad de turno, se reducen a una propaganda tosca y vulgar; una expresión de culto a la personalidad.

Este concepto fue denunciado en 1956 por Nikita Jruschov al referirse a los abusos de Stalin, advirtiendo que esta práctica socava la democracia. Hannah Arendt también lo analizó como un rasgo esencial de los totalitarismos que intentan negar la realidad. En nuestro país, durante las últimas dos décadas, se impuso la imagen del caudillo en el espacio público, repitiendo prácticas de dictaduras del pasado.

Ante las nuevas campañas, desconfiemos de candidatos que priorizan su imagen sobre planes de desarrollo. Preferir al líder sobre la gestión técnica solo perpetúa el caudillismo frente al bienestar común.

Una verdadera ciudad de colores es aquella que se administra con respeto y diversidad, siempre al servicio del ciudadano y no de un partido. Ojalá que la legítima extrañeza de esa joven nos contagie a todos, para que no sigamos tolerando estos excesos y lo expresemos con firmeza en nuestros votos de marzo.