
stoy en un junte de amigos. Todos paceños por cierto (incluido el Marcelo). “Me vine a Cocha huyendo de La Paz”, dice uno de los cuatro amigos. Todos secundan y coinciden en un punto: en Cochabamba puedes ir a pie a muchas partes, no hay trancaderas, no hay estrés, pero, y muy especialmente, no hay paros, bloqueos, dinamitazos y cuanta barbarie sucede en La Hoyada.
Razones no les faltan, porque, como dicen, a comparación de otras ciudades, Cocha está limpia, y es caminable. Yo, como cochala, tengo mis reparos pero me sorprenden sus argumentos.
Hace 125 años la situación era otra. La guerra civil interna, también denominada Guerra Federal, provocó miles de muertos por un único afán: trasladar la capital de Bolivia de Sucre a La Paz. Los afanes eran económicos y políticos, para variar.
Las contradicciones entre el Norte y el Sur de Bolivia en el siglo XIX, marcaron la historia del país, con la minería del estaño y la plata en el centro del conflicto. La Guerra Federal, la disputa por la capitalía y la participación indígena en la lucha por sus tierras, son aspectos clave de este periodo. La promesa incumplida de federalización y la traición a los indígenas tras la guerra, dejaron una huella profunda en la sociedad boliviana.
Esa huella tan profunda, en lugar de haber sanado, se ha profundizado aún más. Quizás no tanto entre los sucrenses que amargamente soportaron la derrota. Sino en La Paz. A finales del Siglo XX la hoyada paceña era un hervidero de éxitos musicales y cinematográficos, por citar un par de ejemplos generales. Pero a mediados de la tercera década del Siglo XXI es un hervidero de parásitos, mal llamados, funcionarios públicos, un motín permanente con demandas que terminan con calles bloqueadas o con marchas que taponan las avenidas.
Peor aún, es una ciudad imposible, colgada de las laderas, con sifonamientos, hundimientos y deslizamientos que vienen con las inundaciones.
Un dato adicional. Mi bisabuelo Casimiro Briançon Bonille, participó en la Guerra Federal. Vino a Bolivia invitado para ser profe de mate y física en el Colegio Militar y terminó como teniente coronel en esa guerra endemoniada.
En el libro La Sangre de Todos, de Ramiro Velasco Romero, es citado, mientras conversa con otros militares y deciden las acciones posteriores al golpe de Cosmini donde tuvo lugar la carnicería de los jóvenes del escuadrón Sucre y de Monteagudo.
La guerra tuvo el desenlace conocido por todos. La Paz es sede de gobierno y Sucre es la capital de Bolivia. Luego de la guerra, mi bisabuelo fundó una chocolatería donde comenzó a producir chocolates tradicionales en barra. Una manera de endulzar la derrota que vivió.
La victoria para los liberales paceños supuso mucha ganancia, especialmente para los burócratas que maman de la teta del Estado, hasta el día de hoy.
A final de cuentas, ¿valió la pena la guerra por la capitalía? Un par de días por la calles de La Paz pueden darte la respuesta.
Especialmente para aquellos paceños que abandonaron la ciudad, y dejaron la tea encendida para la siguiente generación que convive con los desmanes en la “ciudad maravilla”.
Mónica Briançon Messinger es periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
