
n las pasadas elecciones nacionales, 7 de los 10 frentes políticos inscribieron formalmente en sus planes de gobierno ante el Órgano Electoral las propuestas del sector turístico. Existía un consenso técnico inédito: la industria del turismo sostenible es la alternativa más rápida, limpia y eficiente para generar divisas y salir de la crisis. No eran meras intenciones; eran datos rigurosamente estructurados que demostraron que el sector puede generar 3.000 millones de dólares y 300.000 empleos adicionales en el próximo quinquenio.
Para alcanzar semejante impacto, el turismo no le pidió un solo centavo al Estado. No necesitábamos más gasto público, ni abultar presupuestos, ni financiar burocracia. Lo único que se necesitaba era gestión: levantar las Visas obsoletas a países emisores clave, agilizar los tiempos de permanencia y erradicar los vericuetos interminables en los pasos fronterizos. Solo necesitábamos que los turistas lleguen, se queden más tiempo y gasten más.
Por eso —y solo por eso— se impulsó la creación del Ministerio de Turismo Sostenible, Culturas, Folklore y Gastronomía. No para crear burocracia, sino para tener un gestor al más alto nivel del Órgano Ejecutivo con la autoridad política suficiente para desmontar el "Estado Tranca" y para que "Bolivia esté en el Mundo y el Mundo venga a Bolivia".
La industria de la hospitalidad siempre se ha sostenido sobre la iniciativa, el riesgo y el capital del sector privado nacional; jamás ha necesitado del Estado. Históricamente, el Estado en sus tres niveles solo ha servido para poner obstáculos. La paradoja es clara: es como si alguien decidiera abrir un restaurante, un hotel o una agencia con clientela internacional asegurada —como bien lo graficó el Growth Lab de Harvard— y un matón (el Estado, en sus tres niveles) se plantara en la puerta para ahuyentar a los comensales, romper el letrero del establecimiento y exigir trámites e impuestos interminables a quienes solo quieren entrar a disfrutar de la experiencia.
No era el sector turismo el que necesitaba un Ministerio. Era el país el que necesitaba con desesperación del sector turismo para captar las divisas que hoy faltan y generar el empleo que la gente clama, tras más de dos décadas de ceguera y despilfarro rentista. Se necesitaba esa instancia política únicamente para liberar las fuerzas productivas de la hospitalidad y mostrar al mundo la biodiversidad y la autenticidad que solo Bolivia posee. Nunca al revés.
¿Qué señal da el Gobierno actual al crear este Ministerio hace menos de un año para luego cerrarlo de un plumazo? La señal es trágica y transparente: es el triunfo del extractivismo depredador y contaminante sobre una alternativa sostenible. Es la confirmación de que el sistema se niega a emprender un nuevo rumbo de protección, cuidado y puesta en valor de nuestros recursos naturales y culturales. Es un mensaje sombrío hacia nosotros y hacia el mundo de que en el horizonte oficial no hay espacio para la innovación, sino para los bosques quemados, la degradación, la contaminación y la destrucción.
Sin embargo, no nos van a quitar la esperanza. La vocación centenaria de excavar, deforestar y contaminar jamás será nuestra alternativa. Si la respuesta del nivel central es el abandono, asumiremos estos próximos cuatro años como hemos asumido los últimos veinte: resistiendo desde la acción.
Confiaremos en que los gobiernos subnacionales —gobernaciones y municipios— y la sociedad civil tomen la posta. Porque hemos logrado algo irreversible: la gente ya tomó conciencia de que el futuro de sus hijos no es perforar la tierra, destruir la roca o contaminar los ríos. El futuro es la hospitalidad. El futuro es la industria del turismo sostenible que protege la naturaleza, la biodiversidad y las culturas, e interactúa directamente con las energías verdes, con las cadenas de valor productivas ecológicas como el café, el cacao, la quinua, el asaí, entre muchas otras de las cuales nos sentimos profundamente orgullosos.
Nosotros — en los Andes, en la Amazonía boliviana, en Toro Toro, en la ruta del vino de los Cintis y Tarija, en las Misiones de Chiquitos, en Pando, en el Lago Titicaca y en cada rincón del país; en las manos de nuestros artesanos, en los guías expertos, en los gastrónomos innovadores y en los hoteleros cálidos— seguiremos de pie. Esperaremos siempre a nuestros visitantes con la esperanza, el optimismo y la sonrisa de quienes saben que están en el lado correcto de la historia.
El tiempo nos dará la razón. El patrón de acumulación y el modelo extractivista han fracasado de manera recurrente. Nosotros nunca quisimos burocracia; solo quisimos y queremos vivir en paz, con bienestar y dignidad. Y tarde o temprano, lo vamos a lograr.
Rolando Mendoza Patiño es economista e impulsor del turismo sostenible.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
