Imagen del autor
H

e caminado muchas veces por el área rural de Inglaterra y siempre me asalta la misma fascinación dolorosa: ¿Cómo es posible que aquí los pueblos rebosen de naturaleza, juventud, economía y orgullo, mientras en mi Bolivia el destino parece ser la desaparición o la tugurización?

Hoy escribo desde Yorkshire Dales. He venido a despedir a mis suegros y, tras el duelo familiar, recorro estos paisajes de naturaleza prístina y arquitectura de piedra eterna. Veo una economía próspera en manos locales. No puedo evitar que mi mente vuele a mi última visita al Lago Titicaca por invitación del hermano Calixto. Allí vi abandono. Vi a los que se quedaron apostar por el turismo con una esperanza que me partió el alma, porque en ese momento no supe qué responderles ante tanta miseria.

La respuesta no es magia, es Política Pública

He visto pueblos en Colombia que, tras ser de los más peligrosos del mundo, hoy están revitalizados y rebosan de visitantes. Mientras tanto, en Bolivia, joyas como Sorata o Coroico se asfixian en el desorden, la suciedad y el consumo de alcohol; y Uyuni, el pueblo, parece sucumbir bajo su propia basura. ¿Qué hicimos mal? La respuesta es clara: la prosperidad no es generación espontánea; es el resultado de reglas de juego —políticas públicas— y de la coordinación estratégica entre los sectores privado, público y académico.

Para replicar esta vitalidad en Bolivia, debemos implementar cuatro ejes de acción estatal deliberada para el anclaje y la prosperidad rural:

1. El "Palo" al abandono: impuestos a la vivienda ociosa

La propiedad privada rural debe cumplir una función social. En el norte de Inglaterra, los ayuntamientos aplican el Council Tax Premium, un recargo que castiga con impuestos adicionales a las casas que permanecen vacías.

En Bolivia, permitimos que el patrimonio rural se desmorone mientras sus dueños esperan en la ciudad la plusvalía del terreno. Una política pública valiente debe gravar la vivienda "muerta" para movilizar ese capital dormido, incentivando a los propietarios a rehabilitar sus predios o cederlos para emprendimientos que generen vida. El paisaje es un activo común y nadie tiene derecho a degradarlo mediante el abandono.

  1. Protección real del patrimonio: el atractivo como activo

Sin un entorno natural prístino, no hay producto que vender. En Inglaterra, la creación del Parque Nacional en 1954 no fue solo un acto conservacionista, sino una decisión económica: proteger el paisaje para garantizar el flujo turístico perpetuo.

En Bolivia, la falta de respeto por nuestros parques nacionales, regionales y municipales es alarmante. El Estado debe pasar de la protección "de papel" a la vigilancia efectiva. Si el Parque Nacional o Local no se respeta, el atractivo se extingue y, con él, la posibilidad de ingresos para la población local.

3. La "zanahoria" al emprendedor: fomento a la pluriactividad

Debemos dejar de tratar al campesino como un "sujeto de caridad" receptor de bonos asistencialistas y empezar a tratarlo como un socio del paisaje. La política pública debe financiar la diversificación rural.

El modelo es la pluriactividad: el granjero inglés que cría ovejas y gestiona un Bed & Breakfast, o el caficultor colombiano que no solo vende grano verde, sino una "experiencia de origen". Bolivia debe proveer créditos específicos para que el productor convierta su finca en un hotel de materiales nobles (piedra, madera, bambú, jatata), desarrolle artesanía de alta gama y abra restaurantes de cocina de origen. El productor debe ser dueño de toda la cadena de valor, ofreciendo orgulloso el mejor café y cacao del mundo en su propia tierra.

4. El Capital de la Estética: Normativa Urbanística y Orgullo Local

La fealdad ahuyenta al capital; la belleza lo atrae. En pueblos como Hawes o Lonsdale, una estricta planificación obliga a conservar el carácter tradicional. No es un capricho estético, es una estrategia de mercado: la arquitectura original atrae al visitante de alto valor.

En Bolivia hemos confundido modernidad con ladrillo visto y tinglados metálicos que rompen el encanto de nuestros pueblos mágicos. Si municipios como Sorata o Coroico implementaran códigos de fachada, el perfil del visitante cambiaría radicalmente. El turista no iría a emborracharse en la degradación del entorno (aplicando la "teoría de las ventanas rotas"); iría a admirar la armonía, a recorrer senderos seguros y a generar una economía digna para los residentes.

El derecho a quedarse y el deber a prosperar

El turismo sostenible es el ancla. Si un joven de los Yungas o el Altiplano ve que puede ganar más operando una agencia local, un lodge sustentable con internet de alta velocidad o una actividad turística diversa que siendo chofer en la ciudad, no se irá jamás.

No queremos pueblos que sean museos de nostalgia; queremos pueblos con ajayu, con juventud y con futuro. La infraestructura de los Dales o del Eje Cafetero no cayó del cielo; fue construida por gente que decidió que su tierra valía más que cualquier mina, bajo una coordinación que vi en su máxima expresión el 2023 en Costa Rica.

Es hora de que nuestras nuevas autoridades nacionales, departamentales y municipales abandonen el “chip mental extractivista” y entiendan que el vaciamiento rural es una decisión de política pública que podemos revertir. Bolivia tiene la naturaleza, los paisajes y las culturas. Tenemos a la gente: la que aún permanece y la que tiene que volver. Solo nos falta eliminar el Estado Tranca e implementar las reglas que premien al que se queda y prospera.

Rolando Mendoza Patiño es economista e impulsor del turismo sostenible.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.