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n medio de un clima esperanzador, con un giro de 180° en nuestra historia nacional, buscamos construir una sociedad digna. No basta con modificar estructuras políticas o renovar liderazgos, el verdadero punto de inflexión está en algo más profundo: los valores.

Más que hablar de una “crisis de valores“, conviene replantear el enfoque hacia una “recuperación de valores”, en la búsqueda de mantener un lenguaje positivo ya que las palabras que elegimos moldean la mentalidad social. Un país que se concibe en crisis, difícilmente proyecta desarrollo, mientras que uno que habla de recuperación, activa una visión de avance, reconstrucción y futuro.

Un valor en términos sencillos es aquello que define a una persona en su esencia y orienta su conducta. Es fundamental diferenciar entre valor y precio. El precio pertenece al ámbito de lo económico: se fija, se negocia y se paga. El valor, en cambio, es intrínseco, no se negocia. Está vinculado a lo ético, a lo moral, incluso a lo espiritual. Por eso, cuando hablamos de valores como la honestidad o la responsabilidad.

Hablamos de cualidades que no admiten sustitutos ni equivalencias monetarias. Durante años, los bolivianos hemos sido estigmatizados, dentro y fuera del país, por la presencia de antivalores como la informalidad, la impuntualidad o la falta de institucionalidad. Esa percepción, justa o no, termina condicionando oportunidades y relaciones en el ámbito internacional. Por tanto, cambiar esa imagen no es solo una cuestión de reputación, sino de desarrollo.

La respuesta no está en negar esa realidad, sino en transformarla a través de la práctica consciente de valores. La responsabilidad en el cumplimiento de obligaciones, la honestidad en la gestión pública y privada, la valentía para actuar con integridad, la puntualidad como respeto al tiempo ajeno, y la solidaridad como base de cohesión social, son pilares indispensables.

Además, los valores no deben entenderse como un concepto abstracto, sino como un sistema aplicable a cada ámbito de la vida:

  • En lo social, promueven convivencia y respeto.
  • En lo laboral, generan productividad y confianza.
  • En lo académico, impulsan excelencia.
  • En lo familiar, construyen identidad.
  • En lo espiritual, dan sentido y propósito.

Construir un “grupo de valores” para cada dimensión no solo es deseable, sino estratégico. Es así como se forma una ciudadanía coherente, capaz de sostener procesos de cambio a largo plazo.

Si realmente aspiramos a un nuevo rumbo como país, debemos entender que el desarrollo no es únicamente económico ni político; es, ante todo, cultural y ético. La transformación verdadera comienza en el individuo, se proyecta en la sociedad y se consolida en las instituciones.

Esa debe ser la visión: formar ciudadanos con mentalidad de crecimiento, con un espíritu firme, competitivo y, sobre todo, íntegro. Porque los países no cambian solo por decisiones de sus gobiernos, sino por la calidad de los valores de su gente.

Marioly Chávez Arteaga es relacionista internacional, vicepresidenta de Colegio de Internacionalistas de Santa Cruz, docente universitaria y profesora de piano.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.