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olivia vive una de las horas más difíciles de su historia reciente. Mientras los responsables de conducir el país continúan atrapados en disputas políticas, millones de ciudadanos observamos con impotencia cómo la crisis se prolonga sin una solución a la vista.

Más de cuarenta días de bloqueo de las principales carreteras nacionales han puesto a Bolivia de rodillas. Los costos humanos y económicos son devastadores. Trece vidas se han perdido en medio del conflicto. Las pérdidas económicas superan los tres mil millones de dólares. Miles de familias han visto afectadas sus fuentes de ingreso. Los productos escasean, los precios aumentan y la incertidumbre se apodera de hogares que ya enfrentaban enormes dificultades.

La pregunta que surge desde cada rincón del país es inevitable: ¿qué debemos hacer los doce millones de bolivianos que estamos siendo rehenes de esta crisis? Porque, más allá de las diferencias políticas y de quien es el culpable existe una realidad que ya no puede ser ignorada: los ciudadanos de a pie somos los principales perjudicados. No somos quienes toman las decisiones, no dirigimos los partidos políticos ni controlamos las instituciones del Estado. Sin embargo, somos quienes soportamos las consecuencias del conflicto todos los días.

Resulta evidente que el gobierno nacional, los representantes de los tres poderes del Estado y los principales líderes políticos no han logrado construir los acuerdos necesarios para devolverle tranquilidad al país. La incapacidad de diálogo y la priorización de intereses sectoriales o partidarios han terminado por colocar a toda la nación en una situación límite.

Pero también es evidente que Bolivia no puede seguir esperando indefinidamente a que otros resuelvan el problema.

Ha llegado el momento de que la mayoría silenciosa haga escuchar su voz. Los trabajadores, los productores, los transportistas, los profesionales, los estudiantes, los emprendedores, las amas de casa, los jubilados y todos aquellos que desean vivir en paz constituyen una inmensa mayoría nacional que merece ser escuchada. Una mayoría que no pide privilegios ni cuotas de poder. Una mayoría que simplemente exige respeto a su derecho al trabajo, a la libre circulación, a la alimentación, a la salud y a la convivencia pacífica.

El camino hacia la solución pasa por una gran movilización cívica y democrática de la ciudadanía. No una movilización de confrontación, sino una movilización moral. Un pronunciamiento nacional que exija el levantamiento inmediato de los bloqueos, la preservación de la vida humana y la instalación de un diálogo sincero entre todos los actores políticos y sociales.

Asimismo, es urgente reiterar la convocatoria a un Gran Acuerdo Nacional que coloque por encima de cualquier interés particular la estabilidad del país, la recuperación económica y la paz social. Ninguna causa política puede justificar la paralización indefinida de una nación entera ni el sufrimiento de millones de personas.

La historia demuestra que las crisis más profundas solo pueden superarse cuando la sociedad encuentra la fortaleza para anteponer el bien común a las diferencias que la dividen.

Por ello, el llamado es claro: que los doce millones de bolivianos dejemos de ser simples espectadores de esta tragedia. Que hagamos escuchar nuestra voz de manera pacífica, democrática y firme. Que exijamos responsabilidad a quienes ejercen el poder. Que reclamemos acuerdos en lugar de enfrentamientos. Que defendamos la vida por encima de cualquier cálculo político.

Bolivia necesita recuperar la esperanza. Y esa esperanza no vendrá únicamente de los dirigentes. Debe surgir también de una ciudadanía consciente de que el destino de la patria es una responsabilidad compartida.

Porque al final del día, los bloqueos no distinguen ideologías, regiones ni sectores. El daño alcanza a todos. Y solo unidos, como nación, podremos encontrar el camino de regreso hacia la paz, el trabajo y el futuro que merecen nuestros hijos.

Fernando Crespo Lijeron es administrador de Empresas.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.