
e encontré, hace poco, con el colega Didáscalo con quien platiqué sobre lo que te conté en mis narraciones anteriores. Las confirmó, es decir, felizmente, tuve información fidedigna sobre el diálogo que siguió sosteniendo con Agnoia, sobre la mentira, después de la primera interlocución. Es más, me dijo que continuaron tratando el tema, aunque ya no vis-à-vis, sino mediante WhatsApp.
Como es de mi interés no tomar parte en la plática, pero sí conocerla y difundirla, siempre que no ocasione malestar, Didáscalo compartió conmigo el intercambio de mensajes con su interlocutora. Reiterando sus opiniones anteriores, Agnoia le escribió lo siguiente, a lo que él respondió lo que te narro después, siempre con el afecto y confianza que siento por ti:
― Querido Didáscalo, -le escribió Agnoia- creo que tengo un punto de vista que no ha sido adecuadamente expresado ni comprendido. Para mí, la persona que miente dice falsedades. Y no importa si se trata de un político avezado o de alguien que promete lo que sea en un contexto romántico. Descubrirlo implica que se ha constatado que lo dicho es falso, porque es un mentiroso. Te ruego que tengas en cuenta mi opinión expresada con claridad, que da la pauta para condenar como inmorales a los mentirosos por sus promesas incumplidas. Sin más, te saluda afectuosamente, Agnoia.
― Querida Agnoia, -respondió nuestro colega-, déjame decirte, en primer lugar, que no es apropiado descubrir una vez la mentira de alguien, incluso cuando la confiese, y sostener como razón suficiente que la persona sea un mentiroso. Como dijo Jean-Paul Sartre en varias entrevistas realizadas en los años cincuenta y setenta del siglo pasado: “todos, hombres y mujeres, mentimos” y él especialmente, aseveró, que le mentía a su pareja, al Castor, Simone de Beauvoir y a otras parejas ocasionales. Pero, afirmar que Sartre sea mentiroso, como seríamos todos, es impropio y excesivo. Reservemos el calificativo de mentiroso a los cínicos, especialmente los políticos, que tienen el cliché de hablar, declarar y opinar como si sus palabras crearan realidades inéditas, como el actual Presidente de Estados Unidos, de quien un periódico estadounidense señaló una vez que mentía 14 veces al día.
― En segundo lugar, querida Agnoia, volviendo a Sartre, tal vez tú conozcas su famoso cuento El muro, publicado en 1939. Si no es así, lo resumo: Pablo es un anarquista español detenido por el gobierno falangista de Franco. Fue amedrentado y golpeado para que delatara la ubicación de Ramón, otro anarquista. Los falangistas lo amenazaron diciéndole que lo fusilarían. Delante de él fusilaron a José y Juan. Pablo sabía que Ramón iría a la casa de alguno de sus compañeros para resguardarse, si las cosas se ponían difíciles. Burlándose de sus captores, inventó que sabía que Ramón estaba en el cementerio, en una cripta o la cabaña del sepulturero. Como revancha, Pablo quiso ver a sus torturadores ir en vano contra Ramón. Sabía que al regresar lo fusilarían, pero no le importaba, se resignó. No fue así, 15 falangistas fueron y regresaron, enviando después a Pablo a una celda común con otros presos insignificantes. Al día siguiente, un nuevo prisionero contó a Pablo que Ramón había muerto. Los falangistas lo acribillaron en la cabaña del sepulturero donde Ramón se ocultó para evitar comprometer a quienes pensaran que estaría en casa de algún anarquista.
― Pablo mintió y dijo la verdad. Si Ramón hubiese seguido el plan, ocultándose en la casa de otro anarquista, entonces Pablo habría mentido y hubiese dicho una falsedad, siendo fusilado después. Lo propio habría sucedido si Ramón hubiese hecho algo diferente para no ser aprehendido, por ejemplo, salir de la ciudad. Que Pablo haya mentido y dicho la verdad es una contingencia escasamente probable, pero efectiva y lógicamente posible. En breve, es posible mentir, intencional, consciente y voluntariamente; pero por falta de correspondencia entre lo que el hablante cree que es la realidad y lo que afirma, aunque ocasionalmente, al mentir es posible que diga la verdad.
― Finalmente, querida Agnoia, Sartre fue enfático al aseverar: “Lo peor de que te mientan es saber que ni siquiera merecías la verdad”; y esto se aplica, tanto a la actitud del político avezado ante los electores, que no merecen sino ser engañados por quien les promete el oro y el moro; como al enamorado o novio que, aprovechándose de la ingenuidad de su pareja, se compromete, por poner el caso, a amarla eternamente, mostrando después que su palabra carecería de valor. Bueno, me despido, esperando que, tal vez, sigamos comunicándonos sobre el tema. Hasta pronto, D.
Blithz Lozada Pereira es filósofo, escritor, investigador. docente emérito de la UMSA y miembro de número de la Acadamia Bolviana de la Lengua.
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