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éjame contarte, en esta ocasión, el diálogo que escuché entre dos colegas que tú ya conoces, porque te hablé de ellos y de sus opiniones sobre temas diversos. Son los amantes de la especulación teórica y de convertir cualquier contenido banal en temas complejos, contra la tendencia sana del sentido común, rechazando que la explicación más simple sea, por lo general, preferible y verdadera ante cualquier otra. Los conoces, se trata de Agnoia y Didáscalo. Y te cuento ahora lo que les escuché platicar sobre las mentiras de los políticos, en uno de tantos pasillos académicos que yo recorro.

Agnoia afirmó que, para ella, sería el colmo cómo los políticos mienten recurrentemente en nuestro país, incluso prometiendo ofrecimientos que no cumplen. En ciertas circunstancias, les interesaría convencer a los electores, para lo que no cejarían en prometer beneficios asistencialistas. Recordaba, por ejemplo, que, tanto mujeres como hombres, candidatos a presidentes, dieron su palabra en campañas nacionales de otorgar bonos universales a los ciudadanos bolivianos, con o sin distinción, hasta de mil y dos mil bolivianos mensualmente. Dijo que, según su análisis, pocas personas les creerían; por lo que esa táctica de marketing electoral sería, en realidad, poco eficaz para aumentar los caudales electorales inicialmente proyectados en las tendencias de voto.

Sin embargo, ciertas esperanzas subsistirían encriptadas, pese a los males que brotarían a borbotones, cuando comienzan a implementar sus políticas. Se trata de las ilusiones de los más necesitados, concernientes a que, aunque sea mínimamente, el político que promete asistencialismo, lo brinde efectivamente cuando gane las elecciones. Además, Agnoia criticó que, en nuestro país, poco o nada importarían las mentiras de los políticos, debido a que los avezados y viejos, ya pusieron en evidencia que no merecen credibilidad alguna cuando formulan sus declaraciones y porque a los nuevos políticos, muy poco les dura el beneficio de la duda, constatándose pronto que sus compromisos son ficticios.

Ante Agnoia, las opiniones de Didáscalo, como siempre, enseñan. Haciendo referencia a la teoría inglesa de los actos verbales, afirmó que los políticos están, entre los hablantes que mejor manipulan el lenguaje, creando nuevos estados de cosas. Pero, por ejemplo, cuando prometen, no describen ni hacen constataciones del mundo, tampoco mienten. La promesa es un acto verbal compromisorio que, formulada honestamente, implica la intención del hablante de realizar en el futuro, determinadas acciones que cambiarían la situación del presente y que, como sujeto de acción, el hablante haría lo necesario para culminarlas exitosamente. Sin embargo, es posible que el cinismo del hablante le motive a prometer acciones que, según su propio cálculo de posibilidades de que se realicen, está seguro de que es muy poco probable que las lleve a cabo. En este caso, sin embargo, no miente. Simplemente es insincero, porque despliega un acto ilocutivo –la promesa- que no satisface la condición básica de su formulación: tener la intención de lograrla y obrar después para realizarla.

El político que hace promesas, incluso las menos estrambóticas y posteriormente no las realiza o las cumple de modo inaceptable, no miente. Tampoco dice la verdad el político que promete y cumple lo que se comprometió. La promesa solo refiere la conciencia del hablante ante el oyente, que puede ser sincera respecto de su certidumbre de que lo comprometido es factible y de que tiene la voluntad de realizarlo en el futuro; o la certeza del político de que lo prometido no es un compromiso honesto, sino apenas una táctica para generar la imagen que procura, porque, en definitiva, es consciente de la imposibilidad de cumplir lo que dice y sabe que es imposible que priorice la voluntad personal y colectiva para cambiar el actual estado de cosas en el futuro, burlándose de los electores.

Blithz Lozada es filósofo, escritor, investigador. docente emérito de la UMSA y miembro de número de la Acadamia Bolviana de la Lengua.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.