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idáscalo fue a buscarme a mi aula. Afortunadamente, apareció cuando yo terminaba mi clase; así que fuimos a tomar un café matutino. Aprovechamos el encuentro para intercambiar nuestras últimas publicaciones, habida cuenta de que la mejor forma de conocer las ideas de los colegas se da cuando el autor le obsequia a su par, un ejemplar dedicado. Didáscalo me dijo que investigó algunos temas a sabiendas de que nuestras reflexiones son públicas gracias a un periódico digital.

Brevemente, me dijo, que lo que narro en esta comunicación, está restringido a no generar réplica alguna a sus ideas. Me pidió encarecidamente que reflexione lo que dice y que le escriba después, al margen de que yo estuviese o no de acuerdo con sus puntos de vista; puesto que, al final, nos ocupan las mismas disciplinas. Lo primero es la llamada teoría semántica de la verdad desarrollada por Alfred Tarski. Didáscalo señaló que esta teoría incluye tres componentes y tres relaciones: el objeto conocido, el sujeto que conoce (cognoscente) y los juicios o aseveraciones emitidos por el sujeto, sobre el objeto.

El objeto conocido, por decirlo así, fija sus contenidos en la conciencia del sujeto. Es decir, sus determinaciones deben ser captadas objetivamente, sin distorsiones ni añadidos. La relación de objetividad supone que el sujeto no es espontáneo ni creativo respecto de lo que constela del objeto en su conciencia. Sería un receptor pasivo que llena su conciencia, con lo que es perceptible del objeto. Lenin arguyó que reflejaría como un espejo lo que es. Ahora bien, captadas objetivamente las determinaciones del objeto ―aquí prescindimos de lo que Thomas Kuhn llama la percepción teóricamente cargada debido al paradigma, e incluso olvidamos las objeciones sobre la ideología―, resulta que la siguiente relación es entre los contenidos de la conciencia y la verbalización consecuente ―sea oral o escrita― de tales contenidos. Se trata de la relación de neutralidad. Es decir, el sujeto que señala cómo es el mundo porque así lo ve; el hablante que establece el estado de cosas que percibe, no debería tener, laudablemente, actitudes reñidas con la ética de la investigación. Se abstendría de reparar solo en los datos que confirmen sus hipótesis, analizaría ejemplos y contraejemplos de la base empírica completa; se mediría en el uso de conceptos que presenten sesgos cargados por tendencias o sistemas previos; trataría de ser exhaustivo, expresando lo más claramente posible, todo lo que es posible colegir a partir de lo que ha visto; en fin, aquí cabe un largo et cœtera.

En tal cuadro, parece razonable que lo que diga el hablante sea la verdad. Esta es otra relación, la tercera y que refiere lo afirmado por el hablante como producto del proceso mental que asevera con la forma general: “S es P” ―donde “S” es el objeto conocido y “P” es lo que predica de él― y a fortiori, lo percibido objetivamente y procesado con neutralidad. Así, la teoría semántica de la verdad señala taxativamente, la verdad es la relación entre lo que dice el hablante, que solo son enunciados, aseveraciones, juicios o afirmaciones y la realidad como es. No se incluyen aquí ni los deseos, las promesas, las declaraciones, los compromisos, los estados subjetivos, las órdenes, los sentimientos, las preguntas, las felicitaciones, las advertencias, las amenazas, las solicitudes, los instructivos ni un conjunto amplio de los actos de habla con particularidades similares de fuerza ilocutiva; porque, sencillamente, ninguno de los citados puede ser verdadero ni falso. Solo en la medida en que el hablante afirma que este objeto visto por él tiene tal característica, rasgo, propiedad o atributo, es posible establecer que lo que dice es verdadero, si efectivamente, en la realidad, el objeto ostenta lo predicado; o lo que afirma el hablante es falso, si no existe correspondencia entre el contenido significativo enunciado y la realidad del objeto.

Didáscalo, muy agudamente, terminó esta parte de su conversación, diciéndome lo siguiente. Sin embargo, cabe anotar que el problema para establecer enunciados verdaderos o falsos, que no tienen relación directa con la mentira ni con la sinceridad, radica en comparar lo que es el objeto y lo que dice el hablante acerca de él. Tal es el llamado problema del criterio de verdad en la gnoseología. Es decir, para que yo descubra un enunciado del hablante como falso, es imprescindible que yo sepa antes cómo es la realidad. Sin tal conocimiento previo tampoco podría dar fe de que el enunciado es verdadero. Así, que al final, alguien apoye o refute a un hablante, es posible solo si quien lo hace presume de que conoce cómo es el objeto antes incluso de escuchar el juicio del hablante.

Blithz Lozada Pereira es filósofo, escritor, investigador. docente emérito de la UMSA y miembro de número de la Acadamia Bolviana de la Lengua.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.