
a memoria de Guido Meruvia se inscribe en los anales del deporte boliviano como la de un atleta que supo encarnar la pasión y la disciplina de una generación dorada. En el legendario Club Ingavi, institución que dominó el baloncesto nacional con trece campeonatos consecutivos, Meruvia fue más que un jugador: fue símbolo de constancia, de temple y de una estética deportiva que conjugaba la fuerza con la inteligencia táctica. Su nombre, asociado a la cúspide del básquetbol paceño, se convirtió en sinónimo de excelencia y orgullo colectivo.
Tras su retiro de las canchas, Meruvia no se replegó al silencio, sino que trasladó su energía vital al ámbito institucional. En la década de los noventa, asumió la Secretaría de Deportes de Bolivia, convirtiéndose en la máxima autoridad deportiva del país. Desde ese sitial, desplegó una actividad febril, consciente de que el deporte no era mero entretenimiento, sino un vector de identidad nacional y de cohesión social. Su gestión se caracterizó por la defensa irrestricta de la altura como patrimonio competitivo, enfrentando con firmeza las pretensiones de la FIFA de vetar a La Paz como sede internacional.
La comisión estatal de defensa de la altura, de la cual Meruvia fue parte activa, constituye uno de los capítulos más memorables de su vida pública. Allí, su voz se alzó con resonancia intelectual y política, articulando argumentos que trascendían lo deportivo para situarse en el terreno de la soberanía. Defender la altura era defender la geografía, la historia y la dignidad de Bolivia. En ese combate, Meruvia se erigió como un paladín de la justicia deportiva, capaz de conjugar la pasión del atleta con la racionalidad del estadista.
Su vinculación con el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) le otorgó un cariz político que complementó su trayectoria deportiva. En el seno de ese partido, Meruvia halló un espacio para proyectar sus convicciones sobre el papel del deporte en la construcción de ciudadanía. Aunque su figura no alcanzó las cumbres del poder político, sí se consolidó como referente de un discurso que entendía la actividad física como instrumento de modernización y orgullo nacional. Su paso por la política, aunque discreto en comparación con su fulgor deportivo, añadió una dimensión cívica a su legado.
Hoy, al evocarlo, Guido Meruvia aparece como un hombre que supo transitar con dignidad entre dos mundos: el de la cancha y el de la institucionalidad. Su vida es testimonio de que el deporte puede ser semilla de trascendencia, y que la pasión por el juego puede transformarse en compromiso con la nación. En la memoria de Bolivia, su nombre permanecerá como el de un basquetbolista excepcional y un servidor público que defendió con ardor la identidad de su tierra.
En los albores de su juventud, Guido Meruvia Gutiérrez comenzó a forjar su destino deportivo en las selecciones del Colegio La Salle, donde su talento innato para el baloncesto pronto lo distinguió entre sus pares. Aquellas canchas escolares fueron el laboratorio de su disciplina y temple, el espacio donde se gestó la figura que más tarde se convertiría en referente nacional. Con cada partido, Meruvia demostraba que el baloncesto podía ser arte y estrategia, y que la altura paceña era un escenario propicio para la grandeza atlética.
La década de los sesenta lo encontró ya en la cúspide del baloncesto competitivo boliviano, integrando equipos que marcaron época y compartiendo la cancha con nombres que hoy resuenan como leyendas: Rodolfo Aliaga, entre otros, conformaba junto a Meruvia una constelación de talentos que dieron al básquet nacional un brillo inusitado. En esos años, el baloncesto paceño se convirtió en espectáculo y orgullo, y Meruvia fue protagonista de jornadas memorables que consolidaron la identidad deportiva de Bolivia.
No menos significativa fue su participación en las selecciones bolivianas, donde la disciplina se elevaba a símbolo de representación nacional. Bajo la dirección de entrenadores de gran prestigio, entre ellos el célebre “Negro Ayllón”, Meruvia desplegó su juego con una mezcla de rigor y creatividad que lo convirtió en pieza clave de la escuadra. Aquellas jornadas, vividas entre la pasión de la tribuna y la exigencia del uniforme patrio, constituyen el núcleo de un recuerdo imborrable: el de un hombre que supo transformar el baloncesto en un acto de afirmación cultural y en un legado que aún palpita en la memoria deportiva de Bolivia.
La muerte de Meruvia, a los 77 años, no clausura su influencia, sino que la proyecta hacia el futuro como ejemplo de entrega y coherencia. Su legado interpela a las nuevas generaciones de deportistas y dirigentes, recordándoles que la grandeza no se mide solo en victorias, sino en la capacidad de convertir el esfuerzo individual en patrimonio colectivo. Guido Meruvia Gutiérrez, ingavista eterno y defensor de la altura, se inscribe ya en la constelación de figuras que dieron al deporte boliviano un rostro de dignidad y trascendencia.
La partida de una personalidad relevante del deporte boliviano, consumida lentamente por el rigor de una enfermedad, nos recuerda que incluso los más grandes atletas son vulnerables a la fragilidad humana. Su tránsito por las canchas, donde la vitalidad y el ímpetu parecían eternos, contrasta con el silencio definitivo que hoy lo envuelve. Descansa en paz, dejando tras de sí un legado que trasciende las estadísticas y los títulos: la certeza de que el deporte, cuando se vive con entrega y pasión, se convierte en una forma de inmortalidad que ninguna dolencia puede borrar.
Gonzalo Gorritti Robles es periodista deportivo.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
