
l calendario deportivo abre sus páginas en este 1 de enero de 2026 con un balompié boliviano que, lejos de la euforia de los cánticos, se debate en un laberinto económico de proporciones alarmantes. Los clubes, en su afán de competir con fastuosidad, han incurrido en gastos que superan con creces sus ingresos, transformando la ilusión en deuda y la esperanza en insolvencia. La metáfora es clara: un barco que navega con velas rasgadas y sin brújula, condenado a zozobrar si no se corrige el rumbo.
La objetividad periodística obliga a señalar que la crisis no es un espejismo, sino una realidad tangible. La mitad de los equipos profesionales arrastra deudas por sueldos impagos, algunos con retrasos de meses, lo que ha generado un ambiente de desconfianza y desazón. The Strongest, institución emblemática de La Paz, se encuentra en la paradoja de ser grande en historia, pero pequeño en solvencia, un gigante con pies de barro que amenaza con desplomarse bajo el peso de sus compromisos financieros.
En contraposición, existen excepciones que iluminan el panorama sombrío. Bolívar, Always Ready y Nacional Potosí han demostrado que la disciplina administrativa y la visión empresarial pueden ser antídotos contra la bancarrota. Estos clubes, con espaldas robustas y estrategias sustentables, se erigen como oasis en medio del desierto, recordándonos que la gestión prudente es la antítesis de la improvisación. Mientras unos se hunden en la arena movediza de la deuda, ellos caminan sobre terreno firme, proyectando estabilidad y competitividad internacional.
El año 2026 trae consigo la vitrina de la Copa Libertadores, escenario donde los equipos bolivianos buscarán trascender más allá de sus fronteras. Sin embargo, la participación internacional exige solvencia y planificación, no improvisación ni endeudamiento. Pretender conquistar el continente con instituciones al borde del colapso es como intentar escalar una montaña con cuerdas desgastadas: el riesgo de caer es inminente, y la gloria se convierte en quimera.
La reciente firma de contratos de televisión con Entel promete ingresos adicionales, pero sería ingenuo pensar que este maná financiero resolverá por sí solo la crisis. El dinero, sin disciplina, se evapora como agua entre los dedos. Lo que se requiere es una reestructuración profunda, un cambio de paradigma que priorice la sostenibilidad sobre la ostentación, la austeridad sobre el despilfarro. La ecuanimidad periodística nos obliga a advertir que, sin reformas estructurales, los nuevos recursos serán apenas paliativos, no soluciones.
La carencia de una estructura sólida de formación deportiva en Bolivia ha devenido en un círculo vicioso que condena a los clubes a improvisar. La ausencia de academias con metodologías modernas y la escasez de programas juveniles consistentes obliga a las instituciones a buscar soluciones inmediatas y superficiales. Así, en lugar de cultivar talento propio, se recurre a la importación de futbolistas que, para no usar eufemismos, son “cualquier jugador extranjero”, sin filtros rigurosos ni criterios de calidad que garanticen un verdadero aporte competitivo. Como ejemplo está el reclamo ante la FIFA del jugador argentino de Oriente Petrolero Ricardo Centurión que le reclama al club verdolaga la friolera suma de 300 mil dólares americanos, que bien podrían servir para trabajar todo un año en sus divisiones inferiores.
Por lo tanto, este fenómeno se traduce en plantillas desbalanceadas, donde la presencia de foráneos no responde a una estrategia de largo plazo, sino a la urgencia de llenar vacíos. Muchos de estos jugadores llegan con contratos de montos significativos, pero su rendimiento es tan exiguo que apenas logran ocupar un lugar en el banco de suplentes. La paradoja es evidente: se paga cifras irrisorias por futbolistas que no juegan, mientras los jóvenes nacionales carecen de oportunidades para desarrollarse y consolidarse en el primer equipo.
La consecuencia es doblemente perniciosa: por un lado, se perpetúa la dependencia de un mercado externo de bajo nivel, y por otro, se mutila la posibilidad de construir una identidad futbolística propia. Los clubes, atrapados en esta dinámica, hipotecan su futuro deportivo y económico, pues los contratos firmados con jugadores intrascendentes se convierten en cargas financieras que agravan la ya delicada situación institucional. La analogía es clara: se alimenta a un organismo con calorías vacías, sin nutrientes, debilitando su estructura en lugar de fortalecerla.
Desde una perspectiva objetiva, la reflexión es ineludible: mientras no se invierta en formación integral y en la creación de un semillero genuino, el fútbol boliviano seguirá condenado a la mediocridad. La contratación indiscriminada de extranjeros sin mérito deportivo es un paliativo que no cura la enfermedad, apenas la disimula. La solución pasa por un cambio de paradigma: apostar por la educación futbolística, por la disciplina táctica, y por la consolidación de talentos nacionales que puedan dejar impronta en el futuro. Solo así se podrá romper el ciclo de improvisación y construir un balompié competitivo y sostenible.
Bolívar se erige como la única institución que ha asumido con seriedad la meta de formar jugadores, cimentando su proyecto en la academia de Santa Cruz, donde ya comienzan a germinar los primeros frutos de un trabajo meticuloso. No obstante, este proceso no admite la impaciencia: la cantera será realmente visible y trascendente en un horizonte de cinco a seis años. El sendero es largo, pero la ruta emprendida evidencia que se avanza por buen camino, con la convicción de que la inversión en juventud es la semilla de un futuro competitivo y sostenible.
En conclusión, el fútbol boliviano inicia 2026 en una encrucijada: persistir en la senda del endeudamiento y la improvisación, o transitar hacia un modelo de gestión racional y transparente. La analogía es inevitable: como un reloj que marca la hora precisa, los clubes deben sincronizar sus finanzas con la realidad, evitando que la deuda se convierta en un péndulo que oscile hacia la ruina. Solo así, con objetividad y visión, el balompié nacional podrá aspirar a que sus cánticos no se apaguen en la penumbra de la insolvencia, sino que resuenen con fuerza en los estadios del continente.
¿Y La Selección?
La Selección Boliviana encara el repechaje hacia la Copa del Mundo 2026 con un plantel limitado, sin figuras de talla mundial, pero con la esperanza intacta de competir con decoro. La verdadera meta no debería ser únicamente la presencia simbólica, sino la dignidad de la competencia misma: disfrutar del fútbol propio, valorar el esfuerzo colectivo y evitar que la ilusión se reduzca a cantar el himno antes de la derrota. El desafío es trascender las limitaciones físicas, técnicas y psicológicas, y convertir la aventura en un acto de orgullo, donde los jugadores de “La Verde” no busquen la camiseta de un rival estelar, sino la certeza de haber jugado con entrega y convicción.
Feliz 2026 a todos los lectores de esta columna.
Gonzalo Gorritti Robles es periodista deportivo.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
