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ay palabras que sobreviven a las épocas que las vieron nacer. “Izquierda” y “derecha” son dos de ellas. Nacieron en la Revolución Francesa, cuando los diputados se sentaron a uno u otro lado del presidente de la Asamblea. Lo que comenzó como una distribución física terminó convertido en una de las grandes etiquetas de la política.

Dos siglos después seguimos utilizándolas como categorías eternas. Ese es el problema.

La izquierda y la derecha de 1789 no son las de 2026. Entre ambas épocas ocurrieron la revolución industrial, el nacimiento del movimiento obrero, el socialismo, el comunismo, el liberalismo moderno, el nacionalismo, las guerras mundiales, la expansión de la democracia y la aparición de nuevos derechos individuales. El mundo cambió, pero nuestro vocabulario político no siempre lo hizo al mismo ritmo.

Por eso resulta cada vez más pobre preguntar simplemente: “¿Es de izquierda o de derecha?”. La pregunta parece explicar mucho, pero con frecuencia no explica casi nada.

¿Es de izquierda quien reclama mayor intervención del Estado en la economía, pero sostiene posiciones conservadoras en asuntos culturales? ¿Es de derecha quien defiende el mercado, pero también amplias libertades individuales? ¿Dónde ponemos al nacionalista que quiere redistribuir la riqueza? ¿Y al liberal que exige un Estado pequeño en la economía, pero firme en la defensa de determinados derechos?

En América Latina el problema es todavía mayor. Nuestra historia política no cabe en el molde francés. Liberalismo y conservadurismo, nacionalismo y socialismo, populismo y desarrollismo, indigenismo y distintas formas de autoritarismo se han mezclado de maneras que desafían esa cómoda línea imaginaria.

Sin embargo, seguimos etiquetando.

Y las etiquetas tienen una ventaja política: permiten juzgar antes de comprender. Basta llamar a alguien “de izquierda” o “de derecha” para que muchos dejen de examinar sus propuestas. La etiqueta reemplaza al argumento.

Eso no significa que los términos deban desaparecer. Pueden ser útiles como referencias generales. Lo que debemos abandonar es la pretensión de que constituyen una explicación completa de la realidad.

Hay que preguntar izquierda o derecha, sí, pero ¿respecto de qué? Economía, libertades civiles, organización territorial, propiedad, relaciones internacionales, concentración del poder. Una misma persona puede ocupar posiciones diferentes en cada uno de esos asuntos.

La política del siglo XXI es demasiado compleja para caber en dos sillas de una asamblea del siglo XVIII.

Tal vez ha llegado la hora de dejar de discutir quién está sentado a la izquierda o a la derecha y comenzar a preguntar qué propone, qué hizo, qué intereses representa y qué consecuencias pueden tener sus decisiones.

Porque una etiqueta puede ordenar un debate, pero también puede impedir que pensemos.

Y cuando las palabras empiezan a pensar por nosotros, la política deja de ser análisis y se convierte en tribalismo.

Juan José Toro Montoya es periodista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.