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n dias más el presidente Paz Pereira y su gobierno cumplirán un año de mandato, el tiempo transcurrido permite identificar con mayor precisión las bases y el estilo de la gestión gubernamental, que de no mediar algo excepcional, se mantendrán sin cambios sustanciales.

Paz Pereira no tiene partido político que lo sustente y al parecer no lo quiere, no tiene un plan de gobierno, no representa ni tiene una base social, sus decisiones son para responder a la coyuntura y, en general, producto de la presión, las denuncias de corrupción no han cesado, la ruptura con el vicepresidente Lara lo incomoda pero no lo tumba, su lucha contra el narcotráfico y el terrorismo sigue líneas externas con pocas iniciativas internas, es reactivo y excepcionalmente propositivo, su retórica es abundante y coloquial, su mesianismo lo aleja de posibles aliados, mantiene agónico al estado plurinacional y se niega a abrir la nueva era democrática, administra la crisis y no vislumbra salidas estructurales.

Paz Pereira ha instalado un gobierno hibrido, en el que mezcla prácticas de la dictadura electoralizada y de una débil democracia, su gobierno no puede ser calificado como una democracia moderna pero tampoco como una dictadura, mantiene una ambigüedad favorecedora del conflicto permanente.

Es heredero de una enclenque institucionalidad destinada a favorecer la existencia de un sistema autoritario como testimonio de la arbitrariedad del neopopulismo fascistoide, desprecia el principio de independencia de los órganos dictando decretos supremos que afectan las facultades del legislativo al que solo recurre para manipular a la opinión pública, el desorden y la anomia son fomentadas desde el gobierno nacional, las decisiones gubernamentales son implementadas con una lentitud deliberada, cotidianamente se alimenta el culto a la personalidad, en suma, la formalidad democrática convive con un autoritarismo remendado pero activo.

La oposición democrática carece de iniciativa política, se muestra débil, sin norte ni conducción, se parcela progresivamente, sus disputas internas son el reflejo de improvisadas articulaciones al calor de las elecciones, con grupos destinados a cautivar el voto ciudadano más no para gobernar ni ofrecer una alternativa de poder. De este modo, la oposición está en manos de los remanentes del autoritarismo que conspira abiertamente con permisiones gubernamentales sospechosas.

La oposición antidemocrática encabezada por Evo Morales, que la muestran como temible, es apenas una caricatura comparándola con el pasado, ni él ni su estructura son los de antes, son remanentes agonizantes gracias a la ineptitud de sus contendientes que se niegan a darle la estocada final.

En estas condiciones, emerge la pregunta ¿Por qué el gobierno mantiene un sistema híbrido y se niega a derrotar a los reductos autoritarios? Porque al no tener respuestas estructurales a la crisis, con un presidente persuadido de que él es más que suficiente y que los grupos palaciegos están convencidos de que las mieles del poder no deben ser compartidas sino con un círculo pequeño y cerrado, vale decir la nueva rosca, requiere de una oposición funcional que distraiga a la ciudadanía con sus impertinencias, que se muestre agresiva pero sin la fuerza necesaria para poner en riesgo al gobierno que utiliza esos ataques para victimizarse y mantenerse en la silla presidencial.

Recurren a la constitución para disimular una institucionalidad que en lugar de ser fortalecida es vapuleada, Los estados de excepción, no tienen el propósito de desactivar la conspiración, sino mantener en vilo a la población con la ilusión de que está siendo protegida de las agresiones.

La ecuación de la no afectación de intereses, esta propuesta, los conspiradores amenazan, marchan, bloquean, generan incertidumbre, hacen creer que su pedido de renuncia del presidente es cierto, él reacciona moviendo el aparato del estado, tensiona las fuerzas policiales y militares, exige decisiones al parlamento, da discursos amenazantes, denuncia hechos graves, provoca a la oposición democrática y todo queda ahí, neutralizado, hasta cuando nuevamente sea necesario activar el engaño, ambos repiten el libreto adecuadamente, saben que sus fuerzas esmirriadas no dan para más.

La resolución de la crisis, el desorden, la violencia y el caos, queda postergada, Paz Pereira y Morales Ayma, están cómodos en el conflicto, son parte de la crisis y tienen una relación de dependencia mutua, que es favorecida por un sistema hibrido en el que sus fuerzas están equilibradas.

Ciertamente la hibridez no tendrá una vida prolongada y es cuando las fuerzas políticas deberán decantarse a favor de la democracia sin mayores artilugios, con ideas renovadas y la decisión de unir a los bolivianos bajo el techo de la nación boliviana y la república del siglo XXI.

El desafío está planteado.

Germán Gutiérrez Gantier es abogado y político.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.