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a existencia de la democracia en Bolivia está marcada por luchas intensas como heroicas cuyos protagonistas están casi olvidados por la ingratitud de quienes hoy la disfrutan.

La democracia no es un facto inamovible, como afirma Norberto Bobbio, su existencia es dinámica, está sujeta a permanentes transformaciones, a pugnas inevitables y a mutaciones continuas.

Reconquistarla es el punto de partida de un proceso mayor que transcurre en medio de tensiones y asedios constantes de grupos nostálgicos de dictaduras pasadas o por agresiones de fuerzas autoritarias que, en su estrategia, le dan una existencia formal sin mayores pretensiones, bajo el supuesto de que efectuar elecciones regulares y periódicas es más que suficiente.

Esta visión de mundo ha dejado, en los hechos, a comunidades cada vez más polarizadas, desesperanzadas y sin alma, las instituciones derruidas que eran la base de la democracia, se tambalean peligrosamente; la legitimidad de las autoridades electas está afectada por profundos quiebres entre los representados y los representantes que ya no representan a nadie, en medio de una apatía colectiva que se desahoga con adjetivos en las redes sociales, en una suerte de catarsis espontánea neutralizadora de cualquier intento de reacción conjunta rebelde que es incentivada por gobernantes de mirada corta.

La erosión es multidireccional, la brecha entre el país legal y el país real se inclina a favor de este último en el que no se cumplen las reglas de juego preestablecidas y donde la arbitrariedad irrumpe con fuerza.

La juventud no se entusiasma por la política, con algunas excepciones, como la fugaz existencia de las heroicas Pititas en Bolivia que lucharon en contra del autoritarismo y el fraude, o la Primavera Árabe que posibilitó la caída de regímenes autoritarios, ambas se desvanecieron en el tiempo y las élites de siempre retomaron el control de los aparatos estatales para desarticular las demandas de las nuevas generaciones, finalmente, la reciente ola de movilizaciones de jóvenes en Europa que exigen un lugar en el mundo y cuyo destino es difícil predecir, podría ser una buena señal pese a su instrumentalización por quienes miran desde el palco.

En tales condiciones los caudillos cunden por todo lado, sus aduladores se convierten en las élites de poder, son dúctiles y se adaptan fácilmente a los deseos del nuevo amo y a las lineas del orden mundial, no son portadores de la renovación o el progreso de la democracia, son medradores, sus pretensiones personales están por encima de las necesidades del colectivo, el sistema democrático lo usan en la medida que les es útil, cuando deja de serlo, ese sistema que engordo sus bolsillos, ya no les importa, mas bien lo desacreditan, así la crisis de la democracia liberal es una realidad, cuyos defectos son atribuidos a otros factores y actores.

El Informe 2026 de la Corporación Latínobarómetro, afirma que en Latinoamérica la democracia no podría estar en crisis porque nunca hubo una democracia liberal excepto en un país, entonces “Son más bien los lideres de Occidente los que están en crisis, tímidos y lentos en sus respuestas. El futuro de la democracia en América Latina y en el mundo, descansa en los líderes, capaces de representar y responder a la demanda de derechos y libertades, defender los valores de la civilización. Los liderazgos están en crisis. La demanda de democracia por si sola no alcanza, se requieren lideres capaces de llevarla a cabo.”

La percepción ciudadana también es importante,“el 2024 la democracia recupera cuatro puntos porcentuales, aumentando de 48% en 2023 a 52% en 2024, cifra que es confirmada en el año 2026.” Bolivia esta en el puesto décimo segundo con un apoyo del 48% frente a la Argentina que apoya a la democracia en un 73%. El dato es preocupante, porque el otro 52% podría tener una inclinación a favor de propuestas antidemocráticas por ausencia de líderes y programas de largo aliento, no por ello Bolivia ocupa el puesto 130 de 143 países evaluados en el Índice de Estado de Derecho 2026 del World Justice Project.

La democracia es la construcción de un sistema no perfecto pero necesario, Winston Churchill desilusiona a quienes creen que es un valor absoluto e incuestionable, en tono demoledor, decía «la democracia es la peor forma de gobierno, con la excepción de todas las demás que se han intentado a lo largo del tiempo» su brutal afirmación, evita ilusiones con supuestos inalcanzables y ubica su debate en medio de graves dificultades, desde estructurales hasta meramente formales que obliga a gobernantes y gobernados asumir con mayor realismo los desafíos actuales.

La democracia solo y únicamente pervivirá y avanzará si las sociedades la impulsan y asumen que es una forma de vida, no sólo es el acto mecánico del voto. Su recreación debe ser cotidiana y colectiva frente a las amenazas permanentes de la conspiración autoritaria.

Germán Gutiérrez Gantier es abogado y político.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.