
n la Iglesia de San Francisco de Cochabamba descansan los restos del médico militar catalán José Salvany y Lleopart (¿1776? - 1810). Enfermo de malaria y tuberculosis y ciego de un ojo, llegó al Alto Perú (hoy Bolivia) en 1807 custodiando un tesoro invaluable: la vacuna contra la viruela. A su paso por La Paz, procedente de Lima, informó al rey Carlos IV que había logrado vacunar a casi 200,000 personas en esa región. Pero, ¿cómo llegó ese joven médico a morir exhausto en Cochabamba?
A finales del siglo XVIII la viruela era una letal enfermedad que se cobraba 400,000 vidas por año solo en Europa. Con la expansión de las rutas interoceánicas, la enfermedad se diseminó involuntariamente en todo el mundo, en particular en los territorios de ultramar de la corona española, haciendo estragos con la población indígena, indefensa desde el aspecto inmunológico ante ese virus importado de Europa.
La esperanza llegó en 1796, cuando el médico inglés Edward Jenner aplicó con éxito la primera vacuna de la historia. El término “vacuna” proviene precisamente de la vaca. Jenner, a partir de la observación de que quienes ordeñaban las vacas y contraían la viruela bovina (más leve que la humana) quedaban inmunizados, inoculó el virus de la viruela bovina incluso en su hijo, provocando la inmunidad a la viruela humana. Desde entonces se empezó a vacunar a la población europea, pero, para llegar a las poblaciones de ultramar, había un problema logístico: la vacuna solo permanecía activa 12 días, tiempo insuficiente para cruzar el Atlántico.
Fue entonces que el médico español Francisco Javier Balmis tuvo una idea audaz: transportar la vacuna en un “envase humano”, inoculando sucesivamente a 22 niños huérfanos para mantener viva la cadena de la vacuna. Nació así la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna (1803), hoy reconocida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como la primera misión médica internacional. En Balmis, la ciencia se unía a una profunda fe católica, que le hizo concebir su labor médica como un verdadero apostolado para salvar a hermanos.
En la corbeta María Pita destacaron otros dos héroes: el subdirector José Salvany y la enfermera Isabel Zendal, Rectora del Hospital de la Caridad de La Coruña. Ella, madre soltera de 30 años, fue el alma de la misión, cuidando de los niños, incluso su pequeño Benito, a lo largo del azaroso viaje. Zendal acompañó fielmente a Balmis por el Caribe, México y luego hasta las Filipinas, antes de establecerse definitivamente en Puebla, junto con su hijo. En 1950 la OMS la declaró “Primera enfermera en misión internacional”. ¿Cuántos madrileños conocen la historia del nombre del Hospital “Enfermera Isabel Zendal” de su ciudad?
En Venezuela la misión se bifurcó. Mientras Balmis se dirigía hacia el Pacífico, el Dr. Salvany emprendió una odisea de siete años y 18 mil kilómetros por los territorios andinos. Vacunó a más de medio millón de personas en lo que hoy es Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, falleciendo en Cochabamba antes de lograr su sueño de alcanzar Buenos Aires y seguir vacunando en esas tierras.
Nota para doña Claudia Sheinbaum y nuestro vicepresidente: esta gesta humana y cristiana pertenece a la virtuosidad de la Conquista española y contrasta drásticamente con la estrategia de otras potencias coloniales. En 1763, bajo órdenes de Sir Jeffrey Amherst, el Ejército inglés distribuyó mantas infectadas con viruela entre los indios de los Grandes Lagos, aliados de los franceses del Canadá.
Aquello no fue leyenda, sino un acto documentado de la primera guerra biológica de la historia. Mientras unos llevaban la vida en el brazo de un niño, otros sembraban la muerte regalando mantas letales.
Francesco Zaratti es físico y analista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
