
l reciente artículo de Juan Antonio Morales, “Dólares y patacones” del 17.07.2026, ofrece una contribución valiosa al debate económico boliviano. Tiene toda la razón al rechazar la dolarización como una solución mágica y al recordar que ningún régimen monetario, por sí solo, garantiza estabilidad, disciplina fiscal o crecimiento. También acierta al señalar que la sobrevaluación cambiaria terminó desembocando en una crisis de balanza de pagos y que la política cambiaria no puede analizarse al margen de la sostenibilidad macroeconómica.
Sin embargo, el debate nacional continúa girando alrededor de una pregunta equivocada. Se discute si la devaluación fue correcta o si el nuevo tipo de cambio debería ubicarse en 9,73, 10,40 o 10,85 bolivianos por dólar. Esa discusión es importante, pero secundaria. La cuestión verdaderamente estratégica es otra: ¿será Bolivia capaz de preservar un tipo de cambio real competitivo sin que la inflación destruya nuevamente esa ventaja? Ese es el desafío que definirá el éxito o el fracaso de la nueva política cambiaria. La corrección del tipo de cambio era inevitable. Durante más de una década, Bolivia sostuvo un régimen basado en un tipo de cambio prácticamente fijo que, inicialmente, contribuyó a estabilizar precios y fortalecer la confianza.
Sin embargo, la inflación acumulada, la pérdida de reservas internacionales y el deterioro del sector externo fueron generando una moneda progresivamente sobrevaluada. Mantener artificialmente ese precio dejó de ser sostenible. Por ello, interpretar la depreciación posterior como un fracaso automático del nuevo régimen cambiario constituye una conclusión apresurada. Después de años de un precio administrado, resulta natural que el mercado continúe ajustando el valor de la moneda hasta descubrir un nuevo equilibrio compatible con la productividad, la disponibilidad de divisas y las expectativas de los agentes económicos. La depreciación no necesariamente expresa desorden; también puede reflejar el proceso de corrección de una distorsión acumulada durante años.
No obstante, una devaluación, por sí sola, nunca ha desarrollado una economía. La evidencia internacional es contundente. Alemania, Japón, Corea del Sur, China o Vietnam no construyeron su competitividad mediante sucesivas devaluaciones, sino preservando durante décadas un tipo de cambio real competitivo acompañado de baja inflación, crecimiento de la productividad e inversión sostenida. La devaluación constituye apenas el punto de partida; la verdadera política económica comienza después. Aquí aparece el factor decisivo que muchas veces queda relegado en el debate: la inflación. Si Bolivia mantiene tasas de inflación persistentemente superiores a las de sus principales socios comerciales, la competitividad cambiaria recuperada con el cambio de régimen desaparecerá rápidamente. Una depreciación nominal del tipo de cambio puede mejorar temporalmente los incentivos para producir y exportar, pero si los precios internos crecen con mayor rapidez que en el resto del mundo, el tipo de cambio real volverá a apreciarse y el país terminará enfrentando nuevamente el mismo problema que intentó corregir. En otras palabras, Bolivia entrará nuevamente en un ciclo de sobrevaluación que es parte del círculo vicioso del subdesarrollo en Bolivia.
En otras palabras, la inflación puede deshacer en pocos meses lo que una devaluación logró en un solo día. Esta es precisamente una de las enseñanzas más importantes de Heiner Flassbeck. La competitividad no depende únicamente del tipo de cambio nominal, sino de la evolución conjunta de la inflación, la productividad y los costos relativos.
Una moneda competitiva no es la que se devalúa constantemente, sino aquella cuya competitividad puede sostenerse porque la inflación permanece baja y bajo control. Desde esta perspectiva, la política monetaria cumple una función mucho más amplia que garantizar la estabilidad de precios: debe preservar las condiciones que permitan sostener la competitividad de la economía real. La estabilidad deja de ser un fin en sí mismo y se convierte en un instrumento para impulsar producción, inversión y exportaciones.
Aquí resulta útil recuperar la perspectiva de Keynes y de la Teoría Monetaria de la Producción desarrollada por Hajo Riese. El tipo de cambio no es simplemente el precio del dólar; es uno de los principales precios monetarios que organizan las decisiones económicas. Cuando el mercado reajusta el valor del boliviano, no responde únicamente a la oferta y demanda de divisas, sino que intenta reconstruir el valor económico de la moneda nacional dentro de un nuevo entorno institucional.
Por ello, reducir el análisis a la disponibilidad inmediata de dólares resulta insuficiente. Los mercados monetarios funcionan sobre expectativas. Empresas y familias demandan dólares porque anticipan inflación, incertidumbre institucional o desequilibrios fiscales persistentes. El tipo de cambio incorpora esos riesgos mucho antes de que se materialicen.
La fortaleza de una moneda tampoco depende exclusivamente de las reservas internacionales. Como sostenía Hajo Riese, una moneda se fortalece cuando resulta rentable ahorrar, invertir y celebrar contratos en ella. El problema de fondo no es únicamente la oferta de dólares, sino la capacidad de reconstruir la demanda de bolivianos mediante instituciones creíbles, disciplina macroeconómica y una economía productiva.
En este punto converge también la visión de Wolfgang Stützel. El tipo de cambio resume la coherencia de toda la política económica: refleja simultáneamente las finanzas públicas, la política monetaria, las reservas internacionales, el comportamiento del sector privado y las expectativas. Cuando alguno de esos elementos pierde consistencia, reaparece la presión cambiaria.
La discusión debería abandonar la lógica de una estabilidad estancada, basada en una moneda artificialmente fuerte (sobrevaluada) sostenida con reservas decrecientes y pérdida de competitividad. El desafío consiste en construir una estabilidad dinámica, sustentada en baja inflación, un tipo de cambio real competitivo, mayor productividad y crecimiento de las exportaciones. Para ello, la política económica debe concentrarse en tres prioridades: fortalecer la estabilidad macroeconómica y la credibilidad del Banco Central; reducir sostenidamente la inflación hasta converger con la de los principales socios comerciales; e integrar la política cambiaria dentro de una estrategia nacional de desarrollo productivo que haga más rentable invertir, producir, innovar y exportar que importar o especular.
La historia económica demuestra que las naciones exitosas no construyen su desarrollo alrededor de una moneda artificialmente fuerte. Construyen instituciones capaces de sostener una moneda competitiva. La verdadera pregunta para Bolivia ya no es cuánto debería valer el dólar. La pregunta decisiva es si el país tendrá la capacidad política e institucional para preservar durante los próximos años un tipo de cambio real competitivo mediante disciplina macroeconómica, baja inflación y una estrategia coherente de desarrollo. Esa será, mucho más que la devaluación misma, la prueba definitiva del éxito o fracaso del nuevo régimen cambiario.
Carlos Jahnsen Gutiérrez es doctor en economía y consultor internacional.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
