Imagen del autor
E

l aire en la emblemática sala James S. Brady posee una densidad característica. Es un escenario histórico diseñado para la colisión inevitable entre el relato del poder y el escrutinio incesante del periodismo. Aquella tarde, bajo la mirada afilada de un pool de corresponsales veteranos, el escudo comunicacional de la potencia más grande del mundo se resquebrajó en apenas quince minutos. Una figura visiblemente incómoda, aferrada a un guion rígido, esquivaba el debate con la mirada y huía del podio tras conceder apenas tres preguntas, refugiándose en un balbuceo evasivo frente a los cuestionamientos sobre la guerra en Europa. Escenificó, a la vista de todo el planeta, un naufragio en tiempo real. No era un paso en falso ordinario; era el esperado debut de Katie Zacharia, un fugaz y turbulento episodio que implosionó en menos de cinco días y que trasciende la anécdota para convertirse en un caso de estudio fundamental sobre los límites de la improvisación en la comunicación política.

Su designación pareció responder a un espejismo contemporáneo: la creencia de que la agitación retórica, la lealtad ideológica y el perfil de comentarista en medios partidarios son suficientes para sostener la escenografía del poder institucional. Para comprender la magnitud de este desatino, es vital contrastar su perfil con la formación de los grandes voceros del gobierno estadounidense. Figuras históricas como Stephen Early, el arquitecto del formato mediático moderno James Hagerty, o la rigurosa Jen Psaki, no construyeron su autoridad desde el activismo superficial, sino desde el rigor técnico, la gestión de crisis y el fogueo de años de experiencia periodística.

Un Secretario de Prensa es un traductor de alta complejidad geopolítica; sus palabras generan un impacto global inmediato que reverbera desde los mercados europeos hasta nuestra cotidianidad en Latinoamérica. Esa caja de resonancia exige un respeto irrestricto por la profesión, por los colegas que fiscalizan el poder y, sobre todo, por la inteligencia de una audiencia mundial.

El colapso de Zacharia se gestó al hacer caso omiso de los manuales éticos y operativos que rigen la vocería presidencial. A la fobia al escrutinio y su incontinencia verbal —evidenciada al menospreciar a China con el argumento vulgar de que el país "no tiene baños adecuados"— se sumó la destrucción de la "regla cardinal" de la comunicación gubernamental: la transparencia. La revelación de que ostentaba el título de abogada sin poseer licencia profesional aniquiló su trazabilidad ética. En lugar de asumir el hecho con franqueza, ensayó justificaciones vacuas que terminaron por dinamitar su prestigio.

Esta crisis de credibilidad, originada en la negación de la evidencia y el mal manejo de la propia imagen profesional, no es un fenómeno exclusivo de Washington; encuentra ecos inmediatos en nuestro contexto boliviano. Un caso reciente que involucra a un reconocido presentador de la televisión local ilustra la misma falencia estratégica. Frente a cuestionamientos sobre su accionar y un proceso legal e institucional abierto en su contra por la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), esta figura pública optó por un camino sinuoso: tras la difusión de un video donde supuestamente reconocía su error, viró hacia la negación, acusando una manipulación del material. Al igual que Zacharia, evitó referirse con transparencia al hecho de fondo. En lugar de gestionar la crisis desde la verdad, se enredó en una espiral que solo agravó su situación legal, precipitando su alejamiento de la conducción y lapidando su prestigio público.

Si analizamos ambas situaciones bajo la lupa de los manuales de la Casa Blanca, el veredicto técnico es universal y fulminante. Documentos como el White House Transition Project establecen que la regla inquebrantable de la representación pública es jamás engañar a la prensa ni a la audiencia, pues la pérdida de confianza es irreversible. La gestión de crisis dicta que el encubrimiento o la justificación ambigua siempre resultan más destructivos que el error original. Una situación de esta índole exige desactivar la especulación mediante una asunción frontal y transparente de los hechos.

El desenlace de la vocera estadounidense, forzada a dimitir para no entorpecer los planes políticos y el posicionamiento internacional de Donald Trump en plena etapa electoral, nos devuelve a la premisa fundamental: la vocería y la representación pública no son un ejercicio de improvisación. Exigen preparación técnica, profesionalidad forjada en el rigor, prestigio ético y un profundo entendimiento de la profesión.

Pero sobre todo, demandan un respeto irrestricto por los públicos. Como nos enseñan los estudios latinoamericanos de mediaciones y comunicación y cultura, las audiencias no son receptáculos pasivos. Son actores críticos, dotados de racionalidad emotiva, que desde sus propios mundos de referencialidad desentrañan y juzgan los mensajes del poder. Más aún hoy, en un entorno altamente tecnologizado, caracterizado por la convergencia mediática y atravesado por los vertiginosos usos de la inteligencia artificial, la capacidad de fiscalización de la gente es implacable. Cuando el emisor subestima esa inteligencia colectiva e intenta sostener su prestigio sobre la falta de transparencia, el peso del podio se vuelve insoportable y la escenografía, inevitablemente, se derrumba.

Dennis Gustavo Verduguez Albornoz es comunicador social y estratega en medios.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.