
o es otra mañana regular. Se trata de un anuncio para la comunidad gamer muy especial. El pasado 23 de octubre, el Gobierno de Japón anunció formalmente que Shigeru Miyamoto —mente maestra tras juegos como Mario o The Legend Of Zelda— será galardonado con la Orden de la Cultura; hecho histórico que constituye la primera oportunidad en la que un desarrollador de la industria de los videojuegos recibe esta máxima condecoración.
Lo que trasciende de este hito es la lectura que Miyamoto hace de la inteligencia artificial. Lejos de verla como una amenaza al alma creativa, la asume como herramienta útil tanto para la técnica elemental como para su ejecución operativa, motivándonos a reflexionar con mayor profundidad sobre su verdadero significado y dejando expedita la maleza mecánica para proyectarla en la mente humana hacia los planos de la libertad y la intencionalidad con un sentido superior.
En la periferia del continente asiático, la comunidad iberoamericana se sacudía por la controversia en torno al ganador del Premio Internacional de Novela Breve Almadía-Ventosa Arrufat. Es el periodismo de investigación quien protagoniza —de la mano del periódico El País— esta inquietante relevación develando que el autor habría empleado inteligencia artificial en un 99% para concluir el rótulo de su obra. Lo perturbador del caso no es la manifestación del uso de software, sino la capacidad del texto automatizado para convencer y emocionar a un jurado compuesto por tres de las escritoras contemporáneas más lúcidas. La paradoja es implacable: la técnica pura, la solvencia y la estructura literaria propiamente humanas habrían pasado a ser perfectamente simulables por los algoritmos.
Lamentablemente transitamos en una época donde la sagacidad de la creatividad se erige como la cúspide del prestigio, pero vegeta refrenada por un hambre voraz de éxito que engulle a propios y extraños con demandas implacables de liquidez lúcida en un sistema cada vez más opresor. Como si crear fuese tan simple e inmediato como servir un plato de Tamago Kake Gohan.
En este contexto cabe la pregunta: ¿existe un límite ético y normativo que diferencie el uso de la IA en los videojuegos respecto a la literatura? La respuesta inmediata se halla en los primeros marcos regulatorios que nuestra sociedad produjo, como son la Ley de Inteligencia Artificial de la Unión Europea (EU AI Act) y las Recomendaciones sobre Ética de la IA de la UNESCO.
El videojuego es por antonomasia una obra colectiva e hipertecnologizada, cual valor supremo es la interactividad (gameplay). Si la IA optimiza procesos técnicos para que los diseñadores enfoquen su visión en mundos cada vez más inmersivos, el jugador no se siente engañado, lo celebra. Por otra parte, en la literatura, los humanos somos taxativos: producto y proceso son indisolubles. La literatura es el templo de la palabra, la manifestación más íntima de la conciencia humana. Cuando un autor delega la redacción a cualquier máquina y firma el texto como propio, no está “optimizando la técnica” (cual si fuese un videojuego), sino que está entregando su voz propia. Y luego, el tabú domina la situación y, por ende, genera una discusión inexorable: la comunidad, lo humano, la percibe como una profanación al alma ante un código que simula el dolor, la empatía y la condición humana, logrando engañar incluso a la mismísima percepción del lector.
El dilema de fondo no se agota en el escrutinio de los detectores sintácticos que continuamente se encuentran en proceso de perfección cual si fuesen humanos. La diatriba se asume existencial. En una sociedad extremadamente dominada por la inmediatez y la opresión de la productividad y la eficiencia, la IA es el santo grial: es el refugio anestésico para el creador que se siente auto acorralado por el sistema, inmerso en el miedo de sus propias limitaciones o el vértigo de una mente en blanco.
En literatura acudir al atajo conlleva un pecado cardinal, porque el acto de la creación humana (sumun de nuestra conciencia misma, desde que nacemos asestamos nombres a todo y en cuanto interactuamos) jamás ha sido una destreza en esta nueva área técnica que se imparte en diferentes seminarios para la formulación de instrucciones o prompts, sino en el acto honesto de encararse a sí mismo, a las sombras de la lucidez y la experiencia, para transmutarla en lenguaje líquido que resuene en los tímpanos del alma.
Y en esa medida sostener un éxito cimentado sobre el artificio impone una condena invisible. Cuando la auditoría tecnológica o la sospecha humana exponen la mentira, el derrumbe en términos comunicacionales es reputacional, en términos jurídicos legal, y en términos filosóficos moral. Como individuos descubrimos que la tentación por impresionar al entorno, traiciona el único territorio que no es negociable: la honestidad con nuestro propio ser; convirtiéndonos en definitiva y a la misma despiadada vez en nuestros propios verdugos. Somos nosotros enfrentándonos ante nuestro propio espejo.
La lectura de Miyamoto y los marcos internacionales nos devuelven a la orientación reflexiva máxima que permita hallar un nodo articulador desde la irrupción de la IA en nuestras vidas. A la luz de la normativa de la Unión Europea y las recomendaciones sobre ética que enarbola la UNESCO, se vuelve imperativo que profundicemos su análisis en torno y específicamente al área disciplinaria en cuestión. Importante precisión que considero necesaria para establecer un norte ecuánime que avance hacia una reflexión acorde a la naturaleza de nuestra humanidad: indivisible, contradictoria y compleja. Ergo, la tecnología puede ser un punto de partida para procesar datos, pero nunca un punto de llegada para sustituir al autor.
En el compromiso de pararse ante un micrófono, una cámara, o una página en blanco, la máquina lograría —hasta el momento— emular la forma, pero solamente nuestra humanidad rinde cuentas a sí misma ante el juicio ineludible de la conciencia. Y es precisamente lo bello de esta constancia que celebramos hoy los asiduos al gaming y quienes hemos seguido muy de cerca la historia del célebre señor Miyamoto: décadas de creación indefectible en la industria para beneficio de la humanidad; un legado que trastoca millones de corazones alrededor del globo y ha coadyuvado a fundar diversos universos culturales que trascienden el tiempo. ¡Qué gran y célebre diseñador de experiencias!
Dennis Gustavo Verduguez Albornoz es comunicador social y estratega en medios.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
