
n líder déspota, no nace por generación espontánea, no aparece de la noche a la mañana, ni impone su voluntad con facilidad; es en realidad producto de un proceso de descomposición de la sociedad que puede durar años, en la mayoría de los casos, nacen del descontento social debido a una aguda crisis política y económica que obliga a la gente a buscar en una persona la fuerza para tomar las riendas del poder y gobernar, sin darse cuenta que en su desesperación se abre la puerta a un gobierno totalitario, absoluto y arbitrario, hasta que es demasiado tarde para reaccionar.
Bolivia cayó en manos de un liderazgo populista de izquierda que gobernó por veinte años, aunque cambio el liderazgo, el monopolio del poder se mantuvo. Durante este periodo se malgasto ingentes recursos económicos en la mejor época de bonanza, se institucionalizó la corrupción y se permitió el ingreso de organizaciones criminales dedicadas al narcotráfico, bajo un liderazgo absoluto que pretendía perpetuarse en el poder.
Como consecuencia, el país vive una fuerte crisis social que se traduce en la falta de empleos, conflictos sociales permanentes e inseguridad jurídica; a pesar de ello, la posibilidad de su retorno al poder está latente. Recuerdo que al inicio de una serie colombiana, dedicada a Pablo Escobar, salía una frase que decía “Quien no conoce su historia está condenada a repetirla”, en nuestro caso parece que la memoria colectiva es de corto plazo o simplemente no interesa, mientras vivamos en una burbuja de bienestar colectivo.
La prepotencia contra funcionarios de gobierno, los discursos incendiarios, presentarse como figuras incólumes cuya moral intachable les da la autoridad para luchar contra la corrupción, son algunos de los elementos que se utiliza para manipular a la gente y lograr sus favores; asimismo, hablar a nombre de los más vulnerables y desposeídos es la táctica para justificar hechos de violencia que se traducen en actos delincuenciales, todo por la lucha “revolucionaria” contra la supuesta “derecha” que ahora gobierna y que es indolente ante el dolor del pueblo. Prueba de ello es lo ocurrido en los 53 días de conflicto social y bloqueos que vivió el país, en el que dirigentes sindicales y políticos realizaron discursos incendiarios contra el gobierno y tenían en estado de zozobra a la población.
Hoy, con total impunidad las mismas dirigencias que impulsaron los bloqueos y enfrentamientos, amenazan con volver a las calles, con la clara intención de imponer sus intereses sectoriales o de lo contrario desestabilizar el país, sin importar el costo social que ello represente, porque está claro que para algunas dirigencias las consecuencias de los bloqueos, que van desde efectos de carácter económico hasta la pérdida de vidas humanas son tan solo “daños colaterales”.
No cabe duda que el miedo es una forma muy útil de lograr la sumisión. La crisis económica por la que atraviesa el país genera descontento social situación que es muy bien aprovechada por quienes desean hacerse del poder a cualquier costo. En un contexto así es fácil vender una ideología totalitaria como la única forma de salvación ante un inminente colapso de la institucionalidad democrática. Los conflictos sociales y el caos institucional son la perfecta combinación para creer en líderes mesiánicos que tienen la única fórmula para salir de la pobreza, para ello se les debe entregar el poder absoluto.
La violencia es un instrumento de lucha para recuperar o alcanzar el poder, cuando los mecanismos democráticos se han agotado, Maquiavelo decía que el gobernante (el príncipe) tiene que estar dispuesto hacer a un lado la moral tradicional para mantener el Estado y su propio poder, para ello es más seguro ser temido que amado, el miedo al castigo nunca falla. Durante los bloqueos la sociedad civil ha sido secuestrada por un grupo minoritario bien organizado, con suficientes recursos económicos y consignas virulentas que han tenido en zozobra al pueblo boliviano.
Los líderes despóticos no nacen se hacen y su accionar no es conducente con una verdadera democracia ni responde a la institucionalidad democrática, en un texto titulado “Globalismo. Ingeniería Social y Control Total en el Siglo XXI” Agustín Laje hace mención al pensamiento de Condorcet y dice “…déspota es aquel que hace reinar su voluntad arbitraria, esto es, aquel que gobierna al margen de las leyes”, luego explica que “El pensamiento político clásico identifica el despotismo con la arbitrariedad en el ejercicio del poder, cuyo resultado es el ocaso de la libertad. El despotismo aplasta la libertad en la medida en que las leyes callan, y todos deben someterse a la autoridad arbitraria del poderoso de turno”.
Por tanto, preservar la libertad, las instituciones democráticas y recuperar el Estado de derecho, debe ser la brújula que guie a la población para elegir correctamente a las autoridades de gobierno y no el miedo, la prebenda ni las consignas falsas de la “revolución permanente”; asimismo, es necesario salir de esa caudillismo creador de líderes déspotas que dividen al país para tener el poder.
Yuri Omar Valencia Linares es comunicador social y abogado.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
