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a lista de candidatos a las elecciones subnacionales estremece a la opinión pública boliviana. Incluye personajes insólitos, al borde del ridículo, que no se sabe si se apuntaron para hacer reír, para hacer llorar o para provocar gritos de espanto. Quizá es un contagio inevitable: si hubo un presidente semianalfabeto y hay un vicepresidente inculto, por qué no yo.

A pesar de la depuración institucional que cumplió el Tribunal Supremo Electoral (TSE), quedan opciones que asustan, sobre todo porque ya existe la experiencia de los caudales de votos que recibieron candidatos similares.

La escoba de un candidato en los años 70 era una tontería. Entonces era una excepción. Ahora es una epidemia. Las Cicciolinas tienen derecho a candidatear, pero su oferta criolla parece no pasar de un baile de caderas caídas y de pechos falsos; ¿qué gana una ciudad? Otros posan beodos en autos de lujo rodeados de amigotes: “a ti qué”, “tengo derecho”; no palidece de vergüenza ante las cámaras.

Existen videos que comprueban los extremos de estos candidatos, sobre todo para Santa Cruz de la Sierra que ya padeció a los Jhonnys y Angélicas. Tener maletas o un título de miss es suficiente. Los ejemplos patéticos revelan el grado de descomposición del sistema político nacional.

¿Ideología? Ninguna. ¿Programa? Apenas frases inconexas. ¿Proyecto? Hacer negocios con dinero público. ¿O es por vocación de servicio que hay candidatas que ayer juraron desde una lista masista y hoy sonríen desde el extremo opuesto?

El opaco panorama no termina ahí. Existen candidatos que desean reelegirse después de su fracaso. En La Paz, el gobernador Santos Quispe quiere hacer creer que el departamento logró desarrollar sus potencialidades bajo su administración. Olvida las escenas de sus borracheras en el despacho, rodeado de latas de alcohol.

El caso más insólito es el del alcalde Iván Arias, el huracán que devastó lo que la sociedad civil paceña había conseguido en el nuevo siglo. Arias es el ejemplo de que el masimo es un método y no un partido; un formato de gobierno depredador.

Entre los muchos aspectos negativos de su gestión, el más lamentable es el destrozo de las áreas verdes. ¿No vio Cochabamba para inspirarse un poco en lo logrado por Manfred Reyes Villa? No puede aducir el pretexto de falta de presupuesto o crisis, porque la capital valluna está hermosa en las mismas condiciones y con el vandalismo masista acechando.

Los parques y plazas se han transformado en sitios de ventas, como si toda La Paz fuese mercado callejero. En Sopocachi, el barrio emblemático de la época liberal con sus manzanas arboladas cada cuatro cuadras, la Plaza Abaroa es un permanente muestrario de kioscos de plástico con dudosa producción nacional, contagio que llegó el año pasado a la Plaza España; hace dos meses hay un letrero anunciando un evento que ya pasó, el otro letrero fue retirado por los vecinos por la peligrosidad que representaba. La plazoleta del Bicentenario está destrozada por tantos fierros que colocan los vendedores.

En 2023, Arias anunciaba la “Ruta del Amor”, la “Plaza de la Luz”. No es cierto.

Nada más triste que pasear por el legendario Montículo convertido en tierra de nadie. Los dueños de los perrihijos ensucian con defecaciones diurnas y nocturnas. El vandalismo destroza piedras y bancos retratados en fotos de 1948. Sin embargo, nada justifica que no exista césped y que la maleza cunda.

La descentralizada Empresa Municipal de Áreas Verdes, Parques y Forestación (1999), ejemplo de eficiencia, ahora está abandonada. Arias no pagó a los jardineros por más de tres meses. Su protesta por la cercanía navideña fue reprimida por los guardias municipales. Una persona atiende tres parques.

Los bordes de las avenidas, incluyendo la importante Kantutani, rebalsan de hierbas que deben ser peligrosamente evitadas por los conductores. Una parte fue escenario de ladrillitos con los colores de Iván; también ya descuidados. Las jardineras, el Laikakota, las rutas verdes en la zona Sur, los jardines infantiles en la Periferia están destrozados. Cinco años de estropicio.

En cambio, Arias gasta dinero público en su autopropaganda: gigantografías con su sonrisa; spots del “negrito”; publicidad abierta y encubierta en medios de comunicación. Los pasajeros del Pumakatari están obligados a escuchar sus “buenas obras”. ¿Acaso es legal usar los impuestos municipales para promover su candidatura?

Iván Arias representa la peor política populista. Mima a los gremiales legales o improvisados porque son votos. Castiga a los niños, a los deportistas, a los transeúntes, a los turistas que no pueden disfrutar de un espacio verde.

Lástima que en una columna de opinión no quepan fotografías para acompañar con imágenes la decrepitud de esta gestión.

Lupe Cajías de la Vega es periodista e historiadora.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.