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los 84 años, el pasado domingo 5 de abril dejó este mundo Roberto “Tito” Borda, mi gran amigo argentino, con el que supimos construir una gran amistad. Nos conocimos en 1982, en Quito, en una reunión del “Movimiento Internacional de Intelectuales Católicos” (MIIC), que él y yo considerábamos presuntuoso y que formaba parte de Pax Romana, una organización de estudiantes católicos constituida en Friburgo, Suiza, en 1921 y que en 1947 se refundó con el nombre de Pax Romana ICMICA/MIIC (Movimiento Católico Internacional para Asuntos Intelectuales y Culturales/Movimiento Internacional de Intelectuales Católicos, y en relación con el Movimiento Internacional de Estudiantes Católicos y la Juventud Estudiantil Católica Internacional). Pax Romana tiene, desde 1949, estatuto consultivo al Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas, a la UNESCO y al Consejo de Europa, y participa en el Foro Social Mundial.

El MIIC se inscribió en los lineamientos del Concilio Vaticano II, los documentos del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) producidos en Medellín (1968), Puebla (1979), Santo Domingo (1991) y Aparecida (2007), y en la Teología de la Liberación. Tito conoció y fue amigo de Leonardo Boff y Gustavo Gutiérrez, los máximos referentes de esta teología.

Como parte del compromiso temporal de los cristianos, que se hizo patente de muchas maneras, a través de distintas organizaciones y en línea con la Doctrina Social de la Iglesia, militó políticamente y se hizo peronista (no montonero). Fue un ferviente defensor de la opción preferencial por los pobres, que vivió siempre – no sólo la pregonó- como demostración de que se puede pensar y vivir de una misma manera, sin incoherencias.

Muchos militantes del MIIC tuvimos ocasión de estar en su casa, en Buenos Aires o en San Pedro (su ciudad natal, ubicada a medio camino en Capital Federal y Rosario, en la que –dicho sea de paso- existe una sucursal de la gran librería Hernández), y siempre que lo hicimos llevamos con nosotros algún recuerdo: libro, disco compacto, cassette, folleto, una botella de un buen vino, un cuchillo para “asado”.

Un entrañable amigo mexicano me contó que, cuando estuvo en casa de Tito con su hermano, Tito les preguntó si el domingo querían ir a ver un gran portero, una promesa juvenil o un estadio de fútbol. Se inclinaron por la promesa y los llevó a ver al entonces “pibe” Diego Armando Maradona, que juagaba en las divisiones de Argentinos Juniors.

Una de mis hijas vivió en Buenos Aires nueve años, tres de ellos en el departamento de Tito, sin pagar nada más que el consumo de energía eléctrica (“para que no se sienta mal”, me dijo). Además, Tito se autonombró, con todo derecho, su padre en Argentina. Cuando ella le agradeció su generosidad le contestó que él y su señora eran así con todos porque, cuando fueron de San Pedro a la gran ciudad, a estudiar en la Universidad de Buenos Aires, también recibieron ayuda de los “sampedrinos”, haciendo énfasis en que, sin dicha ayuda, no hubiera podido permanecer en la capital.

Padre de dos hijas, Magdalena y Mercedes, de su primer matrimonio con Ana María, se casó al enviudar, años después con Susana Sarchione, que lo acompañó hasta sus últimos días. Estuvo en Bolivia en una oportunidad, pero la altitud de La Paz le jugó una mala pasada a su primera esposa y a una de sus hijas, y tuvieron que salir muy rápido con rumbo a Santa Cruz.

Nuestras charlas, a lo largo de todos los años que fuimos amigos, giraban alrededor de la situación política de Bolivia y Argentina, y del mundo; de la Iglesia, los tantos y el fútbol. Se refería a Hamás y Hezbolá como grupos terroristas- ¡Cuánto sabía! Muchísimo más de lo que puede saber un Contador General como él.

Como mucha gente de su generación, valoraba en sumo grado la democracia, después de haber vivido en carne propia la brutal dictadura de Videla y compañía en el hermano país.

En 2012 me llevó a la Iglesia de la Santa Cruz, en la cual, entre el 8 y el 10 de diciembre de 1977, fueron secuestradas varias personas, incluyendo dos monjas francesas y una de las fundadoras de las “Madres de Plaza de Mayo”, luego de ser delatadas por un infiltrado de la marina argentina, el temible Alfredo Astiz. En esa Iglesia fue despedido el día de su muerte, antes de ser llevado a San Pedro donde descansará para siempre.

Hincha fanático de Independiente de Avellaneda, decía que un auténtico seguidor de los “Diablos Rojos” no sólo debía hinchar por su equipo, sino también odiar a Boca Juniors. En 2001, me hizo ver desde lejos la “Bombonera”, explicándome que no era conveniente ir hasta la misma por razones de higiene.

¡Cómo le encantaba el tango! No sólo el de los clásicos D’Arienzo, Canaro, Mores, Di Sarli, Fresedo, Troilo y otros de la época, sino también ¡y mucho! Astor Piazzolla y, de los actuales tangueros, la orquesta Fernández Fierro. Tito fue un proverbial malhablado. En una ocasión pasé las de Caín cuando envió un correo electrónico a la dirección de una entidad en la que yo trabajaba, cuya máxima autoridad no había autorizado mi viaje a Buenos Aires. Se refirió a dicha autoridad como el “hijo de su madre” (con todas las letras) que no autorizó mi viaje.

Murió un Domingo de Resurrección, la fiesta más importante del catolicismo. Exactamente veinticinco años antes me había recogido de Aeroparque en uno de los viajes que hice a Buenos Aires.

Qué decirle al querido Tito: que salude a nuestros amigos Julito Gómez, Otto Maduro y Luis Sereno. Que descanse en paz y goce de Dios. Y no carajees ni putees tanto como lo hacía en la Tierra.

¡Hasta mas vernos, querido amigo!

Carlos Derpic Salazar es abogado.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.