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n el transcurso de 2025, los gobernantes elegidos en Sudamérica llegaron con objetivos distintos. Se reafirman los principios del libre mercado, se suprime al Estado interventor. El mapa político-ideológico regional cambia.

A la Argentina, con el triunfo de Milei, 2023, se sumaron Paraguay, 2023, Venezuela, 2024, Ecuador, 2025, Bolivia 2025, y Chile 2025; solo Colombia 2022, Brasil, 2023 y Uruguay 2024, defienden los principios socialistas de nueva versión.

Se puede decir que 2025 fue un año bisagra; se vislumbra que el mañana —en un contexto de países con democracias modernas, regímenes totalitarios y, entre estos dos, gobiernos autoritarios— podría traer importantes cambios en el 2026; emergen expectativas e incertidumbres, pues los países pueden encaminarse en la dirección de sus ideologías derechistas, o buscar rumbos impredecibles.

La región sudamericana, afectada gravemente en su economía, vive una efervescencia política y crisis de gobernabilidad: polarización social conflictiva; disminuyen los precios de materias primas, reducción de la demanda interna, deuda pública en crecimiento.

También, se puso en evidencia que, el verdadero desafío para la región no es solo ideología, es, también, la estructura del poder. Con la derrota electoral del Movimiento al Socialismo (MAS), terminó un ciclo político que simbolizaba el ascenso del "progresismo latinoamericano", promovido por Fidel Castro y Hugo Chávez.

El modelo económico social y comunitario, logró en su primer ciclo avances sociales; con el tiempo, comenzó el declive: disminución de la inversión, inflación en aumento, déficit fiscal, recesión; Estado Plurinacional incautado por élites del poder gobernante; la nueva clase: los nuevos ricos insaciables.

Asimismo, lo acontecido en Venezuela adquirió una centralidad global disruptiva. Su cercana relación con potencias como China y Rusia, y por añadidura, que los gobiernos de Caracas, durante el pasado cuarto de siglo, fueron factor clave para el sostenimiento de Cuba, Nicaragua e Irán; su evidente intromisión política en Bolivia, Colombia y Ecuador.

Con el ascenso de Donald Trump, enero de 2025, se confirmó que Sudamérica dejó de ser un territorio olvidado para el interés norteamericano, Estados Unidos volvió la mirada: estrategia de seguridad estratégica, primero, y luego imponer hegemonía.

Bolivia está inmersa y comparte, por acción directa, o influencia, la problemática continental; el país enfrenta la amenaza del crimen organizado, el narcotráfico buscando penetrar el poder, populismo radical y confabulador; nación urgida de adoptar políticas económicas de salvataje, con el riesgo de erosionar su poder y complicar la gobernabilidad.

La corrupción pública, como costumbre arraigada, que además de ser patrimonio nacional, puede mencionarse en un catálogo, por gobiernos y por gobernantes, como en todos los países sudamericanos: Argentina con la llamada “Causa cuadernos”, Colombia: la constructora Odebrecht. El caso Lava-Jato en Perú. En el Brasil, Petrobras, en Bolivia, hasta ahora, el caso Fondioc, y en curso lento el caso YPFB.

Pasados los abrazos y buenos deseos del Año Nuevo, 2026; unos esperan que lleguen los éxitos; otros, que sucedan fracasos épicos.

Mario Malpartida es periodista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.