
l 19 de abril, si no hay algún fenómeno que sobresalte su realización —lamentablemente bastante habituales (inhabilitaciones, reclamos violentos, boletas “confundidas”, entre otros) desde la convocatoria a nacionales en agosto pasado—, Bolivia tendrá sus cuatro Poderes del Estado constitucionalmente representativos: El Poder Legislativo (en el nivel Nacional desde agosto 2025 y en los niveles Departamentales y Municipales la mayoría desde el pasado 22), el Poder Ejecutivo nacional, departamentales y municipales, el Poder Judicial (aún con bemoles y arrastrando lacras del pasado dicenio) y el Electoral (también con sus propios lastres y costras).
Será, ya entonces, el momento de arrancar, entre otros, el Pacto Fiscal y las reformas profundas. (Varios, muy pocos por suerte y de ellos agradezco a un amigo con mucha altura, me criticaron el año pasado que insistiera en el concepto de Las Bolivias. Posiblemente alguno se haya turbado y confundido cuando oyeron la consigna de federalización el 8 de noviembre pasado en la posesión presidencial y repetida después por muchos actores sociales, Dios no los quiera atragantados).
Entonces, a partir del 20 de abril deberán estar dadas las condiciones para que el Ejecutivo avance (y anuncie, porque no lo conocemos) en el que sea su Programa a Mediano Plazo: el Proyecto País por el que —en el imaginario boliviano no masista— se votó con el 87 % en la primera vuelta de las elecciones de 2025 contra las consignas y herederos varios del pasado, más allá de candidaturas y propuestas específicas: Fue por un cambio real, tal que se frustró en 2019-2020. Es el momento que desde el oficialismo —en verdad: los oficialismos— se empiece a trabajar, sin recules ni sobresaltos ni contradicciones internas, en pro de esos cambios y ese (tan esperado) Proyecto de un Nuevo País Democrático y Moderno; también lo es para los opositores democráticos (excluyendo aquellos, muy pocos hoy, que siguen como eriales en barbecho).
Y en la necesaria reflexión que nos motiva e impele esta Semana Santa —con religiosidad renovada y en el sentido de oikoumene (“casa de todos”) que nos dejó el Concilio Vaticano II y al que nos avanza el espíritu del Concilio de Nicea hace 1.700 años, conmemorado por Francisco (motu proprio, †) y por León XIV—, debemos entender que nuestra Resurrección: la de Bolivia Democrática, es obra de más tres días y reclama, ecuménicamente también, la participación de todos.
No soy teólogo —laico y no muy firme practicante— y por eso, con su anuencia, tomaré unas ideas de una Charla Magistral que días atrás oí al P. Józef Kijas, teólogo polaco y académico en diversos países, pero previo haré una reflexión personal sobre la Iglesia en Bolivia —primándolo en la Católica pero extensible a las iglesias cristianas hermanas— y, lo que entiendo como muchos, su espacio y magisterio en Bolivia.
Aunque los censos del período masista (2012, 2024) no incluyeron, por razones muy interesadas, la medición de la religiosidad y su afiliación denominativa del pueblo boliviano porque, junto con la exclusión del mestizaje, ambas las dos ausencias más significativas del proceso de medición, buscaban consolidar una narrativa indianista: la de Bolivia «país indígena, pachamamista, descolonizado y antipatriarcal» (que se confirma en NCPE de 2009, donde se declara que "el Estado es independiente de la religión" (art. 4), pero se reconocen en diversos acápites «las creencias espirituales indígenas»), pero lo cierto es que para 2024 el proyecto Pew-Templeton Global Religious Futures de Pew Research Center determinó que el 77% de los bolivianos somos predominantemente católicos y el 16% de otras confesiones denominadas protestantes mientras que para Latinobarómetro la filiación católica en Bolivia en 2023 sería del 66% y la protestante del 20%, lo que daría un promedio (ecuménico también) del 72% católicos y el 18% protestante = un total del 90% confesionalmente adscritos a una denominación cristiana. En resumen: un país creyente en Cristo.
A los dos señalamientos anteriores referidos a la Constitución de 2009 y a los censos de 2012 y 2024, cualquiera que hubiera vivido en Bolivia en el dicenio del MAS pudo entender que, para los ideólogos indianistas del MAS como García Linera y los neomarxistas españoles como Martínez Dalmau y Viciano Pastor, el cristianismo en Bolivia (con la Iglesia Católica como su principal organización estructurada) era un valladar a flanquear muchas veces. La gran labor de conciliación nacional, justicia social, educación y valores desarrollada por tantos líderes religiosos en el período y antes, como el Cardenal Terrazas y Monseñor Scarpellini (por sólo citar dos fallecidos) fueron suficiente para que la Iglesia Católica le fuera al masismo —más que un aliado potencial por el país— un contrincante (enemigo) permanente.
Hoy, superado ese enfrentamiento y aceptado el carácter cristiano del pueblo boliviano (lo que no hace al Estado confesionalmente religioso) —pesares ambos para algunos— podríamos entender con el P. Kijas como el desplazamiento migratorio hacia zonas urbanas ha podido influir en forma significativa en el cambio de paradigma de la labor de la Iglesia sobre la feligresía y desmitificar que haya una sostenida pérdida de fe en el pueblo boliviano: en 1950 la población urbana era del 26% y la rural del 74% y en 2024 —obviando las críticas al Censo de ese año— la urbanización llegó al 69 % mientras las zonas rurales solo eran habitadas por el 31%, lo que refleja una importante migración interna que, causada por fundamentales razones de mejor trabajo, acceso a salud y mayor educación, incide sobre todo en la población adolescente-juvenil-adulto joven. Como consecuencia: las zonas rurales y pequeñas comunidades se restringen principalmente en poblaciones infantiles y adultos mayores.
El P. Kijas describió claramente su experiencia del efecto que esta migración tiene sobre la presencia territorial de la Iglesia Católica en comunidades rurales: El pasado Domingo de Ramos, celebró la liturgia en Yaguarú, en la región de Ascensión de Guarayos; «En la iglesia había muchísima gente, principalmente niños, de hasta unos 13 años, y un grupo de personas mayores. No había jóvenes. ¿Por qué? Porque ya no hay jóvenes en el pueblo… Están fuera de casa, en ciudades más grandes, estudiando o trabajando». Esta reflexión, que une la importancia de la inmigración urbana con factores de "ritmos y estilos de vida actuales, a menudo frenéticos, convulsos, expuestos a múltiples tensiones", lleva a reencontrar —como ya fue posicionado en Nicea en 325— "la coexistencia de su igualdad y, al mismo tiempo, la diversidad en la identidad del Padre y del Hijo, era el de “relación”, la relacionalidad (…): el Padre es el Origen-Fundamento del Hijo".
Y esa relacionalidad —tanto hombre como mujer—, más que la vinculación antes territorial, debe «abrirse al mundo (…) a los espacios de trabajo, de estudio y a los diversos entornos que frecuenta. La calidad relacional es un factor decisivo para sostener una vida [porque sus entonos no son] todos idénticos (…): cada relación abre a la diversidad, empezando por la de pareja. Lo importante es que las diferencias se integren y se acojan, dentro de un contexto general que sea fértil para la persona (y) que no empuje a la autorreferencialidad".
"La esperanza, por tanto, no es una virtud pasiva, que se limita a aguardar que las cosas sucedan; sino que es activa, porque el Espíritu la impulsa a luchar por lo que se anhela. Dar razones de la esperanza que habita en nosotros es una de las primeras y más eficaces formas de evangelización, y está al alcance de todos. ¡Seamos testigos de la esperanza que no defrauda!". (Francisco, 11 de diciembre de 2024).
Viva esta Pascua de Resurrección, tan cara a los cristianos de todas las denominaciones, con esperanza. Esperanza para nuestra fe y para Bolivia.
Una Bolivia que reemprende su camino y una Iglesia en marcha...
José Rafael Vilar es consultor político.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no necesariamente refleja la línea editorial de Datápolis.bo.
