
odo cambio de gobierno abre un periodo de transición en el que la gestión saliente entrega formalmente a la nueva informes, documentos, memorias, etc, con el fin de garantizar el regular funcionamiento del aparato del Estado.
Sin embargo, este tipo de transición se produce cuando un sistema es estable, las instituciones funcionan y las reglas de juego son respetadas, empero cuando el cambio es de un modelo de sistema a otro, la transición deja de ser administrativa para ser una de carácter político cuya obligación es cambiar esas reglas y transformar instituciones a la cabeza de actores políticos que comprendan el momento y su rol.
La transferencia de Arce Catacora a Paz Pereira no solo fue el nombre de quién debía asumir la presidencia, sino de transmutar el sistema político plurinacional que ha llegado a su fin, por lo que la transición es de un régimen autoritario a uno democrático, que en esencia son diferentes, ambos no pueden convivir, el uno es excluyente del otro.
El proceso de transformación que debe operarse es radical, el neopopulismo autoritario fascistoide fue derrotado democráticamente por la ciudadanía en las urnas en octubre y noviembre del pasado año, de ellas emergió la misión política, social y moral de organizar el reemplazo del Estado Plurinacional y articular un renovado modelo de sociedad y poder político.
Como no se han saldado cuentas con el pasado cuando se debía y podía, ahora se torna más difícil, máxime si el ajuste exige decisiones de orden estructural y la impostergable construcción de un nuevo sistema político.
El campo político democrático supone, erróneamente, que la transición es meramente administrativa, se concentra en la coyuntura con medidas sin sostenibilidad y le resta importancia al complejo periodo, su falta de comprensión de este momento histórico puede llevar al gobierno nacional a su fracaso y afectar la existencia de la democracia.
Estas tareas no ha sido asumidas hasta ahora, la crisis tiende a prolongarse más allá de lo necesario, el indicado de conducir este proceso debería ser el gobierno de Paz Pereira, que al parecer, no asimila el carácter de la transición y el papel que debe cumplir.
En sus primeros meses, tomó medidas alentadoras pero aisladas del todo, luego se dedico con ahínco a denunciar los horrores del pasado sin cerrar las heridas abiertas, de tal modo, su enérgica voz empieza a disolverse en la pura promesa agravada por una ambigüedad que permite la convivencia de los residuos de la dictadura electoralizada con algunas prácticas democráticas.
El desorden y la inseguridad política, social, económica y moral están a la orden del día, estamos ingresando a un escenario en el que la justicia por mano propia es la adecuada ante la ausencia de estado, la legítima reivindicación sectorial no la diferencian de la conspirativa, el retorno de la violencia neo populista encaramada en algunos movimientos sociales cobra fuerza ante la carencia de soluciones equilibradas, las demandas desmedidas deliberadamente pretenden sobrepasar la capacidad gubernamental no con el fin de ser atendidas sino de ser el instrumento de la confabulación antidemocrática que quiere desestabilizar al gobierno, el consenso no tiene cabida, la debilidad del estado es cada vez mayor lo que incide en el animo de la ciudadanía que vive con miedo ahora extendido a autoridades del más alto nivel ante la existencia de grupos de sicarios que tienen en sus manos la vida de los ciudadanos, el país requiere algo más que discursos oficiales en los cementerios.
En este contexto, la convocatoria de Paz Pereira a un gran encuentro nacional para dialogar con sectores sociales, ya tiene respuesta, la COB convoca a un paro nacional y le pide al presidente se haga al costado si no puede responder a sus demandas. El gobierno no encuentra el camino adecuado, su estrategia parece que solo quiere patear la pelota hacia adelante con el fin de ganar más tiempo ¿para qué y hasta cuándo? porque es improbable que en estas circunstancias cree su propia fuerza social.
Es de suponer que los equipos de gobierno antes de lanzar una convocatoria tan importante, previamente establecieron algunos contactos políticos que posibiliten una salida al conflicto, porque un fracaso caería sobre las espaldas del presidente convocante.
La inexistencia de estrategas gubernamentales en el campo político y social, agudiza su debilidad con la salida de personas claves, que renuncian sin mayor explicación, dando lugar a especulaciones alimentadoras del descalabro.
Las consignas presidenciales, que a decir verdad ya aburren por su fofedad más la falta de transparencia y honestidad de los beneficiarios del poder, remueven el recuerdo de lo que le hicieron a Jeanine Añez, la endiosaron mientras estuvo en la cresta de la ola pero cuando las cosas empezaron a pintar mal la negaron, se escabulleron cobardemente dejándola sola y pavimentaron el camino para el retorno de los autoritarios.
Todo esto debe cambiar, la transición traumática de una dictadura electoralizada a una democracia, requiere de decisiones de orden estructural.
La fábula del “Pequeño Héroe de Holanda” es una muestra de valentía y responsabilidad individual heroica para salvar a su comunidad, pero no deja de ser una ficción, nada aplicable a nuestra realidad. Suponer que el dedo presidencial o de algún superministro evite la explosión de la represa que contiene miles de conflictos, es una irresponsabilidad, querer regular el conflicto con progresividades coyunturales o consignas genéricas, solo engordará el conflicto e incrementará las tensiones.
No basta con estabilizar por un corto tiempo el dólar y regularizar la provisión de gasolina y diésel, es necesario evitar que la conspiración neopopulista cobre fuerza, para ello el gobierno debe asumir el desafío de conducir el cambio de periodo con ideas renovadas y sin temor a los autoritarios con lo que evitará su propio fracaso que puede arrastrar a todos.
Germán Gutiérrez Gantier es abogado y político.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
