
on el resultado final de la segunda vuelta en las gobernaciones que habían quedado pendientes, queda claro que, salvo Cochabamba, el Movimiento al Socialismo ha perdido influencia en la mayor parte del país. También queda en evidencia que la victoria de Rodrigo Paz en las elecciones presidenciales de noviembre no se tradujo en la consolidación de un proyecto político con capacidad real de construir hegemonía.
La derrota del oficialismo en 7 de las 9 gobernaciones no implica un retroceso en la demanda de cambio. Al contrario, las victorias de Juan Pablo Velasco en Santa Cruz y de María Renée Soruco en Tarija, dos de los escenarios más competitivos, confirman que el electorado busca ruptura con el pasado inmediato y renovación generacional.
Velasco, Soruco y Gabriela de Paiva (Pando) representan con claridad una nueva generación política que, desde posiciones de centro o derecha, logró respaldo mayoritario no tanto por propuestas estructuradas, sino por una señal potente en el contexto actual: juventud y cambio.
Sería un error apresurado concluir que Rodrigo Paz es el gran derrotado o que estos resultados reflejan un desgaste prematuro de su gestión. Problemas como el abastecimiento de combustibles o la contaminación de la gasolina han generado malestar, pero no alcanzan por sí solos para explicar el comportamiento electoral.
Sí es evidente, sin embargo, que estos factores, sumados a episodios poco claros —como el caso de las maletas en el aeropuerto de Santa Cruz o la desaparición de bienes vinculados a Sebastián Marset—, alimentan dudas sobre la gestión pública y erosionan la confianza.
Aun así, las encuestas muestran que el presidente mantiene un respaldo superior al 50 %. Esto confirma que su victoria se sostuvo en una base amplia y heterogénea, que incluye sectores que antes apoyaron al masismo. En ese contexto, no sorprende que en elecciones subnacionales, con lógicas distintas, los resultados no se reproduzcan.
Los ganadores en la mayoría de las gobernaciones —incluidas La Paz y Beni— no representan una ruptura ideológica con el actual gobierno. Pueden responder a intereses distintos o, en algunos casos, a estrategias políticas indirectas, pero comparten una misma demanda de cambio y renovación.
De hecho, todos —incluido el propio presidente— emergen de una lógica similar: candidaturas sin estructuras partidarias sólidas, sin proyectos ideológicos definidos, construidas principalmente en oposición a lo anterior.
Por eso, más que hablar de derrotas o victorias absolutas, lo que muestran estos resultados es la persistencia de una misma corriente de fondo. Si realmente hubiera fracasado el modelo representado por Paz, estaríamos frente a un retorno del populismo de izquierda. Y eso no ha ocurrido.
En las subnacionales, Bolivia se ha movido en la misma dirección que en las presidenciales, con la excepción de Cochabamba y algunos enclaves donde el MAS conserva influencia.
El nuevo escenario no responde a una polarización ideológica clásica. Lo que emerge es algo distinto: una disputa por la velocidad, la eficacia y la capacidad real de traducir expectativas de cambio en resultados concretos.
Hernán Terrazas Ergueta es periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
