
a propaganda funcionó mejor que la comunicación en el Gobierno. Cinco meses después, y sin haber logrado asegurar la sostenibilidad de los primeros avances —abastecimiento de carburantes, dólares, inflación, etc.—, el presidente Rodrigo Paz está cerca del podio de los mandatarios con mayor aprobación y popularidad en la región.
Parecería que el inicio de gestión actúa como una suerte de blindaje que, por ahora, ha mantenido a Paz a salvo —en una balsa cada vez más frágil, casi una tabla— en medio de las amenazantes aguas de la caída abrupta de las reservas internacionales (85 millones de dólares), la crisis de la carbonilla, los billetes de la serie B, las cajas fuertes vacías de Marset y la sospechosamente silenciada historia de las 30 maletas misteriosas.
Se dice que llegó más dinero del exterior, pero al mismo tiempo hay cada vez menos dentro del país. ¿Qué pasó con las reservas? ¿Por qué están en niveles más bajos que en tiempos de Arce? ¿Existe un riesgo inminente para la estabilidad cambiaria? ¿Adónde se fue el dinero? ¿Con qué recursos, y a qué costo —ahora que la guerra golpea por igual a todos—, se gestionará la importación de diésel y gasolina si los dólares no alcanzan? Todos estos son temas urgentes que el gobierno debería atender antes de que la situación se vuelva inmanejable.
Algunos especialistas consideran que la solución pasa por recurrir, de una vez por todas, a financiamiento del Fondo Monetario Internacional. Este probablemente vendrá con condiciones, pero al menos permitiría prevenir una catástrofe que, esta vez sí, podría hundir la frágil embarcación en la que todavía navega, sostenido por una imagen favorable, el presidente Rodrigo Paz.
Se sabe que la propaganda pasa factura, mientras que la comunicación —incluso cuando es negativa o inicialmente desalentadora— permite que la ciudadanía acompañe al gobierno con expectativas moderadas y realistas. En este punto, el gobierno probablemente haya cometido el error de celebrar antes de consolidar resultados o de confundir campaña con gestión.
Se pudo haber informado, por ejemplo, que una parte considerable de las reservas se destinaría al pago de intereses y posiblemente también al capital de la deuda externa. De haber sido así, quizá no se habría desatado la alarma. Sin embargo, no se comunicó nada al respecto, posiblemente porque se priorizó mantener un flujo de noticias favorables.
También pudo haberse señalado que los recursos obtenidos de fuentes internacionales eran importantes, pero insuficientes para resolver todos los problemas pendientes. De este modo, se habría abierto una ventana para negociar apoyo adicional con otros organismos o países.
Si, como puede ocurrir ante la caída de las reservas en divisas, el dólar vuelve a la inestabilidad previa a noviembre del año pasado, la propaganda podría convertirse en un búmeran: como cuando se adquiere un producto por su supuesta durabilidad y, al poco tiempo, deja de funcionar.
Paradójicamente, que un presidente se ubique entre los más populares de la región no siempre implica que el país esté en su mejor momento o que hayan desaparecido los problemas que ocasionaron la rápida caída en la aprobación del gobierno anterior.
A veces es preferible perder algunos puntos de popularidad para resolver los temas críticos, que mantener una alta aprobación a costa de postergar lo más difícil. En otras palabras, es mejor comunicar e informar con claridad que recurrir en exceso a la propaganda, porque no se debe olvidar que el elogio en boca propia termina siendo vituperio.
Hernán Terrazas Ergueta es periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
