
asó sus primeros días y noches en el penal de Palmasola, la ciudadela con muro perimetral enclavada en Santa Cruz de la Sierra y de la que, en las últimas semanas, salieron con detención domiciliaria o sencillamente con libertad los principales acusados en los bullados casos maletas, oro y Marset. Fernando Gabriel Cerimedo, el argentino de 45 años cuyos criterios con tono de órdenes eran imprescindibles en la cúpula del Gobierno, se encuentra por ahora en proceso de adaptación a su nueva realidad: preso por intentar matar a su expareja Nadia Beller con sicarios que la atacaron en las afueras de un lujoso hotel cruceño disfrazados de empleados de un delivery.
Lo mencionado por Nadia Beller y lo mostrado por el exhombre fuerte de Rodrigo Paz en el Palacio de Justicia de Santa Cruz, cuando se suspendió la audiencia que lo envió a Palmasola y no al penal paceño de Chonchocoro, apuntan a que Cerimedo parece encarar las cosas con extrema agresividad y exagerada victimización, o viceversa, casi al mismo tiempo. No sería extraño, por tanto, que el exasesor presidencial esté enviando mensajes a la Casa Grande para que se le ayude ¡ya! en los dos procesos penales que enfrenta con advertencias de que podría contar los secretos del poder e incluso atentar contra su vida. ¿Le habrán respondido?
El “vende humo”, “chanta” y “estafador”, como lo han descrito en Argentina, no la tiene fácil en Bolivia, país que le ayudó a cumplir su sueño de ser el poder detrás del trono. Además del proceso que lo sitúa como el “monstruo” que habría dispuesto la eliminación de su expareja y su hijo en gestación, el caso que se investiga a galope en La Paz tiene el objetivo de desmantelar la estructura de corrupción, blanqueo de dineros mal habidos y manipulación de la opinión pública, no necesariamente para acabar con la organización montada por Cerimedo, sino para cortar los vasos comunicantes con las esferas de poder.
Basta con que el detenido preventivo acceda a un dispositivo móvil, y en Palmasola es bastante fácil, como en cualquier otra cárcel boliviana, para saber el estado de situación de su estructura articulada principalmente en la sede de gobierno, tener claro hasta dónde llegaron a dañar los allanamientos, aprehensiones e investigaciones practicados desde que fue aprehendido en Santa Cruz, y precisar si se trata de una verdadera ruptura con sus dirigidos. Tiene los dedos ágiles y conoce las herramientas digitales para comprobar.
En el otro lado, la pasividad y el lamentarse por la situación que atraviesa el “cooperante” omnipresente desde la segunda vuelta electoral no ha sido para nada la reacción tras el terremoto político provocado por las graves denuncias mediáticas de Nadia Beller que tocaron a la familia presidencial y altos niveles de la actual administración gubernamental al señalar “negociados” en hidrocarburos, oro, seguros y compra de votos de parlamentarios. Borrar cualquier vestigio de la presencia de Cerimedo en la Casa Grande y otros espacios estratégicos no fue lo único que se instruyó luego de la caída del asesor de cabecera.
Negarlo ha sido absolutamente inútil. Las imágenes de los medios, los registros oficiales, las versiones de Beller, las posibles advertencias del exasesor personal y la crisis de credibilidad del Gobierno hacen inviable cualquier acción en esa dirección. La ofensiva fiscal de oficio con una seguidilla de allanamientos, la ejecución de aprehensiones y la recopilación de indicios incriminatorios —documentos, tarjetas personales, equipos tecnológicos, dinero en moneda nacional y extranjera— parece estar encaminada a la construcción de una narrativa en la que el núcleo del poder en Bolivia también termine siendo víctima del consultor extranjero.
¿Será que el presidente Paz necesita un nuevo asesor político? Por supuesto que sí. Seguramente varios en el entorno íntimo del mandatario creen que pueden hacerlo mejor que el argentino porque conocen las claves de la peculiar política boliviana y gozan de su confianza. También es posible que se piense en experimentados estrategas políticos del mirismo, la corriente política madre que fue apartada en esta primera etapa. Otra opción es la conformación de un equipo chico, un “cerebro político”, compuesto por autoridades y consultores, que ayude en la conducción estratégica del Gobierno y en las iniciativas del día a día.
Cualquiera que sea la forma de la nueva asesoría política del presidente Paz, no puede reducirse a la comunicación política o la producción de mensajes. Es el empaquetamiento. Tiene que ser el mecanismo marque el norte, el proyecto estatal para el período constitucional que comenzó hace casi 10 meses. Tiene que ser la instancia que piense y decida sobre los desafíos de transformación, de gobernabilidad y de superación de la crisis multidimensional, además de diseñar y ejecutar, en tiempos breves, políticas certeras de saneamiento ético, financiero e institucional del propio Gobierno. Se busca nuevo asesor, Paz no puede demorar en la elección.
Edwin Cacho Herrera Salinas es periodista y analista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
