
l pasado domingo, me sorprendió ver a Nicolás Maduro en el Centro de Detención Metropolitano de Brooklyn, con una leve sonrisa, un gesto que evocaba la fisonomía de antiguos líderes capturados, los pulgares hacia arriba y ataviado con un gorro con orejas de Mickey Mouse. Entonces recordé que en ese país la maquinaria publicitaria es experta en manejar símbolos y pensé en la potencia que estos pueden tener.
No es un detalle menor: en política, los gestos y las imágenes pueden ser más poderosos que los discursos. Ese gorro, aparentemente inocente, puede interpretarse como un recordatorio de cómo el poder utiliza la cultura popular para moldear percepciones y controlar narrativas.
Más allá de lo anecdótico, el gesto encierra un mensaje simbólico: el poder utiliza la cultura popular para moldear percepciones y controlar narrativas. En política, los símbolos son armas tan efectivas como los discursos.
Disney, con su iconografía alegre y aparentemente inocente, ha sido interpretado muchas veces como un instrumento de ingeniería social. La sonrisa en Disneylandia, el brillo de las estrellas pop, la ilusión de felicidad: todo puede convertirse en un mecanismo de manipulación.
Que un líder político aparezca con ese símbolo en un momento de máxima tensión internacional no es casualidad, es un recordatorio de quién controla la puesta en escena.
La política venezolana, marcada por años de crisis y confrontación, se entrelaza ahora con la estrategia estadounidense. Mientras Donald Trump exhibe firmeza en su intervención, figuras de la oposición como María Corina Machado alinean su discurso con Washington, agradeciendo el apoyo y proyectando un futuro de transición democrática. Su formación en Yale y su participación en foros internacionales refuerzan la idea de que también la oposición venezolana se mueve en sintonía con las élites globales.
Pero aquí surge la pregunta incómoda: ¿hasta qué punto estas alianzas responden a los intereses de la población venezolana y no a los de las grandes potencias? La historia nos recuerda que las logias, las sociedades secretas y los pactos invisibles han moldeado elecciones y gobiernos. El caso de Skull and Bones, también en Yale, con miembros como George W. Bush y John Kerry, alimenta la sospecha de que las rivalidades políticas muchas veces son teatro dentro de un mismo guion.
El gorro de Mickey en la cabeza de Maduro puede ser leído como un símbolo de que todo estaba pactado: su permanencia, su caída y el futuro reparto de los recursos venezolanos. Para la ciudadanía, la salida de Maduro puede significar un alivio inmediato. Pero detrás de la aparente mejora, se esconde el riesgo de que el petróleo y la riqueza del país terminen en manos de corporaciones extranjeras, dejando a los venezolanos con migajas de un banquete planificado desde hace tiempo.
Eliana Ballivián Ríos es periodista.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
