
legar al poder y mantenerse en él, plantea la necesidad de cumplir con algunas condiciones que demuestren que los actores políticos son aptos para gobernar. Este es un código no escrito que emerge de ver a gobernantes, cuyas aptitudes son más que deplorables.
La democracia tiene estos peros, no es perfecta, al haber sido convertida en una pugna vinculada al espectáculo, se aleja de los méritos que deben rodear a los gobernantes y destapa otras aptitudes que encandilan a la masa, estos personajes cantan, bailan, hacen monerías, tocan instrumentos musicales o demuestran habilidades deportivas, incluida la compra del arbitro, todo esto basta para ganar elecciones.
Entonces el impacto se extiende a la masa, con eventos que gozan de una amplia popularidad como son las entradas folclóricas en homenaje a tal o cual virgen, en una simbiosis de religión, política y folclore.
Sin lugar a dudas son espectáculos hermosos, motorizan la economía, la juventud y otros grupos etarios, se muestran en todo su esplendor y vitalidad, empero ha llegado la hora de hacer un alto y evaluar su realización para que las autoridades, los grupos, los bailarines y los espectadores den un brinco en el peldaño cultural y cualifiquen su realización dejando de lado prácticas que desmerecen el esfuerzo.
El folclore, como fenómeno sociopolítico utiliza rituales, música, bailes y todo aquello que es cultura popular, Gramsci le da una significación política digna de atención, al decir que es “…una manifestación de la cultura popular que refleja la cosmovisión y la identidad de las clases subalternas ”por lo tanto, el folclore “…desempeña un papel crucial en la lucha por la hegemonía cultural, ya que puede ser utilizado tanto por las clases dominantes como por las subalternas para promover sus respectivas visiones del mundo.”
En las entradas folclóricas no se trata solo de bailar por las calles, en los hechos, en todas ellas, se está reafirmando una cosmovisión y una identidad, con ello, sin saberlo, buscan un liderazgo moral e intelectual que no termina de cristalizarse porque en la otra vereda está la degradación del folclore, las tradiciones se transforman y caen en las manos de la mercantilización que impone sus reglas y fija pautas de comportamiento en los grupos sociales.
El mercado convierte al folclore en un producto que es ofertado en las calles y el espectador es el que demanda y participa como masa festiva en su afán de romper la rutina sin ningún autocontrol.
Los excesos hacen que el folclore pierde su esencia y sea un penoso espectáculo justificador del consumo desmedido de bebidas alcohólicas, desorden, egolatrías y destrucción de la cosa pública, entonces el folclore se despoja de su significado y se aleja de las demandas sociales.
La autoridad pública en su incomprensión, se adscribe a estos eventos con regulaciones intrascendentes que son incumplidas por todos, las festividades se tornan anómicas y están sujetas a la voluntad de los protagonistas callejeros avalados por miles de personas que se unen al festín en una degradación progresiva.
La situación se torna más compleja, porque hay un correlato que surge de la realidad, mientras el país esta en crisis este tipo de eventos tienen un mayor éxito. Podría decirse que es un escape temporal a las preocupaciones cotidianas y ayudan a olvidarla.
Folclorizada la política, los políticos son seducidos por el baile, la música y los ritos, en medio del jolgorio tampoco les importa la crisis, así el folclore de ser una maniiestación cultural elevada deviene en comportamientos “…más caóticos, asistemáticos y desorganizados de la cultura…” en suma “es la concepción del mundo fragmentada y acrítica...” que no se ha cualificado.
Realizar estas entradas folclóricas masivas callejeras sin una consideración de los temas planteados, es evitar la cualificación cultural de las personas y lograr un mundo superior, es permitir que el poder político las manipule y se conviertan en demostraciones de poderíos económicos ofensivos, en competencias de vanidades entre cofrades y el exceso sea el eje de su mundo.
Grandes sectores de la sociedad civil embobada, halagan, aplauden y comparten la perdida de identidad y la imposibilidad de generar una contrahegemonía, de esta manera el poder político se mantiene inamovible.
Salir del espectáculo y subir a un nivel superior cultural a las masas es una obligación. Una evaluación serena de lo que sucede es imprescindible.
Germán Gutiérrez Gantier es abogado y político.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
