Imagen del autor
L

o bueno y lo malo coexisten, no se dan en estado puro, como se ve en el caso de la lucha de Alaa Faraj por su inocencia, acusado de ser un traficante y condenado en Italia a 30 años por repartir agua en una patera. El caso cobró notoriedad a raíz de la publicación de su libro titulado Perché ero ragazzo (Porque yo era un niño) que pone al descubierto un mecanismo legal en el que se han visto atrapadas más de 3.300 personas migrantes, entre ellas menores, según cuenta el diario “El País” de España, mismas que han sido llevadas a prisión solo por llevar el timón de un barco y condenadas a duras penas de cárcel acusadas de favorecer la inmigración ilegal en el Mediterráneo.

El joven libio del que hablamos tiene ahora 31 años y ha pasado ya 11 en la cárcel, condenado, junto a otras seis personas, porque algunos testigos lo señalaron en el desembarco como alguien que repartió agua en la travesía y que luego, en el buque de rescate, estaba separado del resto, aunque explicó que fue porque él y sus amigos eran los únicos libios.

Dice el diario citado que “Eran cuatro jóvenes de Bengasi de 20 años, promesas del fútbol en su país, en el primer año de universidad, cuyos sueños se rompieron por la guerra en Libia y que viajaron a Europa pensando que allí aún serían posibles. Se veían jugando en clubes europeos, estudiando una carrera. Pero fueron arrestados nada más llegar sin entender lo que estaba pasando. Su caso se ha conocido como ‘el de los futbolistas libios’”.

La embarcación en la que llegó a Lampedusa, fue tristemente célebre porque debajo de ella aparecieron 49 cadáveres de personas encerradas bajo cubierta. Causó gran conmoción pública y se buscaron responsables, aunque los que iban en la parte superior aseguraron que no sabían que había más gente debajo.

El diario dice que los acusados fueron sometidos a un proceso kafkiano, en el cual no conocían la lengua ni sabían bien de qué se les acusaba y que, asistidos por abogados de oficio mal preparados, Faraj, sus tres amigos, otro libio y dos marroquíes acabaron con condenas sin precedentes. También fue condenado el hombre que pilotaba el barco, un tunecino que aceptó llevarlo a cambio de dinero para pagar la terapia de su madre, enferma de cáncer. En el juicio dijo que los chicos no tenían nada que ver, pero no fue escuchado.

Pues bien, su lucha por demostrar su inocencia (paradójico, porque según los instrumentos de Derechos Humanos ésta se presume) culminó el pasado diciembre cuando el presidente de Italia, Sergio Matarella, concedió a Faraj una gracia parcial, con una rebaja de 11 años que le permitía acceder a permisos y hace dos meses consiguió que se admitiera la revisión de su proceso y salir en libertad, lo mismo que los otros condenados junto con él.

La lucha por su causa no la emprendió solo, como es de suponer. Hubo gente de bien que le ayudó y le sigue ayudando. Una de estas personas es Alessandra Sciurba, profesora de Filosofía del Derecho y activista, que fue quien tuvo la idea del libro y ahora es su esposa. También estuvieron el arzobispo de Palermo, Corrado Lorefice, y el sacerdote Luigi Ciotti, muy conocido por su lucha contra la mafia. El diario destaca que hay personalidades de la Iglesia muy activas en la vida pública en la defensa de derechos: la primera presentación del libro fue en la catedral de Palermo.

Otra entidad que colaboró fue la asociación Antigone, que trabaja en las prisiones italianas y asiste a reclusos. Sus miembros comenzaron a ver casos asombrosos de jóvenes condenados. “Recuerdo a un chico senegalés de 16 años, en la prisión de menores de Cagliari. No hablaba una palabra de italiano, hasta había problemas de intérprete porque hablaba un dialecto de Senegal. Estaba completamente perdido, no sabía ni por qué lo habían condenado, nadie podría pensar que era un traficante, te rompía el corazón”, dice Susanna Marietti, coordinadora nacional de Antigone.

Por último, está su abogada, Cinzia Pecoraro, que ha estado ocho años con el caso. Se lo encontró cuando ya parecía sin solución, tras la sentencia de 30 años. Ella había conseguido la libertad de otro chico libio en situación similar, tras dos años y medio en prisión: encontró en Suecia y Holanda, pagándose los viajes de su bolsillo, a otros migrantes que iban en su barca y declararon que era uno más, como ellos. “He llegado a un punto de mi carrera en que me puedo permitir, por una cuestión de principios, trabajar gratis”, dijo.

La voluntad de Alaa, la ayuda de personas como Alessandra y Conzia, de un arzobispo y un sacerdote, y de una ONG, están reponiendo la justicia en este caso.

Sí, una profesora de Filosofía del Derecho que no se encierra en sus libros y en la elucubración/repetición de ideas y pensamientos. Dos miembros de la Iglesia Católica, tan odiada en Bolivia por masistas y libertarios. Una ONG, de las que son odiadas por el ex vicepresidente García u un senador cruceño. Y una abogada que tiene por delante sus principios y no el afán de lucro.

Dice El País que, sorprendentemente, en el libro no se encuentra huella alguna de rencor. Alaa afirmó que se rompió su sueño de ser futbolista y que entrenar a niños sería la satisfacción más grande de su vida. Él mismo cuenta que la primera dirección que pidió en la cárcel para escribir a alguien fue la de su equipo, el Real Madrid. “Pero nunca tuve el valor de mandar una carta. Si algún día por fin puedo viajar, espero poder ir al Santiago Bernabéu”, dijo.

Que así sea.

Carlos Derpic Salazar es abogado.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.