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olívar volvió a defraudar en la Copa Libertadores. El empate 1 a 1 frente a La Guaira de Venezuela, en el Hernando Siles, fue un resultado que, en apariencia suma, pero en esencia resta. El equipo celeste, lento, predecible, inconexo y sin ideas de ataque, desperdició la oportunidad de consolidar su condición de anfitrión y quedó atrapado en un laberinto de impotencia futbolística. Los números son elocuentes: varios tiros de esquina sin capitalizar, como si se tratara de una repetición del fiasco de la selección nacional ante Irak, donde la pelota parada se convirtió en un ritual estéril.

La Academia mostró un rostro descompensado en defensa, sin definición en el área rival, con delanteros que fueron meros espectadores de un drama que se desarrollaba sin protagonistas. La Guaira, incluso con un hombre menos, estuvo cerca de llevarse la victoria. Bolívar se salvó de una derrota que parecía inminente gracias a un gol de blooper, más producto del azar que de la construcción colectiva. Ese empate, lejos de ser un alivio, es la confirmación de que el equipo está prácticamente eliminado de la Copa Libertadores.

El contraste es brutal: mientras en el depauperado torneo doméstico le alcanza con jugadores de bajo nivel, en el escenario internacional se desnuda la precariedad de su plantel. La analogía es inevitable: un barco que navega en aguas tranquilas puede mantenerse a flote, pero al enfrentar el oleaje del océano se hunde sin remedio. Bolívar es ese navío frágil, incapaz de resistir la tormenta de la competencia continental.

No hay señales de mejora. El horizonte inmediato es aún más sombrío: la visita de Fluminense, un rival de jerarquía, amenaza con ser igual o peor que lo visto hasta ahora. Y cuando toque devolver la visita a La Guaira y, más aún, enfrentar al Flu en el Maracaná, el panorama se torna apocalíptico. La Academia parece destinada a ser un convidado de piedra, un actor secundario en un torneo que exige protagonismo.

El fútbol, como espejo de la vida, premia la audacia y castiga la mediocridad. Bolívar, atrapado en la rutina de la previsibilidad, se ha convertido en un equipo sin alma, sin brújula, sin horizonte. La incoherencia táctica y la falta de ambición lo condenan a la irrelevancia. No basta con la historia ni con el nombre: la Libertadores exige presente, exige competitividad, exige grandeza.

Así, este empate con sabor a derrota no es un accidente, sino la consecuencia lógica de un proyecto mal concebido. Bolívar, reforzado con jugadores de bajo nivel, ha quedado reducido a un espejismo: aparenta ser grande en casa, pero se desvanece en el escenario internacional. La hinchada, que alguna vez soñó con gestas heroicas, hoy contempla un equipo que se arrastra en la cancha, incapaz de honrar su camiseta. La conclusión es inevitable: la Academia está fuera de la Copa, aunque las matemáticas aún no lo confirmen.

Es increíble cómo siguen pasando los años y Bolívar continúa sin poder solucionar el eterno problema de su sistema defensivo. La fragilidad en la zaga se ha convertido en una constante, un diagnóstico patético que se repite temporada tras temporada. Xavier Arreaga, que llegó con pompa de gran zaguero, apenas demostró que no atraviesa un buen momento físico y arrastra una lesión que lo limita. La defensa celeste es un muro de arena: se derrumba con el mínimo contacto, incapaz de sostener la presión internacional.

Christian Alemán, esta vez ni siquiera convenció al técnico, que optó por no incluirlo. Brian Oyola, un diminuto corre caminos, corre mucho, pero gravita nada; su presencia representa más peligro para la mediocridad que para el rival. Dorny Romero y Cauteruccio son dos espectadores en la cancha: uno parado en el área, otro deambulando sin causar daño alguno. Bolívar, con semejante elenco, parece un teatro vacío donde los actores olvidaron el guion y el público se retira decepcionado.

Después de este partido para el olvido, la conclusión es ineludible: Bolívar necesita una reingeniería urgente. Pero la pregunta es con qué recursos, si ni siquiera contará con Marcelo Claure el próximo año. Sin liderazgo, sin inversión y sin proyecto, la Academia corre el riesgo de convertirse en una institución que vive de recuerdos, incapaz de reinventarse. El futuro se vislumbra sombrío, y lo que queda es una certeza amarga: Bolívar ha perdido no solo un partido, sino la brújula de su destino futbolístico.

A ver cómo le irá a Always Ready esta noche en la Argentina, cuando visite a Lanús. El equipo de la banda roja viene de caer en El Alto frente a Liga de Quito, y lo que se avizora en Buenos Aires no permite pensar en un desenlace alentador. Los equipos bolivianos, en general, están pagando tributo a una falta de actividad competitiva: comenzar la temporada tarde, por más mediocre que sea, limita su ritmo futbolístico y los condena a la improvisación en torneos de exigencia internacional. La distancia entre la expectativa y la realidad se ha vuelto abismal.

Una pena por los equipos del país en esta versión de la Libertadores. Cuán lejos estamos de un nivel aceptable, de una performance que inspire respeto más allá de nuestras fronteras. ¿Qué irá a pasar? Nadie lo sabe, pero lo único seguro es que, no será nada bueno. La resignación se ha convertido en la compañera inseparable de nuestras instituciones deportivas, y el futuro inmediato parece más un presagio de derrotas que una promesa de redención.

Gonzalo Gorritti Robles es periodista deportivo.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.