
l empate 1-1 frente a La Guaira en Caracas por la Copa Libertadores 2026 constituye un reflejo dual de la realidad celeste: por un lado, la recuperación paulatina de un equipo que parecía extraviado tras la salida de Flavio Robatto; por otro, la persistente sombra de refuerzos que no logran justificar su presencia. Bolívar, que había comenzado con titubeos y hasta resignando puntos en casa ante el mismo rival venezolano, hoy exhibe un semblante distinto bajo la dupla técnica de Vladimir Soria y Ronald Arana, quienes han devuelto al plantel un orden táctico y una convicción que antes se diluía en la mediocridad.
Sin embargo, el partido en Venezuela también desnudó la ineficacia de varios jugadores incorporados en la era Robatto. La analogía es clara: como engranajes oxidados en una maquinaria que intenta acelerar, los refuerzos extranjeros y nacionales no engranan con la dinámica del equipo. El único que se salva de la hoguera crítica es Xavier Arreaga, quien sufrió una expulsión injusta corregida por el VAR, demostrando que incluso en la adversidad puede emerger la rectitud. En contraposición, Brian Oyola sigue sin encontrar pie; Ignacio Gariglio se muestra intermitente; Santiago Echeverría pone voluntad, pero carece de calidad; Martín Cauteruccio es un fantasma intrascendente en la cancha; Dorny Romero no gravita y desespera; y John García representa un retorno caprichoso, más de una porfía que de un elemento humano funcional.
La paradoja es evidente: mientras el cuerpo técnico actual logra que el equipo sume puntos y recupere confianza, los refuerzos continúan siendo un lastre. Bolívar se asemeja a un barco que, pese a tener un timón firme, arrastra anclas demasiado pesadas. La consecuencia es un rendimiento que oscila entre la esperanza y la frustración, entre la recuperación colectiva y la deficiencia individual.
En el ámbito doméstico, la metamorfosis es palpable. El Bolívar que antes naufragaba en el torneo nacional ahora compite con mayor decoro, demostrando que la disciplina y la estrategia pueden revertir un inicio calamitoso. La dupla Soria-Arana ha conseguido que el equipo recupere la dignidad perdida, y aunque todavía no alcanza la plenitud, el contraste con la etapa anterior es notorio: de la desorganización a la cohesión, de la apatía a la combatividad.
La conclusión es inexorable: Bolívar sería más protagonista con refuerzos de mayor jerarquía. El empate en Caracas, aunque valioso, dejó en evidencia que la plantilla necesita una depuración a mitad de año. Si el club logra reemplazar a la mayoría de los jugadores que hoy no rinden, podrá aspirar a trascender en la Libertadores y consolidarse en el ámbito nacional. Caso contrario, la recuperación actual corre el riesgo de convertirse en un espejismo, una ilusión que se desvanece ante la ineficacia de quienes deberían marcar la diferencia.
Pecando de reiterativo en esta columna, insisto en que los refuerzos actuales de Bolívar no están a la altura de un certamen continental como la Copa Libertadores o la Sudamericana. Partido tras partido se hace más evidente su insuficiencia, como una grieta que se expande en un muro que aparenta solidez. Sin embargo, ni modo: hay que bancarlos hasta que se pueda, aunque esa tolerancia se convierte en un riesgo latente. Es peligroso sostener un proyecto con piezas que no encajan, porque la ilusión de competitividad puede desmoronarse en el momento menos esperado, dejando al equipo expuesto frente a rivales que sí cuentan con jerarquía real.
¿Y el Always?
La goleada de Always Ready por 4-0 frente a Lanús en Villa Ingenio, bajo la conducción de Marcelo Straccia tras la salida de Julio Baldivieso, fue un auténtico golpe de autoridad. Como por arte de magia, el equipo de la banda roja “se comió vivo” al último campeón de la Sudamericana y de la Recopa, sin atenuantes, sin discusión, sin nada que objetar. Lo único que quedó fue aplaudir un desempeño que rozó la perfección y que devolvió al club alteño la dignidad perdida en sus tres derrotas previas en la Libertadores.
El cambio tan súbito en la producción futbolística invita a reflexionar sobre el desgaste que puede provocar un técnico en el vestuario. La causa y efecto es evidente: un liderazgo que se torna pesado, rígido o distante puede implosionar la armonía interna, mientras que un nuevo conductor, con un discurso fresco y motivador, revitaliza la confianza colectiva. En este caso, Straccia logró que el grupo respondiera raudamente, como si se liberara de un yugo invisible, y esa liberación se tradujo en calidad individual y cohesión grupal.
La psicología del fútbol enseña que los jugadores son altamente sensibles a la atmósfera del vestuario. Cuando el ambiente se torna tóxico, el rendimiento decae; cuando se renueva, la energía fluye y la motivación se multiplica. ¿Qué habrá pasado con Baldivieso y el camarín para que la bomba implosione? La respuesta parece estar en la pérdida de conexión entre técnico y plantel. Hoy, en cambio, se percibe un entorno remozado, con ganas de recuperar puntos y demostrar que Always Ready puede competir con jerarquía. Ojalá esta recuperación tan rápida y sorprendente sirva de trampolín para que el equipo alteño se reencuentre con la competitividad internacional que tanto necesita. Detalle que veo en mis años de periodista deportivo… cuando el vestuario dicta sentencia.
Ojo, no justifico que las actitudes de un vestuario deban ser argumento suficiente para destituir a un entrenador. La disciplina y la autoridad técnica son pilares que no pueden ser socavados por caprichos colectivos. Sin embargo, tanto en Always Ready como en Bolívar, los resultados recientes muestran lo inexplicable que también se da en el fútbol: la relación entre técnicos y jugadores puede ser tan determinante que, al quebrarse, el rendimiento se desploma, y al renovarse, el mismo grupo parece transformarse.
Este fenómeno refleja la paradoja del deporte: la táctica y la preparación son esenciales, pero la psicología del grupo y la sintonía entre líder y dirigidos pueden alterar radicalmente el desenlace. Es un recordatorio de que el fútbol, más allá de lo estratégico, es un juego de emociones, de confianza y de vínculos humanos que, cuando se fracturan, generan caos, y cuando se recomponen, producen milagros deportivos.
Gonzalo Gorritti Robles es periodista deportivo.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
