
on el sello editorial de El País, Carlos Dabdoub Arrien y Carlos Fernando Dabdoub Roda (padre e hijo), han presentado una obra que busca reivindicar el aporte ideológico cruceño y la sistemática batalla cultural contra el centralismo. También busca rectificar a la narrativa política oficial. Se trata de una fusión de dos investigaciones: el trabajo de Carlos Fernando para obtener su licenciatura en Derecho; y el libro de Carlos Dabdoub, Iyambae.
Los autores sintetizan el pensamiento político oriental y, para ello, escrudiñan desde la fundación de Bolivia hasta comienzo del presente siglo. Se trata de una aproximación histórica de las ideas políticas, cuyas conclusiones revelan fehacientemente el caudal ideológico y doctrinal, surgido y producido en este girón patrio. Buscan igualmente desmontar el trillado concepto, en el sentido de que el “camba” sólo sirve para soñar en una apacible hamaca. Que, en general, somos inocentones, provincianos y, por tanto, incapaces de gobernar el país.
La construcción del pensamiento político oriental, ha tenido como epicentro a Santa Cruz. Toda esta masa crítica ha contribuido al desarrollo político y ha plantado los mojones de un nuevo proyecto político, económico y social a nivel nacional. La obra tiene la particularidad de recopilar las principales aportaciones y de mayor impacto en la elaboración y desarrollo del discurso político regional.
El trabajo contribuye al conocimiento de una buena parte de nuestra historia, todavía poco ilustrada y muchas veces ignorada por la historia oficial. Las luchas cívicas reivindicaron las demandas regionales en el marco de la unidad e integridad nacional. La lucha, de hombres y mujeres, ha servido para restituir el sistema democrático, el desarrollo del modelo cruceño, la cultura y la autonomía departamental. También se ha planteado la refundación de Bolivia y la necesidad de cambiar el Estado fallido y fracasado que tenemos.
Lo evidente es que una buena parte de la historia cruceña no solo que se la omite e ignora deliberadamente en la narrativa oficial y el poder político central, sino fundamentalmente se la distorsiona y pervierte con fines políticos. En Santa Cruz se gestó el movimiento autonomista, y la “revolución de las pititas” y siempre tuvo en alto la unidad e integridad del país, aunque el centralismo andino intentó mostrarlo sistemáticamente como secesionista o separatista.
La distorsión y perversión de la historia cruceña no es nueva. En realidad, desde muchos antes del histórico Memorándum de 1904, el centralismo ha buscado y, en cierto sentido, ha logrado introducir en el imaginario colectivo que los cruceños somos separatistas, conspiradores, golpistas, jerarcas, terratenientes, vendepatrias, etc. El centralismo siempre ha buscado descalificar el poder de convocatoria que ha tenido y tiene el Comité Pro-Santa Cruz y la institucionalidad cruceña.
El libro abraza el modelo federal y la corriente independentista, donde cada pueblo viva su historia, su realidad y su propia vida. No podemos seguir aferrados a una integración de pueblos que tienen sus propias historias y orígenes, con sus especiales y naturales fundaciones, sus territorios y procesos socio-políticos. Tenemos culturas, símbolos e himnos y escudos en cada espacio territorial. Por lo tanto, hablar de independencia, no puede considerarse una novedad, pues solo se trata de reivindicar un derecho de autogobierno de la nación cruceña, en perpetuos conflictos con los subyugadores. No es justo amordazar a estos dos bloques geográficos: Santa Cruz y Bolivia, en una unidad fáctica, que cada vez hace más ruido.
A lo largo de la historia, la narrativa oficial ha buscado ningunearnos. Los autores recuerdan al filósofo cruceño, Manfredo Kempff Mercado, autor del libro: El cruceño y la hamaca, 1973, quién dejó establecido que, antes Santa Cruz como la hamaca se movía, pero no avanzaba, sólo levitaba. Sin embargo, esta mecedora sirvió para templar el ánimo de pasadas generaciones y alimentar el invalorable don de saber esperar. Supo acoger el retraso y no hubo ningún reproche.
Después el cruceño renunció a soñar utopías y de un solo salto se puso de pie y no ha bajado la guardia. Los antiguos harapos los cambió por un trabajo a la medida, adquirido con sudor y lágrimas… Hoy la gente en Santa Cruz usa la hamaca, ya no para descansar o esperar, sino para pensar cómo intervenir con autonomía sobre su propio destino.
William Herrera Áñez es abogado y profesor universitario.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
