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a FIFA ayuda a Messi a ganar. Ahora que tengo tu atención pasemos a lo importante.

Ocurre que el Mundial de Fútbol 2026 ha causado controversias. Y no me refiero a los partidos, a las intromisiones presidenciales, o al trabajo de los árbitros. Sino a la manga ancha que le dieron al vicepresidente Lara cuando él y su esposa, se fueron, en un vuelo charter a México, para alentar a la Selección Boliviana de fútbol, en las eliminatorias. Se fueron cuando debieron estar trabajando, y pocos los lincharon en redes sociales.

Y la manga fue estrecha para Eduardo Valdivia que se fue a ver algunos partiditos al mundial. El destrozo digital fue tan intenso, que fue destituido como gerente general de Boliviana de Aviación y para que la memoria no nos juegue en contra, y nos saquen tarjeta roja, está al fiasco del gobernador de Cochabamba, Leonardo Loza, cuando en 2024 asistió a un partido entre el Real Madrid y el Manchester City. Se defendió con argumentos banales. El oficialismo se hizo de la vista gorda y no le pasó siquiera una multa por irse a ver un partido.

El fútbol es una tapadera de la realidad económica, política y social. Ha tapado el terremoto de Venezuela, que fue noticia durante un par de días. Luego pasó a segundo plano. Es una tragedia mayor. Pero cuando rueda el esférico, gran parte del mundo olvida las penas y se concentra, durante 90 minutos, o más, en alentar a su equipo preferido.

Cuando termine el Mundial y volvamos a la rutina, ¿qué nos esperará?

Lo mismo de siempre. Más trágico, como lo sucedido con la madre ayorea, quien ahogada por la pobreza alquiló a su bebita a una pareja, esperando ganar Bs 50 por día. La bebita, desatendida por la pareja, murió en Cochabamba.

Suena atroz, pero es más atroz que una madre haya llegado a ese punto. Las familias ayoreas migran a distintas ciudades porque en sus territorios carecen de servicios básicos, salud y educación, y la venta de artesanías ya no les permite subsistir. Muchos ayoreos venden dulces en las calles ante la falta de oportunidades laborales y la comunidad sufre el despojo histórico de sus territorios y eso les obliga a abandonar su modo de vida como pueblo recolector.

La líder del pueblo ayoreo, Rocío Picaneré, rechazó la versión de un supuesto "alquiler" de una bebé para mendicidad en Cochabamba y afirmó que el caso debe entenderse en el contexto de la extrema pobreza y el abandono que enfrentan muchas familias de su pueblo.

Por el otro lado intervino la Defensoría de la Niñez y Adolescencia de Cochabamba, así como el Ministerio Púbico para salvar a otros niños que estuvieron junto a la pareja que había alquilado a la bebé. Esta pareja será procesada por el delito de trata y tráfico de personas y la madre será procesada penalmente.

¿Y quién procesa a un Estado que se ha olvidado de la comunidad ayorea? ¿Quién otorga tarjeta roja a la falta de servicios básicos en las comunidades más pobres de Bolivia? ¿A quién se le cobra un foul cuando el dinero del pueblo boliviano sirve para pagar la dieta parlamentaria de Diana Romero que se fue a la eliminatoria y termina con “ataques de ansiedad”?

¿Cuántas tarjetas amarillas, rojas y fuera del área habrá que cobrar cuando nos demos cuenta de que el masismo no resolvió la pobreza estructural boliviana, pero sirvió para construir centenares de canchitas de fútbol?

Esas canchas nunca debieron convertirse en prioridad. Muchas podrían dar paso a postas sanitarias o escuelas, y las futuras inversiones deberían empezar por donde más duele: la salud y la educación.

El actual gobierno central podría, por una vez, ponerse la camiseta del país y generar la suficiente cantidad de ítems para médicos y profesores bien pagados para que salud y educación estén garantizadas.

El problema no es el fútbol. El problema es que mientras millones discuten un penal, otros aprovechan para patear debajo de la alfombra la miseria, el abandono y la incapacidad de gobernar. El pitazo final del Mundial llegará, pero el campeonato de la pobreza seguirá jugándose en Bolivia con el mismo árbitro distraído y los mismos dirigentes que celebran cualquier gol, excepto los que deberían marcar contra el hambre, la desnutrición y la desigualdad.

Cuando se apaguen las pantallas y se guarden las camisetas, la comunidad ayorea seguirá esperando agua, salud, educación y oportunidades. Ninguna copa reemplaza un hospital, ninguna tribuna sustituye una escuela y ningún estadio puede esconder para siempre un país donde demasiados niños nacen perdiendo el partido antes de tocar la primera pelota.

Mónica Briançon Messinger es periodista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.