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ientras Bolivia cumple casi 50 días de bloqueos, desabastecimiento, pérdidas millonarias y una crisis económica que golpea cada rincón del país, existe una tragedia que no aparece en los balances financieros, ni se mide en toneladas de alimentos retenidos o litros de combustible faltantes. Es una herida mucho más antigua, más profunda y más peligrosa: el racismo.

¿La crisis económica está sacando a la superficie lo peor de nosotros? Si, las redes sociales son el escenario de violencia que no necesita armas para destruir, solo basta un teléfono móvil para que sentimientos reprimidos se reproduzca con una velocidad alarmante. En las últimas semanas circularon mensajes que no deberían tener cabida en una democracia moderna.

Expresiones como "Haga patria y mate un indio" no son simples excesos verbales ni exabruptos de ciudadanos exaltados, lo ratifica un informe del Observatorio Defensorial sobre el racismo y discriminación. Son la manifestación al desnudo de una mentalidad que -admitámoslo- jamás desapareció del todo y encuentra en momentos de tensión el terreno ideal para reaparecer.

Cuando un ciudadano deja de ver a otro como un igual y comienza a describirlo como una "horda", un "salvaje" o un "animal", el problema deja de ser político y se convierte en civilizatorio. La historia demuestra que toda violencia colectiva comienza exactamente así: primero se deshumaniza al otro y luego se justifica cualquier acción en su contra.

El reciente reportaje de la revista La Brava expone, además, una forma particularmente perversa de discriminación: la glotofobia, el desprecio hacia las personas por su forma de hablar. No es casual que gran parte de las burlas estén dirigidas contra mujeres indígenas o de origen popular, al ridiculizar su pronunciación, su gramática o su acento con una clara intención de invalidar lo que dicen. Como si la corrección lingüística otorgara mayor valor ciudadano. Como si hablar castellano con acento aymara, quechua o rural disminuyera la legitimidad de una opinión.

Detrás de cada burla aparece el viejo prejuicio colonial que durante siglos clasificó a las personas según el color de su piel, su apellido, su forma de vestir o la lengua que aprendieron primero. Y allí surge una pregunta incómoda: ¿qué tan diferente es realmente la Bolivia de hoy respecto a aquella República excluyente que juró superar?

Los bloqueos pasarán, la escasez terminará, las carreteras volverán a abrirse. Y la economía, tarde o temprano, encontrará un punto de recuperación. Pero si algo debería preocuparnos es la facilidad con la que el odio vuelve a ocupar el centro del debate nacional cada vez que el país atraviesa una crisis.

Esa es, para mi, la herida invisible que hoy continúa sangrando en Bolivia.

Miroslava Fernández Guevara es periodista y politóloga.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad de la autora y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.