Imagen del autor
L

os malos de las películas tienen un guion que lo cumplen casi al 100%. Su objetivo es destruir al enemigo y que todo le vaya mal. Esos protagonistas se repiten en la realidad, con diferentes matices, claro. Pero ahí están, agazapados o de frente, para ser fieles con su lema: destruir, obstruir, despedazar. Gozan con ello. Y lo difunden a los cuatro vientos.

En Bolivia cada vez aparecen estos protagonistas que se casan con los falsos profetas, que usando el libro del Apocalipsis y el discurso de que pronto está cerca la venida de Dios a cobrar las facturas de lo malo que nos portamos, otra vez alzan sus voces para conducirnos a la desesperación, a la angustia y meternos en la cabeza que todo en Bolivia está mal, que estamos yendo al abismo, que nada está encaminado, que los gobernantes son lo peor que tenemos, que el pueblo se muere de hambre, que los sectores sociales están pobres, que la economía está en bancarrota, que ellos los malos son los salvadores del país. Son los elegidos para poner orden a ese estado de cosas que, según ellos, nos pone para el carajo.

Esos malos y los profetas del caos, de la crisis, de la violencia ya se han rearticulado contra el Gobierno, que lamentablemente tiene dos grandes frentes opositores: uno de afuera y otro de adentro, desde sus propias estructuras. Usted amable lector ya se dará cuenta quién es este personaje o fuerza destructora que viene minando los cimientos de la gestión presidencial desde adentro, desde la misma casa donde conviven.

Bolivia ha sorteado tantas dificultades a lo largo de sus 200 años, supo salir adelante, claro que las condiciones sociales, económicas, políticas no eran las mismas. En la actualidad tiene sus detalles significativos, lo que implica una enorme fortaleza que es alimentada desde el presidente Rodrigo Paz: Vamos a salir adelante, por la Patria, frase que se ha convertido en un grito de guerra frente a los que quieren que nos vaya mal, que fracase el Gobierno, que tiemble, que se desestabilice y luego renuncie. Eso quieren los que ahora protagonizan jornadas de protesta, que amparados por un descontento a raíz del incremento de los precios en los carburantes, mueven sus fichas con el objetivo de torcer las decisiones del gobierno democrático.

Bolivia ya no está para más experimentos de los que antes gozaron del poder, durante mas de veinte años y acá hay que ponerles nombres y apellidos: organizaciones sindicales como la Central Obrera Boliviana, Federación de Trabajadores Mineros de Bolivia, Confederación de Trabajadores Fabriles, Federación de Campesinas Bartolina Sisa, Confederación Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia, Federación de Maestros Urbanos, cuyas dirigencias fueron comprados con sedes sindicales, vehículos ultimo modelo, hoteles, bonos, viajes, etc.

Disfrutaron de las mieles del poder, pero ahora que la situación cambió para bien del país y un golpe bajo para ellos, salen a las calles a reclamar, a patear, a dinamitar, usando como siempre que “el pueblo se muere de hambre”, mientras muchos de esos dirigentes reciben jugosos sueldos y no asisten a sus fuentes laborales.

Claro que el derecho de la protesta está garantizado, es una potestad de la lucha sindical, pero que la misma hay que conducirla para favorecer y hacer cumplir los derechos laborales de toda la clase laboral, que hoy está acosada por el alza de los precios de la canasta familiar, matrículas escolares de los hijos, del transporte, etc.

El derecho a la protesta no es carta blanca para generar caos y violencia, además de bloqueos de calles, avenidas, carreteras los cuales son ilegales y atentan contra los derechos humanos de los otros. El derecho a la protesta no es para desestabilizar a los gobiernos, ni para imponer intereses sectoriales.

Precisamente ese derecho a la protesta que lideran los mineros no ha recibido mayores respaldos de los sectores sindicalizados, salvo del magisterio, pero los más de 100 organizaciones sindicales afiliadas se mantienen al margen o esperando el desarrollo de los acontecimientos, sin comprometerse.

Napoleón Bonaparte arengaba a sus soldados con frases cortas y contundentes, siendo una de ellas: “La muerte no es nada, pero vivir derrotado es morir cada día”. Y los bolivianos no hemos vivido derrotados, sino que nos alzamos victoriosos frente a cada golpe que se quiso dar a la democracia: el dictador Banzer fue obligado a convocar a elecciones con una movilización masiva; el tiranillo Luis García no aguantó la presión social; Hernán Siles Zuazo tuvo que renunciar para salvar al país; Gonzalo Sánchez de Lozada, al igual que Evo Morales, huyó del país. El primero por tratar de regalar el gas boliviano y el segundo por hacer fraude electoral, previa revuelta social de forma masiva.

Ahora este país deberá mostrar que está hecho de roble y de un buen acero para no doblegarse ante estos intentos violentos de romper el curso democrático de la historia, en la que el gobierno tiene la responsabilidad de preservarlo y dar respuestas a esas demandas, pero tomando en cuenta al conjunto de los bolivianos, ya no con sectores privilegiados, favorecidos y que medraron de las arcas del Estado para sus propios intereses. Debemos ser un país en igualdad de condiciones, es decir, equitativo, justo, igualitario. Así como los militares reciben el 100% de sus jubilaciones, así miles miles de jubilados deberían recibirlo.

La filosofía política nos ayuda a comprendernos mejor y quiero compartir con usted amable lector esta reflexión del inglés Bertrand Russell: “Las metas del arte de gobernar no deberían ser abstractas. Deberían ser concretas como el afecto de los padres por sus hijos pequeños. El mundo necesita cordura y calor humano en igual medida. Por el momento faltan las dos, pero esperemos que no siempre sea así”.

La democracia nos marcó la cancha, llegó para siempre y ya no podemos retroceder ni un milímetro. Hasta las últimas consecuencias.

Hernán Cabrera Maraz es periodista y filósofo.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.