
ay una frase que sobrevuela los pasillos del poder en Bolivia desde que nos inventamos como nación: "Dios no quiera que te toque gobernar en tiempos de crisis". Es una maldición elegante para justificar la incompetencia. Porque, seamos honestos, en Bolivia la crisis no es la excepción, es el estado natural del clima político. Gobernar Bolivia ES gobernar en crisis. Y, sin embargo, generación tras generación, nuestros presidentes actúan como si la tormenta los hubiera sorprendido en plena siesta.
Rodrigo Paz es el último de una estirpe que se niega a leer el barómetro. Lo vemos ahí, con la gasolina contaminada que no llega, con sus ministros saltando por la borda como si el Palacio tuviera peste, y con el caso Cerimedo como banda sonora de un naufragio anunciado. Y mientras él se pregunta por qué a mí, la historia boliviana, esa vieja maestra, le responde: porque no aprendiste nada de los que cayeron antes que tú.
En mi primer artículo hablé de presidentes que no entendieron las reglas del juego. Hoy vamos a hablar de algo más complejo: presidentes que, frente a la crisis, no supieron qué hacer con ella. Y no hablo solo de la crisis externa, de la economía que se desploma o de la guerra que estalla. Hablo de los detonantes internos que aceleran la caída: el entorno que se corrompe, los aliados que se convierten en lastre, los ministros que huyen, los escándalos que estallan en la cara. Porque en Bolivia, tan importante como manejar la tormenta es saber quiénes están remando contigo. Y nuestra historia está llena de presidentes que cayeron no solo por el enemigo externo, sino por el fuego amigo que ellos mismos alimentaron. Empecemos por el principio, con el orden que manda la historia.
Andrés de Santa Cruz (1829-1839) fue un visionario, de eso no hay duda. Soñó con una Confederación Perú-Boliviana que hubiera cambiado el mapa de Sudamérica, y durante un tiempo pareció que lo lograría. Modernizó el ejército, ordenó las finanzas, construyó un Estado que apuntaba a la grandeza continental. Su administración fue tan brillante que despertó admiración y temor en las cancillerías vecinas. Era un estadista de primera línea, un hombre que entendía el poder como una herramienta de construcción, no de saqueo. Su proyecto confederado era ambicioso, quizás demasiado para una región acostumbrada a la fragmentación.
Pero Santa Cruz tenía un defecto que lo perdió: creía que su genio bastaba para sostenerlo todo. Confió ciegamente en su superioridad táctica y no vio el desgaste del Ejército nacional, de los endebles aliados peruanos, ni las traiciones que se cocinaban a sus espaldas en Bolivia. Su entorno, ese que parecía sólido, se desmoronó cuando los caudillos bolivianos vieron la oportunidad de apuñalarlo por la espalda. Yungay fue el epitafio militar de su sueño, pero la puñalada final vino de adentro. Santa Cruz no solo perdió una guerra, perdió la capacidad de comprender que su propio círculo ya no creía en él. Primer gran estratega de la realidad boliviana, se quedó ciego en la última página, abandonado por los suyos y exiliado por los que antes lo adoraban.
José Ballivián (1841-1847) es de los pocos presidentes notables. Héroe de Ingavi, consolidó la soberanía nacional frente a la invasión peruana y luego, en la paz, fundó el Beni, impulsó la cartografía del oriente y echó las bases institucionales y culturales del Estado. Gobernó con mano firme y visión de largo plazo, algo escasísimo en nuestra historia. Su legado administrativo es de los más sólidos del siglo XIX, y su nombre merece estar en el panteón de los constructores. Era un militar con alma de estadista, un hombre que entendía que la victoria en el campo de batalla solo sirve si se consolida con instituciones.
Pero hasta los notables tienen su talón de Aquiles, y el de Ballivián fue su obsesión por el orden. Ese autoritarismo progresista no toleraba disidencia, y poco a poco fue aislando a su gobierno de las élites que lo habían sostenido. Su entorno se fue vaciando, y cuando la conspiración de Belzu encendió la mecha, descubrió que los leales de ayer eran los conspiradores de hoy. No contuvo ninguna crisis interna porque no comprendió que su base de apoyo se había erosionado. Terminó exiliado, viendo cómo el país que había defendido con sangre, se desangraba en las luchas caudillistas que él no pudo sofocar. No fue un mal presidente; fue un gran presidente que no entendió que el poder también es seducción, no solo fuerza, y que tus aliados pueden ser tus peores enemigos mañana.
Mariano Melgarejo (1864-1871) fue un bárbaro, un animal político sin la menor noción de Estado, pero tenía una intuición brutal para el poder. Sabía que el miedo es una herramienta, y la usó sin escrúpulos. Pero eso no lo salvó. Intentó resolver la crisis fiscal regalando territorio soberano a Brasil y Chile como quien reparte caramelos, a cambio de favores personales y migajas. En lugar de construir un modelo, expolió las tierras comunitarias indígenas para financiar su desgobierno. Su entorno era un circo de aduladores y cómplices que se enriquecían mientras el país se desangraba.
Melgarejo no tenía aliados, tenía parásitos, y esos parásitos lo abandonaron apenas el barco empezó a hundirse. Su base de apoyo era solo miedo, y el miedo no construye lealtades duraderas. Melgarejo no fue solo un mal presidente, fue un presidente estúpido que confundió la fuerza con el poder, y que nunca entendió que un entorno basado en la corrupción y el terror se desmorona al primer soplo de crisis real. La historia lo escupió, y sus propios socios lo entregaron para salvarse.
Agustín Morales (1871-1872) llegó al poder con aura de salvador tras derrocar a Melgarejo, y por un momento el país creyó que la pesadilla había terminado. Morales era un militar valiente, un hombre que había luchado contra la tiranía y que parecía encarnar la restauración de la dignidad nacional. Pero resultó ser otro incompetente con mal genio. La crisis fiscal y el vacío institucional lo superaron, y gobernó con arranques de ira y decisiones monetarias arbitrarias. Su temperamento volcánico lo enfrentó con todos, incluidos sus propios aliados, que pronto se cansaron de su estilo caótico.
Intentó disolver el Congreso a la fuerza para imponer su voluntad, y en el altercado fue asesinado por su propio sobrino. Un final shakesperiano para un presidente que no administraba su propio temperamento ni su entorno. Morales cayó no por una conspiración externa, sino por su propia incapacidad para construir un mínimo de cohesión interna. Su gobierno fue tan breve como turbulento, y su muerte en palacio es el símbolo perfecto de una administración que se autodestruyó desde adentro. La crisis lo desbordó, y su gente, harta de sus arrebatos, lo dejó solo.
Hilarión Daza (1876-1879) es sinónimo de improvisación fatal. Daza era un militar de carrera, un caudillo que había escalado posiciones con astucia y valentía en los campos de batalla. Pero gobernar no es lo mismo que combatir, y Daza nunca lo entendió. Detonó la Guerra del Pacífico con el impuesto de los 10 centavos, sin medir consecuencias militares. Actuó como si Chile no fuera a reaccionar, como si la historia no tuviera memoria. Y cuando la invasión llegó, no supo estar a la altura. Su retirada de Camarones es una de las páginas más oscuras y misteriosas de nuestra historia militar, una huida que lo marcó para siempre.
Pero lo peor no fue solo su incompetencia en el campo de batalla, sino su incapacidad para mantener unido a su propio bando. Sus oficiales, hartos de sus bravuconadas y de su nula estrategia, lo destituyeron sin miramientos. El enemigo externo no lo derrocó; lo derrocaron los suyos, los que debían obedecerlo. Daza no leyó la realidad, la provocó, y luego no gestionó ni la guerra ni a su propio Ejército. La crisis lo devoró por dentro y por fuera, y su caída es un recordatorio de que, en Bolivia, tan peligroso como el enemigo es el aliado descontento.
Severo Fernández Alonso (1896-1899) fue un abogado, un gran legalista que creyó que las leyes podían resolver lo que era una disputa de poder. Minimizó la tensión regional entre La Paz y Sucre por la capitalía, convencido de que el asunto era puramente jurídico. Aprobó ciegamente la "Ley Radical" que fijaba al poder Ejecutivo en Sucre, y detonó la sangrienta Guerra Civil de 1899. No comprendió que la disputa no era legal, sino de poder regional, y eso dogmatismo costó sangre y el fin del ciclo conservador.
Su entorno, compuesto por las élites chuquisaqueñas que lo presionaban, lo empujó al acantilado. Fernández Alonso no resistió a las presiones de los suyos, y terminó siendo prisionero de un entorno que lo usaba para sus propios intereses. La crisis lo desbordó porque no entendió que gobernar es también saber decir no a los que te sostienen. Cayó no por el general Pando y los liberales, sino por su propia ofuscación y por la presión de los suyos que no le mostraron el panorama nacional completo.
Ismael Montes (1904-1909 / 1913-1917) fue un modernizador con sombras. Impulsó ferrocarriles, educación e infraestructura, y su primer mandato fue un ejemplo de gestión en tiempos de relativa calma. Era un liberal convencido, un hombre que creía en el progreso y que trabajó para traerlo a Bolivia. Pero firmó el Tratado de 1904 con Chile, consolidando la mediterraneidad a cambio de compensaciones. Fue una decisión pragmática, quizás inevitable, pero su inflexibilidad y obsesión por el progreso a cualquier costo llevó a Bolivia a más problemas que soluciones.
En su segundo mandato, la crisis de la Primera Guerra Mundial lo desbordó, y su entorno, acostumbrado a la bonanza, no supo adaptarse a la escasez. Montes tampoco vio que el despertar social era una realidad y que no se podía aplastar a balazos. El progresista se convirtió en represor, y su círculo, lleno de tecnócratas y militares, lo aisló de un pueblo que ya no lo veía como el "Elfo de la Paz", sino como un hombre del pasado. La crisis lo dejó expuesto, y su legado quedó partido en dos: el modernizador y el retrógrado.
Pero dentro de este desfile de grandes fracasos, surgió un hombre brillante; Eliodoro Villazón (1909-1913). Es, sin duda, la excepción que todo presidente debe aprender. Gobernó en plena bonanza del estaño y la administró con prudencia. Diversificó la infraestructura ferroviaria, reformó la educación, resolvió disputas limítrofes con Argentina y Perú por la vía diplomática, evitando guerras costosas. Su mandato fue tranquilo, casi aburrido, y eso es precisamente lo que lo hace notable en un país acostumbrado al drama permanente. Villazón era un hombre sereno, un administrador que entendía que gobernar no es solo reaccionar a la crisis, sino anticiparla y manejarla con cabeza fría. Ojalá nos gobernara en este momento.
Villazón se rodeó tanto de liberales y conservadores, gente leal, donde la deslealtad parece la regla, y no permitió que los intereses particulares secuestraran su gestión. Comprendió la realidad con serenidad y actuó con mesura, algo que el actual presidente, con su gobierno en llamas y sus ministros en fuga, ni siquiera puede imaginar. Villazón no está en la lista de los caídos porque supo que el poder se ejerce con prudencia, no con improvisación. Un ejemplo que los presidentes bolivianos se niegan a seguir.
Bautista Saavedra (1920-1925) llegó con discurso de renovación, prometiendo modernizar el Estado y romper con el pasado oligárquico. Era un abogado brillante, conocido como el “Cholo Saavedra”, fue un político astuto que supo construir una base de apoyo en los sectores urbanos y rurales. Pero la crisis del movimiento obrero-indígena lo superó. No supo negociar, no supo incluir, y recurrió al estado de sitio y a la represión sangrienta: Uncía, Jesús de Machaca. La masacre como respuesta a la demanda social.
Saavedra no era un monstruo, era un político que no logró entender que las crisis estructurales no se resuelven a balazos. Y su propio partido, el Republicano, se fracturó por luchas internas que él no supo contener. Su entorno se convirtió en un campo de batalla de facciones, y cuando la crisis apretó, no tuvo a nadie en quien apoyarse. Cayó devorado por los suyos, esos que él mismo había empujado al poder. Saavedra es la prueba de que tan importante como gobernar es saber mantener unido al equipo que te sostiene.
Gualberto Villarroel (1943-1946), conocido por muchos como el "Presidente Mártir", pero prefiero llamarlo el "Presidente Tirano". Es cierto que era un militar joven con ideas de cambio social, un hombre que quiso romper con la rosca minera que devoraba al país. Su discurso populista encendió la esperanza de los sectores humildes, y por un momento pareció que Bolivia tendría un presidente distinto. Pero Villarroel entró como un tirano. Se alió con la logia militar fascista RADEPA, y ante la oposición, aplicó la violencia dictatorial sin contemplaciones: fusilamientos clandestinos en Chusquerito y Oruro, persecución a opositores, represión descontrolada que sembró el terror en las calles. Entro sin legalidad y aprendió que la legitimidad es muy volátil; no comprendió que el pueblo se cansa y que la violencia solo engendra más violencia.
Su entorno era un hervidero de mentirosos, militares de extrema derecha que lo usaban para sus propios fines y que lo empujaron a decisiones que él, quizás, no hubiera tomado en soledad. Villarroel se dejó capturar por un entorno muy tóxico y peligroso que lo aisló del pueblo que decía defender, y juntos masacraron a mucha gente. El descontento social creció a tal nivel, que murió de una de las peores formas y a su vez, casi poética; desnudo, golpeado y colgado de un farol en la Plaza Murillo en 1946, como el líder fascista Benito Mussolini un año antes. Villarroel es la prueba de que el discurso populista sin estrategia política, sin un entorno que te diga la verdad, y la fuerza bruta, termina en tragedia.
Luis García Meza (1980-1981) no merece análisis, solo condena. Pretendió sostenerse mediante el terrorismo de Estado (Masacre de la calle Harrington, Asesinato Marcelo Quiroga, la Represión minera, etc) y la alianza con el narcotráfico, convirtiendo a Bolivia en un Estado paria hasta ser removido por las propias Fuerzas Armadas. Su gobierno fue la expresión más pura de la barbarie política.
Su entorno era una red criminal de narcotraficantes y militares corruptos que convirtieron el país en un botín. García Meza no gobernaba, saqueaba, y esa lógica lo llevó al aislamiento internacional absoluto. Las propias Fuerzas Armadas, asqueadas del desastre, lo removieron. Es el abismo al que se llega cuando se confunde el poder con el crimen, y cuando el entorno que te rodea es tan corrupto que te arrastra a la cloaca. Un ejemplo extremo, pero útil para recordar que el entorno importa, y que un presidente es tan bueno o tan malo como la gente de la que se rodea.
Gonzalo "Goni" Sánchez de Lozada (1993-1997 / 2002-2003) es la gran paradoja de la historia reciente. Su primer mandato fue una obra maestra de reforma: capitalización, participación popular, descentralización. El tecnócrata brillante que comprendió la Bolivia de los 90 con una claridad que pocos presidentes han tenido. Modernizó el Estado, atrajo inversión, impulsó reformas estructurales que cambiaron el rostro del país. Su primer gobierno es, con todas sus contradicciones, uno de los más transformadores de la era democrática. Goni fue un hombre de ideas, un reformador que entendía que Bolivia necesitaba sacudirse el polvo del pasado.
Pero en su segundo mandato, Goni se encerró en una burbuja tecnocrática y no supo ver que el país estaba cambiado. La crisis de la exportación del gas lo encontró sin reflejos, y su respuesta fue una represión sin estado de excepción en la llamada "Guerra del Gas". El estratega y reformista se quedó sin estrategia. Su entorno de tecnócratas, no tuvieron la visión para contener esta situación. La lección es brutal: no basta con ser brillante, hay que saber comprender cuándo el modelo se agota, y hay que rodearse de gente que te diga la verdad sin importar lo que pase.
Y luego está Evo Morales (2006-2019), el peor presidente que ha padecido esta República. No hay nada que reconocerle, porque todo lo que tocó lo corrompió. Llegó al poder montado en un discurso de víctima, explotando el hartazgo de un país cansado de las élites tradicionales, y desde el primer día gobernó como un caudillo resentido. Su mandato fue una destrucción sistemática de la institucionalidad: cooptó la justicia, persiguió a los medios independientes, aplastó a la oposición, enfrentó a bolivianos contra bolivianos. No fue un presidente, fue un depredador del Estado.
Y lo peor de Evo no fue su autoritarismo, sino su adicción a las crisis. Era una fábrica de crisis, un hombre que necesitaba el conflicto permanente para mantenerse vigente. La crisis del TIPNIS, la crisis del 21F, la crisis poselectoral de 2019, son solo algunos ejemplos. Cada una fue fabricada, inflada o agravada por su incapacidad para gobernar sin enemigos. No administraba crisis, las creaba, y luego se presentaba como la única solución. Su círculo estaba lleno de fanáticos exacerbados de ambición y poder que le decían que era invencible, que podía quedarse para siempre, que el pueblo lo amaba. Y cuando la realidad lo golpeó, cuando las calles se llenaron de indignación, su maquinaria de crisis le seguía alentando. Huyó como un cobarde, dejando un país en llamas, con una economía destrozada, una justicia secuestrada y una polarización que aún no cicatriza. Evo Morales no fue un presidente, fue una catástrofe con banda presidencial. No dejó un legado, dejó ruinas. Y Rodrigo Paz es, en muchos sentidos, el hijo no reconocido de esa escuela de la destrucción: un hombre que heredó todas las crisis de Evo sin tener ni su astucia para manipular, ni su base social para sostenerse.
Y finalmente llegamos a Rodrigo Paz, el presidente que no gobierna. No tiene la grandeza de Santa Cruz ni la decencia de Villazón. No tiene la visión de Ballivián y mucho menos la brillantez reformista de Goni. Es un producto de la política de la improvisación, un hombre que heredó un país en llamas y en lugar de agarrar el agua, se puso a discutir con los bomberos.
La gasolina contaminada no es solo un problema de logística. Es el símbolo de una administración que no sabe gestionar lo básico. El caso Cerimedo no es solo un escándalo de corrupción. Es la muestra de que el poder se usa para la farándula y no para gobernar. La fuga de ministros no es solo deslealtad. Es la confesión de que ni siquiera los suyos creen en él.
En su video de 4 minutos, Rodrigo Paz ha dicho que el escándalo no es prueba, como si la negación bastara para borrar la realidad. Apeló a los valores cristianos como si la fe fuera un escudo contra la evidencia, y habló de cambios y reformas que nunca llegan, de un país que día a día va muriendo. Fue un discurso de autoayuda presidencial, una arenga vacía para convencerse a sí mismo de que todavía tiene las riendas de un gobierno que ya no controla. El presidente, nos miente y se miente a sí mismo. Cerimedo, Gasolina, Maletas, Oro, son evidencias y el negó, negó y negó.
El pueblo ya no lo apoya. La confianza internacional se está evaporando. No controla su gobierno, y el caos y el anarquismo parecen mandar más que el presidente. Hasta Melgarejo, con todo su primitivismo, entendía que el poder se ejerce, no se delega. Queda flotando en el aire la pregunta que debería quitar el sueño a Rodrigo Paz: ¿qué es peor, un presidente que se equivoca, pero lucha, o un presidente que se equivoca constantemente, miente y se niega a ver la realidad, mientras el país se desangra?...
Francisco Méndez Manzaneda estudia Relaciones y Negocios Internacionales.
El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.
