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ongo sobre el tapete un caso hipotético. Un hincha de Oriente Petrolero decepcionado por la mala actuación de su equipo decide en la próxima jornada cambiar de color y alentar a Blooming, o viceversa; lo propio equivale a suponer que un hincha de The Strongest, deja a sus compañeros de la curva sur y en la próxima fecha alienta en la curva norte a Bolívar. Por supuesto que estos casos no se dan; como diría Tomás de Aquino: salvo que el sujeto se declare previamente loco.

Lo que no se hace en el deporte sí se lo ejercita en la política boliviana; los casos abundan. En febrero de 1825, tras la batalla de Ayacucho y cuando vio que la suerte estaba echada, Casimiro Olañeta traicionó a su tío, abandonó la causa realista y se entrevistó en Puno con el Mariscal Sucre, para entregarle valiosa información, ganándose la confianza patriota. Tres años más tarde, Olañeta comenzó a conspirar activamente con las fuerzas peruanas dirigidas por el general Agustín Gamarra, quien planeaba invadir Bolivia para forzar la salida de las tropas colombianas y de Sucre. En el Motín del 18 de abril de 1828, Olañeta comandó y orquestó el alzamiento militar en el cuartel de San Francisco en Chuquisaca.

La historia cuenta cómo un ministro del presidente mártir Gualberto Villarroel cortó las líneas telefónicas de palacio. Aislado del mundo, aquel mandatario y sus fieles seguidores se resignaron a ser linchados por la turba. Años más tarde, los traicioneros llegaron al Palacio.

Cuando la figura de Marcelo Quiroga cobraba talla presidenciable y opacaba a varios otros líderes aceleradamente, un dirigente político y sindical de izquierda lo llevó a un lugar convenido con los que iban a dar un golpe de Estado. Cuando Quiroga se hallaba en ese sitio (la sede de la Federación de Mineros) junto a otros dirigentes, el traidor llamó a sus mandantes y dijo la frase convenida: “Papá está en casa”. Menos de media hora más tarde se empezaba a consumar el asesinato.

En agosto de 2013, el diputado Javier Zabaleta renunció al Movimiento Sin Miedo (MSM) y expresó públicamente su afinidad con el Movimiento Al Socialismo (MAS) y con el presidente Evo Morales. Años más tarde llegó a desempeñarse como ministro de Defensa. La historia premia, dirán sus correligionarios.

La senadora por Chuquisaca, Silvia Salame fue echada de Comunidad Ciudadana en junio de 2023 tras votar en contra de la censura al ministro de Justicia, Iván Lima. Luego asumió un rol como legisladora independiente dentro de la Asamblea Legislativa. Estos ejemplos alientan a los políticos bolivianos desesperados por llegar al poder quienes pactan con sus verdugos, con sus enemigos jurados y con quien se les cruce en el camino. La traición se volvió una estrategia y hasta doctrina política. “Es un animal político”, dicen los críticos que los consienten y los aludidos se la creen.

Hoy, el panorama sigue igual. La senadora Tomasa Yarhui Yarhui denunció en agosto que existen legisladores que actúan de manera coordinada con el Ejecutivo sin respetar las determinaciones de la bancada por la que llegaron al Parlamento, lo que representa un alejamiento del mandato que los electores otorgaron a sus representantes en las urnas.

Sobre estos actos de traición que los políticos suavizan con la expresión transfugio, hay una ley (1096) de Organizaciones Políticas, la que establece que un representante incurre en esa falta si cambia de militancia, se declara independiente de la alianza que lo postuló, o asume posturas contrarias a sus principios o programa, por lo que el escaño pertenece a la organización que lo ganó, sola o en alianza.

Como todo se justifica en esta vida, uno de los aludidos, Branko Marinkovic, dijo en descargo: No pertenezco al partido político denominado Libre, sino a Demócratas, una de las fuerzas (junto al FRI) que originalmente conformó la alianza electoral. Es más, acusó a la directiva de Quiroga de mentir a la población sobre la verdadera composición del bloque.

Muy en consonancia con este tema, encontré este poema:

En el tablero ajeno de la guerra, quien vende al pecho que le dio cobijo, va cosechando sombras en la tierra sin más refugio que su propio hijo.

El bando que lo abraza desconfía, mira de reojo al huésped efímero; sabe que el sol que hoy alumbra su día mañana será eclipse y frío y término.

En cambio, el leal —aunque caiga vencido— mantiene firme la palabra entera; y hasta el rival, con paso detenido, respeta el pliegue de su misma bandera.

Ernesto Murillo Estrada es filósofo y periodista.

El presente artículo de opinión es de responsabilidad del autor y no representa necesariamente la línea editorial de Datápolis.bo.